LOGINAlaska es un infierno helado para cualquiera que no haya nacido en sus entrañas, pero para Alexei, Roman, Leon, Sergei y para mí, es el lugar que nos forjó. Allí, el viento no solo corta la piel, también endurece el alma. No hay orgullo mayor que el de haber nacido en un pueblo enterrado en la tundra, donde el invierno es eterno y la muerte camina entre los copos.
La nieve perpetua y el viento cruel fueron nuestros primeros maestros, esculpiendo en nuestros cuerpos la resistencia y en nuestros corazones la lealtad. Desde que aprendimos a caminar, supimos que la debilidad era una invitación a desaparecer. Nuestra infancia estuvo marcada por el hielo, el trabajo y la disciplina. Crecimos en una casa construida por las manos firmes de nuestros padres, quienes nos enseñaron que la vida no concede derechos: se gana todo con esfuerzo.
Nuestra madre, la partera del pueblo, es la mujer más admirable que conozco. Su fuerza es silenciosa pero implacable, como una tormenta bajo la superficie del hielo. No nos acariciaba con palabras dulces, pero nunca nos faltó su amor. Lo vimos en la forma en que se levantaba antes que el sol para asistir un parto y volvía cubierta de sangre y nieve, solo para asegurarse de que tuviéramos comida caliente.
—A un hombre se lo mide por cómo cuida a su sangre —nos decía. —Pero también por su capacidad de no volverse piedra.
Tuvimos siete padres, todos hermanos entre sí. Formaron su propio clan y convencieron a nuestra madre de vincularse con ellos. Dos eran pastores de renos, dos pescadores, y tres trabajaban en la temida "Carretera de los Huesos". Nos criaron con manos endurecidas y valores firmes: honor, trabajo, lealtad. Aprendimos a cazar, a pescar, a resistir el frío sin queja alguna. Pero lo más importante fue esto: protegernos entre nosotros. En una tierra donde el hielo puede matarte mientras duermes, la familia era la única certeza.
—Si uno cae, caemos todos —nos decíamos entre nosotros.
—Pero si uno mata, todos lo sostenemos—contestábamos al unisón
La vida en Alaska nos moldeó. Pero fue la Nación quien nos dio un destino. Cuando la Academia de Chicago abrió una convocatoria, yo no dudé. Como el mayor, sabía que debía abrir el camino. Me destaqué entre los reclutas. Me convertí en asesino, interrogador y ejecutor, un oficio de gran honor y que lleva con orgullo quien ha sangrado para merecer su lugar.
Gracias a mi desempeño, mis hermanos ingresaron después. Fuimos formados como armas: fríos, letales, disciplinados. Dominamos desde el combate cuerpo a cuerpo hasta las técnicas de tortura con hielo. Aprendimos a obedecer sin cuestionar y a ejecutar sin dudar. Ser compasivo no era parte del entrenamiento.
Pero, aun así, nunca dejé de amar a mis hermanos. Lo haría todo por ellos. Lo saben. Yo lo sé.
Con el tiempo, nuestra influencia creció. Invertimos con inteligencia, asegurando que no solo nosotros prosperáramos sino también nuestro pueblo. Pero ni el dinero ni el respeto han cambiado lo que somos. Seguimos siendo hijos del hielo. El resto de la elite nos ha sugerido vincular a una mujer a nosotros, pero siempre rechazamos la oferta. Nunca nos ha interesado. No necesitamos a una mujer para saber quiénes somos ni para reafirmar nuestra lealtad a nuestra sangre.
Aun y que nuestra madre insiste también en que lo hagamos, no por obligación, sino porque quiere vernos compartir la vida con alguien que esté a nuestra altura.
—No busquen perfección —dijo durante nuestra última visita a Alaska, mientras servía sopa—. Solo alguien que los mire como yo los he visto siempre: con orgullo.
—Las mujeres de ahora no son como tú, madre —le respondió Alexei con sinceridad. —No hay quien iguale tu fortaleza.
—Entonces esperen —dijo ella con una media sonrisa—. Pero no esperen para siempre.
Nuestras noches seguían siendo compartidas con mujeres de consuelo, sin nombres ni promesas. La cercanía emocional era un lujo que no podíamos permitirnos.
—No me interesa compartir la cama con una mujer que espere un amor que no soy capaz de dar —dijo Alexei una vez, encogiéndose de hombros.
—No somos hombres hechos para eso —confirmo Leon.
O eso creíamos. Hasta que nuestra madre actuó.
Un día, al regresar de una misión, encontramos nuestros nombres en la lista del Proyecto de Vinculación. Había enviado los formularios, completado nuestros perfiles y hasta seleccionado preferenciales llenando las evaluaciones como si fuéramos nosotros. Fue Sergei, el menor quien lo descubrió. Pensamos que era un error, hasta que nos llamaron para decirnos que se había agendado una reunión para que conociéramos a nuestra candidata ideal. Alguien 100% compatible a nosotros.
—¿Cómo diablos lleno los formularios desde Alaska? Nisiquiera tienen acceso a internet en la cabaña— preguntó Leon, incrédulo.
—Es madre —dije — siempre sabe cómo ingeniárselas.
Ninguno de nosotros se atrevió a escribirle una carta para reclamarle. No porque estuviéramos de acuerdo, sino por respeto, después de todo era nuestra madre. Así que aceptamos la cita. Era lo correcto. Y media hora antes de la reunión, como quien enfrenta una amenaza silenciosa, abrimos el archivo que contenía el perfil de la mujer que, según el sistema, era nuestra “candidata ideal”.
No buscábamos conocerla. Solo queríamos darnos una primera impresión. La sorpresa fue brutal.
Cabello cobrizo, salvaje, con ondas que parecían nacidas del fuego. Piel clara, tersa, casi etérea. Y esos ojos... no eran azules, eran hielo fundido.
Cerramos el archivo de la pantalla digital sin leer el contenido, como si apagar su imagen fuera suficiente para devolvernos el control.
—Es solo una mujer más — les dije a mis hermanos. — Un rostro entre miles.
Hasta que llego el momento de conocerla y la puerta se abrió… y el aire cambió. Su entrada no fue ruidosa ni dramática. Fue letal. Como una tormenta suave que lo arrasa todo sin necesidad de anunciarse. Nos cortó la respiración y entonces lo sentí en el pecho. Si no teníamos cuidado seriamos devorados por su luz.
El amanecer apenas comenzaba a filtrarse entre los edificios cuando las puertas del elevador se abrieron y entré al penthouse acompañado por Alexei y Roman. Habíamos pasado la noche siguiendo cualquier indicio relacionado con Natalia y regresábamos únicamente porque Leon había activado una señal de emergencia que ninguno utilizaba salvo cuando la situación se había salido completamente de control.Lo primero que vi fue sangre.Después encontré a Leon apoyado contra un mueble, todavía afectado por algo que le impedía moverse con normalidad, mientras Sergei permanecía tendido en el suelo con la camisa empapada y una herida que, aunque parecía haber dejado de sangrar, bastó para desatar algo dentro de mí.—¿Quién hizo esto?Leon levantó la mirada hacia nosotros.—Vadim Baranov y los hombres de su clan.No recuerdo haber decidido moverme, pero Alexei me sujetó del brazo antes de que alcanzara la puerta.—Pavel.—Suéltame.—Primero averiguamos qué pasó.Roman ya estaba junto a Sergei y la
Karl respondió esta vez.—Por mi trabajo en el laboratorio de bioingeniería empecé a notar movimientos extraños. Al principio no entendía qué estaba pasando, pero después descubrí que el servicio secreto de Neomuscu llevaba meses siguiendo a mujeres que, según ellos, podían tener habilidades especiales.Karl hizo una pausa y respiró hondo antes de continuar.—No sé de dónde sacaron esa información ni por qué están tan convencidos de que esas mujeres existen, pero terminaron llegando hasta ustedes tres. Cuando vi sus nombres en el sistema, seguí investigando y descubrí algo más: también fueron ellos quienes ordenaron incendiar el lugar donde vivía el clan que compró tu Contrato de Primacía.Sentí que algo se comprimía dentro de mi pecho.—No entiendo. Neomuscu está al otro lado del mundo, ¿cómo pudieron llegar hasta nosotras?Hector negó con la cabeza y me interrumpió.—Ahora mismo no importa cómo, sino que saben lo que tú y tus hermanas pueden hacer.—¿Y cómo lo descubrieron ustedes?
Desperté con la certeza de que algo estaba mal incluso antes de abrir los ojos, así que me incorporé demasiado rápido y, sin darme cuenta, una de mis manos terminó apoyándose sobre mi vientre mientras intentaba reconocer la habitación. Todo estaba oscuro.—¿Pavel?No hubo respuesta, así que bajé de la cama y fui hacia la puerta.—¿Alexei? ¿Roman?Giré la manija, pero estaba bloqueada.—¡Leon! ¡Sergei!Golpeé con fuerza hasta que escuché movimiento al otro lado y fue entonces cuando Robert entró y encendió la luz. Durante unos segundos solo pude mirarlo, intentando comprender por qué mi padre estaba allí mientras ninguno de mis esposos respondía. Fue entonces cuando los recuerdos del Baile comenzaron a regresar de manera fragmentada.—¿Por qué me trajeron hasta aquí? —pregunté finalmente.—Natalia, primero tienes que escucharme.—Quiero regresar a mi casa con mis esposos.Intentó acercarse, pero levanté una mano mientras la otra permanecía, casi por instinto, cerca de mi vientre.—No m
Y aunque intenté incorporarme apoyando una mano en el piso, no lo conseguí, lo que provocó que Evan se acercara. Ahora estaban frente a mí y, por la forma en que me observaba, supe que me había reconocido como la mujer que tanto él como sus compañeros de clan habían mirado con tanta intensidad en la terminal.—¿Qué estabas haciendo? —preguntó, inclinándose apenas.—Lo necesario para que no se muriera.Evan alzó las cejas y pareció dispuesto a preguntar de nuevo, pero antes intercambió una mirada rápida con Mark mientras Vadim también me observaba con una intensidad que me incomodó más de lo que quería admitir.—Atrás, Evan; hasta que sepamos qué puede hacer, nisiquiera la toques.Mientras Vadim decia aquello por su parte Mark ya estaba junto a Sergei, revisándolo con una atención que me permitió respirar un poco mejor cuando confirmó que el sangrado había disminuido, aunque después dejó de mirar a Sergei y fijó nuevamente su atención en mí, como si lo verdaderamente importante hubiera
Cuando los sentí llegar, tuve menos de cinco minutos para decidir dónde esconderme. No era mucho, pero era suficiente si no cometía un error. Me metí en uno de los ductos de ventilación, maldiciendo mi mala suerte y agradeciendo al mismo tiempo ser lo bastante pequeña para entrar sin atorarme. No era la primera vez que debía desaparecer rápido, aunque siempre odiaba esa sensación de encierro metálico.Los tres hombres que entraron eran los mismos que había visto en la terminal del aeropuerto. Por un segundo pensé que venían por mí. Una ridiculez. Lo descubrí en cuanto sus miradas se clavaron en la mujer drogada y amordazada sobre la cama. No venían por mí. Venían por ella.—¿Pueden creer esto? —murmuró uno, con un tono que me puso la piel tensa—. Pavel perdió la cordura. ¿Por qué demonios se robó a nuestra mujer? Se supone que él y su clan se vincularon recientemente.—Sí… —respondió el segundo, visiblemente irritado—. Tiene que estar mal de la cabeza. ¿O es que ya no le basta con su m
Pavel insistió en que transfiriéramos a Isabella y la mujer del burdel a otra ubicación mientras ellos seguían investigando en el lugar del baile. No había nada normal en la desaparición de Natalia. Podía inventar cualquier excusa, repetir teorías cómodas, pero ninguna encajaba. No cuando había desaparecido en medio de una fiesta controlada, rodeada de seguridad y diseñada para que nada se saliera del guion. Y menos cuando ella no fue la única.—Cinco mujeres, Leon —dijo Sergei desde el asiento del vehículo autónomo, mientras nos acercábamos al penthouse—. Cinco. ¿Desde cuándo eso ocurre sin que nadie note nada?—Desde nunca —respondí—. Por eso no me trago lo del “Se escaparon juntas”.Él no necesitaba más explicación. Los dos sabíamos leer patrones. Crecimos entre inquisidores, viendo cómo se disfrazan las operaciones encubiertas, cómo se fabrican distracciones y cómo se borran huellas. Nada de esto tenía la firma del azar.—Pavel tiene razón —continuó Sergei—. “Quien sea que se llevó







