INICIAR SESIÓN
A veces, el cuerpo recuerda lo que el alma intenta olvidar.
No fue el dolor lo que me quebró, sino la forma en que mi cuerpo dejó de pertenecerme. Cada caricia no deseada fue una grieta más. Un pedazo de mí desapareciendo sin hacer ruido.
Hace meses llegué a Chicago, y aún me cuesta respirar. Esta ciudad no me abraza: me observa. Todo es limpio, frío, preciso. Las luces de neón parpadean como estrellas falsas, y la lluvia golpea los cristales con disciplina militar. Es un mundo diseñado para funcionar, no para sentir.
No se parece en nada a Texas. Allá la vida era predecible, brutal a su manera. Los Contratos de Primacía eran comunes. Mi virginidad se convirtió en dote; mi cuerpo, en transacción. Me rompieron en nombre del deber. Me devolvieron vacía. Intenté morir. Pero ni siquiera eso fue mío.
Como compensación mis padres me enviaron aquí. A una de las cuidades más estrictas del país con la promesa de un nuevo inicio. Pero en Chicago, los comienzos no se escriben con libertad, sino con análisis genéticos, firmas digitales y algoritmos de compatibilidad.
Me inscribí en el programa de vinculación porque no tenía otra opción. Pero antes de siquiera dejarme elegir mi destino me exigieron pruebas. Muchas.
—Es parte del protocolo —dijo la enfermera mientras me entregaba un frasco estéril—. Todo es por tu seguridad y la de tu futuro clan.
Todas eran mujeres. Uniformadas, calladas, profesionales. Quizá para hacer más llevadero el proceso. Quizá para fingir que aquello no era una evaluación de ganado.
Primero fueron los análisis de sangre, orina, saliva. Luego vinieron las mediciones corporales, la exploración ginecológica, y más tarde los sensores adheridos a mi piel.
—Presión en rango. Reacción al tacto dentro de lo esperado —murmuró una de ellas mientras anotaba en su tableta sin mirarme a los ojos.
Después me pasaron a una sala sin ventanas. El aire olía a desinfectante y metal. Allí, una doctora de expresión severa se sentó frente a mí con un expediente en la mano.
—Vamos a ser directas —dijo—. Tus resultados son positivos en todos los parámetros. Tienes un nivel muy alto de fertilidad, sin antecedentes genéticos negativos, y una respuesta física óptima para la concepción.
Me limité a asentir, sintiendo que una parte de mí se encogía.
—Además —añadió, repasando el expediente con frialdad—, tu apariencia es una ventaja competitiva. Tienes rasgos armónicos, piel clara, cabello brillante, y una expresión sumisa incluso cuando estás tensa. Ser tan hermosa es valioso.
Valioso, pensé no como una persona, sino como producto.
—¿Eso significa que tengo más opciones? —pregunté, con un tono neutro.
—Significa que eres apta para los clanes de la élite. Algunos no buscan afinidad emocional, solo que la mujer cumpla dos condiciones: que sea hermosa... y que pueda darles muchos hijos. Tú cumples ambas.
Me tragué el nudo en la garganta. No porque lo que decía fuera cruel, sino porque era verdad.
En este mundo, ser bella era útil.
Ser fértil, indispensable.
Ser ambas… una sentencia disfrazada de privilegio.
Más tarde, me hicieron pasar al módulo de compatibilidad psicométrica. Allí me esperaban tres enfermeras con expresión impenetrable.
—El sistema seleccionará con base en tu perfil —explicó una de ellas mientras me colocaba una diadema conectada a sensores—. Solo relájate y responde con sinceridad.
—¿Y si no soy compatible con nadie?
—Eso jamás ha sucedido.
Las preguntas fueron largas, repetitivas, y en ocasiones profundamente invasivas.
—¿Qué opinas sobre la obediencia?
—¿Puedes amar a alguien que no elijas tú misma?
No hubo pausa entre cada pregunta. No hubo espacio para respirar.
Horas después, ya con el cuerpo adormecido y la mente entumecida, me sentaron frente a una pantalla. El sistema, supuestamente imparcial, había terminado de analizar mis resultados. En segundos, comenzó a desplegar los perfiles de los clanes con los que mi compatibilidad era “óptima”.
Aparecieron hombres que no podía distinguir entre sí. Voces grabadas. Sonrisas congeladas. Historias escritas como si fueran fichas de un catálogo.
—Este tiene historial limpio. Nivel 9 en dominio, 8 en control emocional —murmuró una de las asistentes mientras me pasaban los datos.
—¿Control emocional en ellos o en mí? —pregunté con la voz seca.
No me respondió.
Y entonces, justo cuando todo comenzaba a parecer un mal chiste sistemático y cruel, el monitor cambió y una notificación apareció en la parte superior de la pantalla:
PERFIL DESTACADO: CLAN YAKOVLEV
Mi atención se enfocó de inmediato.
—¿Quiénes son ellos? —pregunté, sin poder evitarlo.
El rostro de la asistente cambió por primera vez. Ya no sonreía. Tampoco fingía indiferencia. Se quedó callada unos segundos y luego dijo, en un tono mucho más serio:
—Pertenecen a la élite. Su oficio es muy respetado.
—¿Qué significa eso? —insistí.
Intercambió una mirada rápida con las otras dos mujeres en la sala. Hubo un silencio denso, como si no supieran si debían decirme la verdad o limitarse al guion. Finalmente, una de ellas respondió:
—Con ellos siempre estarás segura. Nadie se atreverá a lastimarte.
—Ellos se encargarán de proveer para ti todo lo que necesites. Nunca te faltará nada y siempre serás protegida—añadió la otra—. Eres… muy afortunada.
Ninguna explicó a qué se dedicaban exactamente.
Pero el mensaje era claro: no eran un clan de hombres simples.
Tenían poder y el poder no acaricia… devora.
¿Qué tan afortunada puede ser una mujer cuando el precio es su libertad?
Cuando los sentí llegar, tuve menos de cinco minutos para decidir dónde esconderme. No era mucho, pero era suficiente si no cometía un error. Me metí en uno de los ductos de ventilación, maldiciendo mi mala suerte y agradeciendo al mismo tiempo ser lo bastante pequeña para entrar sin atorarme. No era la primera vez que debía desaparecer rápido, aunque siempre odiaba esa sensación de encierro metálico.Los tres hombres que entraron eran los mismos que había visto en la terminal del aeropuerto. Por un segundo pensé que venían por mí. Una ridiculez. Lo descubrí en cuanto sus miradas se clavaron en la mujer drogada y amordazada sobre la cama. No venían por mí. Venían por ella.—¿Pueden creer esto? —murmuró uno, con un tono que me puso la piel tensa—. Pavel perdió la cordura. ¿Por qué demonios se robó a nuestra mujer? Se supone que él y su clan se vincularon recientemente.—Sí… —respondió el segundo, visiblemente irritado—. Tiene que estar mal de la cabeza. ¿O es que ya no le basta con su m
Pavel insistió en que transfiriéramos a Isabella y la mujer del burdel a otra ubicación mientras ellos seguían investigando en el lugar del baile. No había nada normal en la desaparición de Natalia. Podía inventar cualquier excusa, repetir teorías cómodas, pero ninguna encajaba. No cuando había desaparecido en medio de una fiesta controlada, rodeada de seguridad y diseñada para que nada se saliera del guion. Y menos cuando ella no fue la única.—Cinco mujeres, Leon —dijo Sergei desde el asiento del vehículo autónomo, mientras nos acercábamos al penthouse—. Cinco. ¿Desde cuándo eso ocurre sin que nadie note nada?—Desde nunca —respondí—. Por eso no me trago lo del “Se escaparon juntas”.Él no necesitaba más explicación. Los dos sabíamos leer patrones. Crecimos entre inquisidores, viendo cómo se disfrazan las operaciones encubiertas, cómo se fabrican distracciones y cómo se borran huellas. Nada de esto tenía la firma del azar.—Pavel tiene razón —continuó Sergei—. “Quien sea que se llevó
Las luces del salón brillaban como si el mundo fuera perfecto. Como si estos eventos fueran celebraciones genuinas y no recordatorios de quién pertenece a quién.Como si yo no estuviera pensando en Glinda.Como si Isabella no estuviera sola en casa.Pero lo estaba.Y yo estaba atrapada aquí, cumpliendo con mi papel de mujer vinculada ante los ojos de la Nación.Pavel se inclinó hacia mí, su tono bajo.—Respira, Sol. Solo falta el discurso final y nos iremos.—Estoy respirando —mentí, manteniendo una sonrisa diplomática bajo las miradas de la élite.Roman ofreció una sonrisa cortés a un diplomático frente a nosotros, pero me habló sin mover casi los labios:—Tranquila mí amor. De verdad falta muy poco.—No dejo de pensar en mis hermanas —susurré—. No paro de pensar dónde puede estar Glinda.Alexei, siempre atento, rozó mi espalda con la mano en un gesto tranquilo.—La encontraremos.Quise creerle.Necesitaba creerle.Un grupo de mujeres se acercó con emoción sincera en los ojos cuando n
No entendía por qué mis esposos se estaban comportando tan mal.Sí, tener a Isabella con nosotros rompía con nuestra rutina… pero era mi hermana, y ellos lo sabían. Yo la había criado, la amaba más como a una hija que como a una hermana. No iba a permitir que anduviera sola por ahí, buscando a Glinda sin nadie que la protegiera.—¿Qué tipo de habilidades tienes? —preguntó Sergei, intentando sonar despreocupado mientras yo les servía hot cakes a todos.—No entiendo por qué es relevante —respondió Isabella, arqueando una ceja—. Mejor dime… ¿y tú? ¿Qué tipo de habilidades tienes tú?Sonreí por dentro. No iban a sacarle nada con métodos convencionales. Isabella era demasiado terca, y la noche anterior me había confesado que sus futuros compañeros con los que planeaba fugarse le habían advertido que no debía mostrar sus peculiaridades a nadie. Hablar de que éramos diferentes nunca me resultó fácil… había algo en mí que se cerraba, como si esa parte de mí se negara a salir. Por eso, cuando m
Tenía muy claro cómo debían tratarse los hermanos… lo sabía por mi propia experiencia. Y quizá por eso, la forma en que Natalia trataba a Isabella me resultó incómoda desde el primer instante. No era la cercanía ligera, despreocupada y hasta burlona que suelen compartir los hermanos. Era… otra cosa. Más profunda. Más protectora. Como si Natalia no fuera solo su hermana, sino algo más. Como si fuera su madre.Isabella estaba recostada en el sofá, los ojos enrojecidos por el cansancio del viaje desde Texas hasta Chicago. Natalia se arrodilló frente a ella, sujetándole la mano con un cuidado que dolía verlo.—Isa… tranquila, ya estás aquí —susurró Natalia con voz suave, acariciándole el cabello como si fuera una niña—. Todo va a estar bien, ¿sí?Si de verdad tenía miedo, se habría quedado allá, pensé, sintiendo cómo algo se me enroscaba en el estómago. No tenía sentido cruzar medio país para buscar a una niña. Glinda, la más pequeña, había desaparecido, y Isabella vino convencida de que t
La noche había sido mágica.No de esa forma vacía y repetida con la que algunas personas intentan adornar un recuerdo… sino mágica de verdad. De esas que marcan un antes y un después, que se graban en la piel y no se olvidan, aunque pasen los años.Pavel me ingresó a nuestro hogar entre sus brazos como si cargarme así fuera lo más natural del mundo. Su paso era firme, decidido, como si me perteneciera. Al cruzar la puerta, Alexei y Roman ya estaban allí, esperándonos. Sus miradas se encontraron con la mía y, en ese instante silencioso, entendieron lo que la noche prometía sin que hiciera falta una sola palabra.Pavel no perdió tiempo. Me llevó directo a la habitación familiar, ese espacio donde no existían reglas ni máscaras… solo nosotros, desbordados de deseo.—Hoy probé a Pavel en la mañana —dije con una sonrisa traviesa, dejando que la picardía impregnara mi voz—. Y después de unas horas… he vuelto a tener hambre.La sonrisa que se dibujó en los labios de Alexei fue lenta, ladina,







