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Autor: HET
last update Fecha de publicación: 2024-10-29 21:52:52

Mentiría si dijera que, de algún modo, no me siento como en una nube. Besar a Diego ha sido inesperado, repentino, puede que una completa y total locura...

—¡Eh! —Vera me sacude la mano con tantas ganas delante de la cara que casi me golpea—. ¡Estas ida!

Parpadeo y me inclino lo justo como si fuera un secreto a voces. Aún tengo que creérmelo.

—He besado a Diego. O nos hemos besado, no sé.

—¿Qué? —me agarra del brazo y se queda ojiplática —¿¡Cuándo!? ¿Dónde? ¡Cuéntamelo todo, por favor!

Su entusiasmo me hace reír. Siempre ha sido así, más entusiasta de las historias ajenas que de las suyas propias. Me muerdo el labio, todavía saboreando los rastros del momento, y trato de ordenar las palabras.

—Hace un rato, en el patio —murmuro.

Vera me mira fijamente, y por un segundo parece a punto de explotar de emoción. La cabeza de Patty se despega del chico universitario y también sonríe con amplitud.

—¿Que te has enrollado con Diego? —suelta una carcajada que resuena por encima de la música, mientras Vera la mira como si acabara de descubrir el mejor chisme de la noche.

Asiento, casi con tantas ganas como de seguir contándoles más. Estiro el cuello hacia el patio y, después, hacia la barandilla del piso de arriba. No hay ni rastro de Diego.

—Bueno, chica, ya sabes lo que dicen... Los que se pelean, se desean. —Patty se ríe, dándome un empujoncito, y Vera asiente enérgicamente.

Todas nos reímos, aunque mi mente sigue buscando a Diego en cada rincón.

Me arrastran hacia la cocina. La música retumba a nuestro alrededor, haciéndome sentir como si el suelo vibrara bajo mis pies. Mientras avanzamos entre la multitud, no puedo dejar de pensar en el momento en el que Diego y yo nos besamos. La sensación de su piel contra la mía, la intensidad del momento... Todo sigue tan vivo, pero al mismo tiempo, parece tan irreal.

Cojo el vaso de chupito y el alcohol me quema la garganta con amargura. La primera vez que probé el alcohol cosa de dos años atrás, no terminé vomitando de milagro.

—¿Sabes? —empieza, tambaleándose un poco—. No me habías contado que Diego te gustaba. Qué mala amiga —dramatiza.

—¡Eso! —exclama Patty.

Me rio, aunque recordar el momentito en el patio me está revolucionando unos pensamientos que tenía muy claros: a mi Diego nunca me ha gustado. Hemos crecido juntos, casi como familia. Conozco a Diego siendo un bromista, un galán atractivo que ha conquistado cientos de chicas, y que, con el paso de los años, se ha ido apagando. No recuerdo el punto en el que nos distanciamos, puede que sea cuando entró en la universidad y dejamos de encontrarnos por los pasillos del instituto, o un poco antes cuando la abuela Lotte empezó a enfermar.

—Es que no me ha gustado nunca, sabéis que siempre lo he visto como un amigo —repito, cuando la verdad es que, desde que nos besamos, esa afirmación se siente más frágil.

Yo me he lanzado, yo le he besado. Pero en mi defensa, la gente se besa a todas horas. Y estaba taaan cerca, y es taaan guapo... 

Miro el vaso que Patty me ofrece, de nuevo, dudando entre si aceptarlo o ir recuperando la cordura. Al final, todo me da un poco igual. Pero, aunque trato de disfrutar del momento, en el fondo, la inquietud se aferra a mí. Estoy deseando verlo, y hablar, pero las horas pasan y Vera y yo cogemos un taxi para volver a su casa.

---

Por la mañana todo se siente extraño, como si el mundo fuera un poco más brillante, pero también más confuso. No he dejado de pensar en el beso con Diego, una mezcla de emoción y nervios me acompaña mientras vuelvo hacia mi casa.

Mis padres están despiertos cuando llego, lo sé porque las ventanas están abiertas para airear la casa y un olor a reposteria casera sale de la cocina. La música de la fiesta y las risas de mis amigos aún resuenan en mi mente, pero ahora se mezclan con la realidad del hogar.

—Buenos días, cariño —me saluda mi madre con una sonrisa que en elgún momento volverá a ser tan radiante a como lo era antes—. ¿Qué tal en casa de Vera?

—Bien —me limito a decir—. Umm... ¿Sabes si está Diego?

—Creo que en su habitación. No ha salido todavía, mira a ver si tú...

Antes de que termine yo ya estoy plantada frente a su puerta, golpeando con los nudillos. Silencio. Me doy cuenta de que podría darme la vuelta y dejarlo para más tarde, pero no puedo. Necesito y quiero hablar con él.

Vuelvo a golpear, un poco más fuerte esta vez.

—¿Diego? Sé que estás ahí.

Escucho un crujido en la tarima y el rechinar de las visagras cuando la puerta se abre.  Por un instante, el aire se espesa. Mis ojos recorren su figura, desde sus músculos esculpidos que la toalla que le cuelga de las caderas resalta, hasta los pequeños destellos de agua que resbalan por su pecho. La familiaridad de su presencia se mezcla con una nueva y desconcertante atracción.

—¿Qué quieres? —pregunta, su tono es más brusco de lo que esperaba.

Intento ordenar las palabras en mi boca antes de titubear. Llevo ansiosa por hablar con él desde anoche, y ahora que lo veo en toalla y recién duchado, casi ni me aclaro.

—Quería... umm... hablar —tropiezo con la frase, tratando de mantener la mirada fija en sus ojos, que parecen más oscuros de lo habitual—. Sí, hablar. De lo de anoche. 

—¿Sobre qué? —susurra, aunque su tono parece un desafío.

¿Cómo que "sobre qué"?

—Sobre el cambio climático, Diego, ¿a tí que te parece? —a veces su falta de implicación me saca de mis casillas—. Sobre que nos enrolláramos en la fiesta.

Lo veo erguirse, echarse contra el marco de la puerta con una despreocupación que parece casi calculada. Me pregunto si él ha pensado tanto en el beso como yo lo he hecho, y si ya ha planeado sus movimientos en esta conversación.

—¿Y qué esperas? La gente se lia de fiesta, Margaret, no le des tanta importancia.

Intento recordar que, en el fondo, este es Diego, mi Diego, pero el chico que tengo delante es un desconocido con aura de gilipollas. No creo que nosotros seamos "gente" así sin más. 

—Sólo he pensado que nos vendría bien aclarar las cosas —digo, tratando de mantener la calma. Me esfuerzo por encontrar el tono adecuado, pero la frustración se asoma en mi voz.

—¿Qué cosas?

Su actitud me enciende. Pasando por alto lo que pasó la última vez que nos tocamos —anoche—, le doy en el pecho con un dedo acusador. 

—Deja de ser así conmigo, pedazo de idiota engreído. He venido con toda mi buena fe a... bueno, es que ni sé a qué he venido —admito—. Quería hablar contigo y estás imposible.

—¿Y qué hay que hablar? —susurra, su tono ha perdido algo de su rudeza, pero sigue siendo incisivo—. La vida sigue. La gente se besa y sigue adelante. No es la primera vez que me pasa, y no será la última.

Su respuesta consigue molestarme, no es algo que esperara ocurrir. Aunque, ¿qué esperaba? ¿Volver a besarnos? ¿Que no fuera tan capullo? 

—Estás siendo un gilipollas injustificado.

Se encoge de hombros, sin mucho ánimo, y da un paso atrás. Veo su disposición a darme un portazo en las narices.

—No esperes nada de mi, Maggie. Va a ser lo mejor.

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Último capítulo

  • Voces de pasillo   FIN

    MAGGIENuestra boda es algo pequeña: están mis padres, nuestros amigos más cercanos, y lo más importante es que somos nosotros. Somos Diego y yo, y nuestra pequeña.Teníamos todo organizado para casarnos cuando me quedé embarazada. Fue repentino y no lo buscamos, pero desde el primer momento hemos sido una familia. Y como el embarazo me sentó como una patada en el culo, pospusimos la boda. No fue una decisión difícil, aunque al principio me preocupaba que el "gran día" no llegara nunca, porque después estábamos muy ocupados cuidando de nuestra hija y compaginando trabajos.Pero, al final, aquí estamos. Es todo más sencillo de lo que imaginaba, pero no lo cambiaría por nada.—Me sorprende que siga con tanta energía —comenta Diego cuando me encuentra pidiendo mi milésimo margarita encaramada en la barra de bebidas de este pequeño jardín de ceremonias.Miro tras su cuerpo, a nuestra pequeña niña Kiara corretear entre nuestros amigos, a sus dos años es todo un revoltijo. Es una mezcla per

  • Voces de pasillo   53

    DIEGOEl primer rayo de sol de la mañana se filtra a través de las cortinas, iluminando el rostro de Maggie, que duerme profundamente a mi lado. Me quedo mirándola. Tiene los labios entreabiertos y rodea con los brazos uno de los míos como si estuviera abrazando una almohada mullida. Sonrío, incapaz de evitarlo. Debería levantarme, porque si abre los ojos y descubre que llevo aquí mirándola más tiempo del que he pasado dormido, no me lo dejará pasar.Con cuidado, deslizo mi brazo de entre los suyos. Murmura algo incomprensible, pero no se despierta. Me quedo unos segundos asegurándome de que sigue dormida antes de salir de la cama. Quería ir a comprar, de echo llevo toda la noche dándole vueltas al tema, pero si Maggie se despierta y ve que no estoy va a machacarme a llamadas y al final volveré con las manos vacías o peor: con lo primero que encuentre.Al rato, los pasos suaves y el crujir del suelo anuncian que está despierta. Se asoma al umbral de la cocina, con el pelo alborotado y

  • Voces de pasillo   52

    MAGGIEEl frío de diciembre me pilla preparada para las navidades. En unas cajas del garaje he encontrado todas las decoraciones que solíamos poner. Lotte siempre hacía que Diego me ayudara, y aunque lo hiciera refunfuñando "por tanta parafernalia", al final siempre cede. Aunque estas primeras navidades aquí están rodeadas de nostalgia, son más felices que las últimas cuando Lotte estaba tan enferma que era difícil disfrutar estas fechas. Ahora podemos recordarla cómo era, alegre y hogareña; y aunque no sé replicar sus recetas, Diego dice que está bien, que a mi manera un poco requemado le gusta el bizcocho.Sobrevivimos a la navidad, al frío, y a ir de compras para que Diego se compre algo decente. Resulta agotador.—Esto es una mierda —sisea mientras se tira de los botones del cuello de la camisa. La dependienta de la tienda nos lanza una mirada, pero él no se inmuta—. ¿Y estos zapatos? Son de gilipollas, ni que fuera a la iglesia, joder.—¿Quieres dejar de quejarte? Estás guapo. D

  • Voces de pasillo   51

    MAGGIE—¡Maggie! —el grito de Ava atraviesa la cafetería y el resto de personas de la fila la observan acercarse—. ¡Dios! No sabes lo que te perdiste en la fiesta, ¿has visto el vídeo?El corazón me da un vuelco. Ava me dejó muy claro que estaba preocupada cuando desaparecí de la fiesta, aunque pensé que nadie se habría dado cuenta de la pelea. Pero ahora que menciona un vídeo...—No. ¿Qué vídeo? —pregunto, ajustándome la mochila al hombro y tratando de no sonar demasiado alarmada.Ava se cuela descaradamente en la fila, como si fuera lo más normal del mundo, y yo simplemente la sigo con la mirada. Sólo estoy aquí por un café para sobrevivir al resto de las clases.—Un amigo de tu novio, ¿de verdad no lo has visto? Por eso te llamé tantas veces, estaba preocupada... Parecía un loco. Mira —dice sacándose el teléfono.En cuestión de segundos, la pantalla ilumina un clip grabado con un móvil. El sonido es caótico, con música de fondo y voces exaltadas. Dan aparece en el centro de la esce

  • Voces de pasillo   50

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  • Voces de pasillo   49

    DIEGOMientras me arrastro a la cocina por la mañana empiezo a arrepentirme de haberle partido la cara al gilipollas de Dan cuando estaba colocado hasta las cejas, debería haberlo hecho antes de que se metiera la droga, así le habría dolido más. A mi las manos me duelen como la mierda. Los nudillos siguen hinchados, y aunque ya no sangran, me arden. También debería haberle arrancado el metal de la cara.Cuando bajo las escaleras se me hace raro no oír nada, normalmente cuando Maggie se despierta antes que yo se escucha el cacharreo de trastes en la cocina o la encuentro sentada en el sofá viendo el telediario mañanero con una taza de café. Hoy no hay nada, ¿me habrá dejado solo? Me prometió que no lo haría, > Estoy a punto de echar fuego por las orejas cuando el murmuro de su voz atraviesa la puerta corredera del jardín. El alivio que siento al verla me hace sentir como otro gilipollas por dudar de que siguiera aquí.Me ha dejado la cafetera caliente prepar

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