登入El contrato de mi enemigo Valeria Bennett está a punto de perderlo todo. Después de la muerte de su padre, una enorme deuda amenaza con arrebatarle la única propiedad que le queda de su familia. Sin dinero y sin opciones, recibe una propuesta que jamás imaginó aceptar. Un matrimonio por contrato con Adrián Blackwood, el hombre más frío, poderoso y arrogante que ha conocido. Él necesita una esposa para recibir una millonaria herencia. Ella necesita cinco millones de dólares para salvar su hogar. Doce meses. Sin amor. Sin sentimientos. Sin preguntas. Ese era el acuerdo. Pero Valeria pronto descubrirá que Adrián no la eligió por casualidad. Él conocía a su padre y guarda un secreto que podría cambiarlo todo. Mientras la convivencia convierte su desprecio en una peligrosa atracción, Valeria comienza a sospechar que la deuda que la llevó hasta Adrián fue provocada por alguien. Y cuanto más cerca está de descubrir la verdad, más peligroso se vuelve su matrimonio. Porque quizá el hombre que juró no amar sea el único capaz de protegerla. O quizá sea precisamente el enemigo del que debería mantenerse alejada.
查看更多Capítulo 1
El despacho olía a dinero. No era una metáfora. Era cuero italiano, madera pulida, café recién hecho y ese perfume caro que usan los hombres que nunca tienen que mirar el precio de nada. Yo, en cambio, olía a lluvia. Había corrido tres cuadras porque no tenía para el taxi. Valeria Bennett, veintitrés años, último semestre de arquitectura interrumpido, una casa hipotecada y una deuda que me respiraba en la nuca. —Siéntese. No levantó la vista. Adrián Blackwood siguió firmando papeles como si yo fuera parte del mobiliario. Lo había visto en revistas. Heredero de Blackwood Industries. Treinta años. El hombre que compró un edificio entero solo porque le molestaba la sombra que le hacía a su oficina. Frío. Impecable. Peligrosamente guapo de esa forma que te hace sentir pequeña. Llevaba el cabello negro, liso, peinado con una precisión casi coreana, hasta donde empiezan las orejas. Traje oscuro. Sin corbata. Las mangas de la camisa ligeramente arremangadas dejando ver un reloj que valía más que mi casa. —Me dijeron que usted podía ayudarme — dije. Mi voz sonó más débil de lo que quería. Entonces sí me miró. Sus ojos eran grises. No un gris poético. Un gris de tormenta, de acero frío. —Yo no ayudo, señorita Bennett. Yo hago negocios. — Cerró la carpeta con un golpe seco. — Su padre me debía cinco millones. Ahora usted me los debe. Sentí el estómago caer. —Mi padre murió hace seis meses. Esa deuda... esa casa es lo único que me dejó mi madre. No puede... —Puedo. Y lo haré. El banco ejecutará la hipoteca en siete días si no paga. — Se inclinó hacia adelante. — A menos que acepte mi propuesta. Sacó un documento de cuero negro y lo deslizó hacia mí. En la portada, en letras doradas, leí: CONTRATO MATRIMONIAL. Me reí. Fue una risa nerviosa, rota. —¿Esto es una broma? —Nunca bromeo. —Usted quiere... ¿casarse conmigo? —Necesito una esposa. Mi abuelo murió. Su testamento exige que esté casado antes de los treinta y un años para heredar el control total de la empresa. Si no, todo pasa a mi primo. Un idiota que quebraría la compañía en un año. Me miró de arriba a abajo, sin ningún disimulo. No era una mirada de deseo. Era una mirada de evaluación. Como si estuviera comprando algo. —Usted necesita cinco millones. Yo necesito una esposa presentable durante doce meses. Sin escándalos. Sin amor. Sin preguntas. —Doce meses — repetí. —Doce meses viviendo en mi penthouse. Eventos sociales, cenas, viajes. Fingiremos ser el matrimonio perfecto. Al finalizar, firmamos el divorcio. Usted recibe cinco millones libres de impuestos, su casa queda saldada y yo conservo mi empresa. Todos ganan. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. —Hay una cláusula de confidencialidad. Y una de obediencia. Vivirá bajo mis reglas. —¿Obediencia? — Me levanté. — ¿Quién se cree que es? —El hombre que puede dejarla en la calle mañana mismo. — Su voz no subió, pero se volvió más dura. — No sea orgullosa, Valeria. El orgullo no paga deudas. Mencionó mi nombre. Nadie me decía Valeria así. Como si ya fuera suya. Miré el contrato. La última página. Ahí estaba la cifra. $5,000,000. Con eso podía salvar la casa. Pagar el hospital de mi padre. Terminar mi carrera. Respirar. —¿Por qué yo? — susurré. — Puede tener a cualquier modelo, a cualquier heredera. ¿Por qué la hija de un hombre quebrado? Por primera vez, algo cruzó por su rostro. Algo rápido. Culpa, quizás. O tal vez me lo imaginé. —Porque usted no tiene a nadie que la busque si desaparece. Porque es lo suficientemente desesperada para aceptar. Y porque... — se detuvo. Se recompuso. — Porque cumple con el perfil. Mentía. Lo supe al instante. Adrián Blackwood no elegía nada por casualidad. Pensé en mi padre. En su taller de arquitectura. En cómo en los últimos meses llegaba pálido, con llamadas a medianoche. Él conocía a los Blackwood. Siempre los mencionaba con respeto y miedo. —¿Usted conocía a mi padre? El silencio que siguió fue demasiado largo. —No. Otra mentira. Mis manos temblaban. Tenía que firmar. No tenía opción. Pero había algo en ese hombre que me gritaba que si firmaba, mi vida nunca volvería a ser la misma. —¿Y si me niego? —Mañana a las nueve de la mañana, dos hombres del banco cambiarán la cerradura de su casa. Y usted habrá perdido lo único que le queda. No era una amenaza. Era un hecho. Así operaba él. Tomé el bolígrafo de oro que me ofrecía. Pesaba. —Doce meses. Sin amor. Sin sentimientos — repetí sus palabras como si fueran un escudo. Él se levantó. Era mucho más alto que yo. Se acercó hasta quedar a centímetros. Podía oler su perfume. Podía ver la sombra de barba que empezaba a asomar. —Sin amor, señorita Bennett — dijo en voz baja, casi en mi oído. — Pero no me pida que no la toque. Una esposa que no es tocada por su marido genera sospechas. El bolígrafo se me resbaló entre los dedos. Firmé. Cuando la tinta tocó el papel, Adrián sonrió por primera vez. No fue una sonrisa amable. —Bienvenida a mi vida, esposa.capitulo 16---Salimos de la oficina y todo el piso nos miraba. Yo con los ojos hinchados, Elena agarrándome del brazo.—Que miran. Vuelvan a trabajar, que el chisme no les paga el sueldo.Nadie respiró hasta que se cerró el elevador.En el restaurante me pidió dos copas de vino.—Para los nervios. Si vas a ser Blackwood, vas a tener que aprender a tomar en horas de oficina.Le di un sorbo y ella me tomó las manos.—Mi amor, me pediste que te ayude a limpiar el nombre de tu papá. Y lo vamos a hacer. Pero antes tienes que entender con quién estamos lidiando.—¿Por qué?—Porque mi padre fundó todo esto. No Arturo. Arturo llegó sin un peso. Con buena cara, mucha labia, y se casó conmigo por la plata de mi familia. Yo siempre lo supe.—Como Sebastián.—Igualito. Por eso Sebastián hizo lo que hizo con tu papá. Lo aprendió de él. Creen que pueden tomar lo que quieran sin trabajar.—¿Y entonces cómo le limpiamos el nombre a mi papá si necesitamos a Arturo?—Exacto por eso. Si lo digo yo sol
CAPÍTULO 17—Contesta.Sebastián ya se había ido, dejándonos la bomba en la oficina. Yo estaba frente a Adrián, con el escritorio entre los dos.—Valeria, no es como él dice.—Entonces dime cómo es. ¿Sabías que tu hermano hundió a mi papá?Silencio. Ese silencio que ya conocía. El que usaba cuando no quería mentir, pero tampoco quería decir la verdad.—Lo supe después — dijo al fin, con la voz baja —. Dos días después de que firmaras. Mi contador me mostró los movimientos. Sebastián compró todas las deudas de tu papá a propósito, las infló y me las vendió a mí. Para que yo tuviera que cobrarle.—¿Y me dejaste casarme contigo sabiendo eso?—Si te decía la verdad, no te ibas a casar conmigo. Y yo necesitaba... — se detuvo.—¿Qué necesitabas? ¿Una esposa falsa?—Necesitaba que no te fueras. Tu papá me llamó llorando esa noche, Valeria. Me dijo que te ibas a ir del país con Mateo para no verlo quebrar. Yo no podía dejar que te fueras.Me sentí mareada. Me senté en mi escritorio, que ya no
CAPÍTULO 16Después de lo de Mateo, Adrián se volvió loco.Pero no loco de gritos. Loco de control.—Desde hoy trabajas aquí.—¿Qué?Estábamos en su penthouse. Eran las 7 de la mañana. Yo me estaba alistando para ir a la universidad y él ya estaba con el celular, cancelando cosas.—Tu universidad queda muy lejos. Y hay muchos... compañeros. Aquí puedes estudiar tranquila. En mi oficina. Conmigo.—Adrián, no puedo estudiar finanzas en tu oficina de CEO.—Puedes. Te pongo un escritorio al lado del mío.—Eso no es estudiar, es estar encerrada contigo.—Exacto.Lo miré. No estaba bromeando. Tenía ojeras, no había dormido después de lo de Sebastián y mi papá.—Estás celoso de Mateo.—Estoy celoso hasta del aire que respiras si no lo respiro yo primero — dijo, sin vergüenza —. Ese tipo te dijo "bebé" y yo llevo un mes intentando que me digas "amor" sin que sea actuado. Así que sí, estoy celoso. Y no me voy a disculpar.Me crucé de brazos.—¿Y si digo que no?—Entonces te acompaño a la unive
CAPÍTULO 15Maldivas fue perfecto.Demasiado perfecto.Cuatro días sin celulares, sin prensa, sin Sebastián comentando nuestras fotos. Solo Adrián y yo en una cabaña sobre el agua. Desayuno en la cama, besos con sabor a coco, y por primera vez dormir abrazados toda la noche sin excusas de aire acondicionado dañado.Yo pensé que nada podía arruinar eso.Hasta que aterrizamos en Bogotá.Prendí mi celular y tenía 27 mensajes de un número que había borrado hace un año.*Mateo.*Mi ex. El que me dejó cuando mi papá quebró. El que me dijo "Valeria, tú ya no eres tú sin plata".—Valeria, ¿quién es Mateo? — Adrián estaba detrás de mí, viendo mi pantalla por encima de mi hombro.—Nadie. Basura vieja.—Basura vieja que te escribe "tenemos que hablar, es urgente, es sobre tu papá".Me giré. Él ya no sonreía. Tenía la mandíbula marcada otra vez, como el día de la subasta.—Es mi ex-novio. No importa.—Si escribe sobre tu papá, sí importa — me quitó el celular de la mano —. ¿Qué sabe él de tu papá






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