FAZER LOGINArleth.
—¿Qué?— pregunta esa voz ronca que me eriza la piel al hacer contacto con mis oídos. El corazón se me desboca y las piernas me empiezan a tambalear. ¿Es un hombre? ¡Claro que lo es! Creo, no sé qué tenga abajo. Giro a ver el bolso. ¿Será que es igual a... Perdonáme señor, sabes que voy a la iglesia todos los domin...bueno, casi todos los mes...Sí he ido. Pero creo que necesito confesarme. —Sal de la habitación— lo empujo, pero luego pongo de nuevo mis manos contra mi pecho al darme cuenta de que estoy tocando a un desconocido. —¿Disculpa? —increpa en un tono incrédulo—. Hasta donde tengo entendido, pagué por un servicio, ¿quién eres tú? M@ldición, es el tipo que vendría a follar con un dildo. —Disculpa —me hago la loca—. No sabía. Me doy la vuelta, apretando los ojos y los labios en cuanto deja de verme. Yo y mi bocota. Deberíamos ser un buen equipo, pero no es así. —Se cometió un error. Lo arreglaremos si prefieres— intento proponer que me acepte el dinero que pagó por la habitación. —Ya no importa —se quita el saco quedando solo con su camisa, soltando el resto de botones. —Haz lo tuyo y te vas. Me atraganto con mi saliva al ver varias cicatrices y un tatuaje que solo he visto en películas de matones a sueldo. Tiene ese… —¿Lo mío?— me ahogo con el aire. —Sí— se abre toda la camisa—. Lo tuyo, sabes a lo que vienes ¿no es así? «Mis planes eran dormir.» —Lo siento, esto es un error —explico agarrando más fuerte la toalla—. Yo pagué esta habitación para descansar no para follar con nadie. Frunce las cejas. —¿Me podrías decir como la alquilaste, si es un hotel exclusivamente para atender clientes que pagan por los servicios de las DACO's?— me desafía. —¿A las DACO's? —arrugo el entrecejo. —Damas de compañía —aclara aburrido— Aclarado el punto ¿Cómo entraste? —su mirada ordena respuestas, y no sé ni por qué tengo la sensación de que no puedo evadirlo. «Dios, soy yo una vez más. Este día.» —Mentí —admito. El tipo bien parecido y con un acento ruso se rasca la ceja—. Lo siento, estaba buscando un hotel que me recomendaron —hago malabares dentro de mi cerebro para encontrar las palabras adecuadas—, me perdí, empezó a llover y entré cuando entré me dijeron que la habitación estaba pagada —cojo aire—. Te juro que te devolveré el dinero. —Por supuesto que lo harás —exclama con molestia. —Es más... Suelta un resoplido. —Esto me gano por andar probando estupideces— camina hacia la licorera, dándome la espalda. —Esto me gano por querer tener un descanso —murmuro sentándome en el colchón. Me recuesto en la cama con la mirada hacia el pecho. Si mi padre viera la tontería que hice me desconoce. Si Erick supiera que estoy con un desconocido en una habitación de hotel, sin ropa y solo en toalla, lo saca a golpes. Y si los paparazzis lo saben, acaban con mi carrera. Voy de mal en peor. Levanto la cabeza para encontrarlo con el móvil en la oreja, diciendo algo en ruso. Mis pocas clases afirman que maldice. El sujeto no está nada mal, si fuera un mal tipo ya habría tratado de sobrepasarse conmigo, pero está enojado por tenerme aquí. ¿Debería…? Cállate Arleth, recuerda lo que dice la Biblia ¿Que dice la Biblia? —No sé, pero mi tío dice eso cuando no quiere hacer una tontería, o cuando sí la quiere hacer, pero también sabe que tendrá consecuencias. —¿Dijiste algo?— increpa él. —No— me apresuro a contestar. Su mirada me dice que escuchó lo que dije. —O sea sí, pero no para tí. Mi deber es cerrar la boca. Pero mi placer es seguir hablando. —¿Y cómo te llamas? —cuestiono. Me mira como si fuera una cucaracha que necesita aplastar. —¿Me hablas porque…?— usa un tono desdeñoso. —Porque tengo boca y se usa para eso— copio su actitud cruzando los brazos. —Hay muchas más opciones —sugiere el infeliz dejándome con los labios abiertos. —Eres un degenerado. Imbécil— mascullo cubriéndome lo más que puedo con la toalla. —Yo no te dije que tomaras un lugar que era para otra persona— intenta llamar de nuevo—. Jodida mierd@. Les voy a volver nada esa estupidez si no me explican por qué estás tú aquí y no quien se suponía. —¿Tanta urgencia tienes en follar? —no me puedo quedar callada. —¿Tanta necesidad tienes de preguntar todo?— devuelve más enfadado. —Yo soy preguntona y no lo niego. —A mí me gusta follar y tampoco lo ando haciendo cada dos segundos— su defensa no me deja volver a mi color natural. —Eres un cerdo— me levanto de la cama, haciendo un puño el nudo de la toalla. —Sí, ya lo dijiste —escupe—. Ahora, ¿podrías ponerte ropa? —¿Y si no quiero?— lo reto. —¿Y si te callas?— se enfada. —¿Y si respondes lo que te pregunto en lugar de discutir?— continúo. —¿Y si dejas de preguntar todo?— se torna más pesado el imbécil. —¿Y si dejas de responder mis preguntas con más preguntas? Ambos nos vemos en silencio. Ninguno dice nada, pero siento que mi sistema de defensa debería ordenar que corra lejos de él, no que quiera lanzar un golpe a su perfecta y estúpida cara. Me ignora mientras se sienta en el mueble. Hago lo mismo pero en la cama, a la vez buscando algo que ponerme en el morral que recojo del suelo. —Si tanto dinero tienes para gastarlo en damas de compañía, ¿por qué no compras un auto para marcharte?— «Arleth, no le hables al desconocido.» —Tengo auto, pero se supone que iba a estar en este sitio tres días, sin comunicación —sigue buscando contactar a alguien—. Mi prima me pidió prestado el auto para volver al aeropuerto y no puedo salir con la lluvia como está. —¿Un paraguas? —ofrezco lo que no tengo. Lo sabe y por eso me mira como si fuera la más estúpida cucaracha. —Solo quiero largarme de aquí. —Puedo llamar a mi agente —propongo—. Te puede conseguir un auto en dos segundos. Enarca una ceja en mi dirección, levanta el móvil recordándome lo que sucede. No hay manera de comunicarse por vía celular. —Lo siento. Solo buscaba una solución, —introduzco mi defensa— en lugar de estar renegando como Shrek. —Shrek no renegaba, simplemente estaba solo y no tenía con quien hablar— debate logrando que lo mire, incrédula, mientras él sigue con el teléfono. —¿Has visto Shrek? —Alguna vez la vi. —Pues conocer un hombre que diga que ha visto Shrek es raro —atribuyo. Algo de mis clases debe servir. Pero siempre actúa mi lado irracional. —La mayoría lo hace solo porque creen que se verán más rudos diciendo que no. Masculinidad frágil se le llama— argumenta, distraído. —Tú me caes bien —retomo la confianza—. ¿Cómo te llamas? —No sé, nunca me dijeron— frunzo el ceño. —No jodas— una de sus comisuras sube dándome una imagen que me hace quedarme viendo como tonta, por más tiempo. Se da por vencido con el teléfono. No va a poder comunicarse con nadie. Esto está claro. Se levanta del sofá, quitándose totalmente la camisa. Resignado. —Por lo visto tendré que quedarme aquí, así que fuera de mi cama que yo sí pagué por ella— tira de mí para lanzarme fuera de su vista. —Dije que iba a pagarla yo— rebato decidida a no ceder. —Di el dinero por adelantado, así que fuera— demanda con determinación. —Hay algo que se llama caballerosidad— protesto. —También algo que se llama igualdad de género. Justicia. Yo pagué, yo decido dónde dormir —no me da ni una mirada—. Agradece que te estoy dando donde dormir, porque si estuviera en mi peor día tu situación fuera otra. —¿Debo agradecer entonces?— digo sacando una camiseta gigante de mi mochila, pasándola por mi cabeza para meter las manos con rapidez. —Pues gracias por su hospitalidad, señor renegón. —Despeja mi espacio. —No te conozco, pero mi desprecio te lo tienes bien ganado— gruño, buscando una de mis bragas. —Ese sí. Cada gramo —meto las piernas en un short—. Cada vez que vaya a la iglesia voy a pedir porque nadie te dé nada si lo necesitas. Porque no das nada a los necesitados, ni a los urgidos como yo. —Genial, una loca que habla sola— murmura al apartar las sábanas. —Un imbécil que me responde sin hablarle a él— devuelvo. —¿Cuántos años tienes? —siento que ya debo detenerme, pero el botón de apagado no lo encuentro—. Madura. —No soy fruta— necesito dejar de decir tanta idiotez. —Entonces coge seriedad. —¿Yo no soy seria? —guardo las bragas que él alcanza a ver. —Yo no ando pagando por sexo. Ni peleo la cama con un desconocido…—alza la ceja—. Bueno eso sí, pero no es el punto. —Pero no pago para coger. —Es mi dinero, yo sé que hago con ello— se quita los zapatos. —Por eso después terminan sin nada—abrazo mi morral. —¿Te afecta?— alza los pies para meterse en la cama. Se acomoda, cubriéndose el cuerpo. —Ni en lo más mínimo. —Entonces, cállate— demanda. —Por eso después los desaparecen— contesto negándome a creer que dije esta idiotez. Se gira, se quita las sábanas mirándome de manera asesinado. —Es mentira. No sé por qué lo dije— coloco las manos al frente. —Fue una tontería. Jamás haría eso. —Ni aunque supieras como— vuelve a cubrirse. Suspiro. Si sigo peleando por todo, me van a sacar de aquí. En el mejor de los escenarios. Cuando sepan quién soy, no dudarán en lanzarme a la calle. Está lloviendo, hace frío y no tengo idea de dónde ir en este momento. Él sigue en la cama. Por mi parte, me quedo de pie buscando donde lo hago yo. Es que lo odio. Quiero tomar la linda almohada libre que hay, colocarla en su cara y presionarla mientras psycho killers suena de fondo. Sería tan hermoso. Recuerda Arleth, debes dormir. El asesinato es penado por la ley. «Si te descubren.» —No me des ideas mente maquiavélica— digo por lo bajo. —Que hayas matado a Hitler en tu caso hipotético de tarea no te convierte en asesina. Respiro profundo. No voy a ser como él. Alguien debe ser coherente en esta habitación. —¿Y si hacemos un trato?— inquiero. —No hago tratos con gente en quien no confío— contesta con los ojos cubiertos por su brazo. El tatuaje resalta más con el músculo tensado de esa manera. Arleth no te distraigas. —No soy una desconocida —me callo de golpe porque puede que no sepa nada de moda, como para conocerme. —Bueno, quizá sí sea una desconocida, pero no tan desconocida... —Muy coherente— dice con ironía. —O sea si soy una desconocida, pero solo porque no sabes mi nombre —justifico—, ni mi nacionalidad, ni mi... —Y no me interesa. —¡Déjame hablar! — Estás hablando, gritando y murmurando ¿qué más quieres?— dice con severidad, sin dirigir una sola mirada hacia mí. —Pero no me dejas concentrar— revelo. —No es mi problema que no sepas expresarte —un vistazo me desestabiliza la temperatura. Me repongo enseguida. —Mira, hijo de... «Dios, si existes dame toda la paciencia que tengas disponible. Porque le voy a alinear los chacras manualmente a este tipo, y sabes que no soy una persona violenta.» Inhalo aire por la boca y lo saco de la misma forma. —Empecemos de nuevo —sigo en mi negociación. —Hola, mucho gusto, mi nombre se llama... no... yo... yo me llamo... —Si lo que quieres es que te dé la mitad de la cama, tómala pero ya deja de hablar que nadie se duerme al lado de un payaso —dictamina fastidiado. Evita mirarme, demostrando su desprecio. —No te costaba nada haber dicho eso hace... ¿me dijiste payaso?— me incrusta la mirada. —No. Los payasos son más creativos. —Te voy a cortar las... —Duérmete —me dice de mala gana. —Pareces una minion con rabia. —Yo no soy una minion— me quejo. —Eres pequeña, y con una camisa del color de los Minions pareces una— me contradice. Observo mi camisa quedándome sin argumentos al comprobarlo. De inmediato busco algo para ser yo quien logre hacer que no vuelva a hablar ¿Qué debo decir? Pienso en ello al acostarme boca arriba. ¿Y por qué debo seguir la pelea? Solo me queda un arma. —¡Y eres feo! —le suelto arrepentida al instante. Me estoy comportando como una niña, pero no me importa. Se me borró el cassette y hasta los insultos se fueron a la goma. —Sí. —¿No vas a seguir peleando? —Dicen que a los necios no hay que llevarles la contraria— comenta. —Eso es mentira— contrarío. —Tienes razón— dice mientras dejo la mochila en la cómoda para... —¿Me dijiste necia? —¿Puedes dormirte de una buena vez? —¿O si no qué?— desafío. —¡Te voy a azotar el culo, comerte la boca y taladrarte el coño como estoy evitando que pase! —se exalta, sentándose de golpe con una seguridad que me hace temblar el cuerpo entero. Mi pecho sufre un golpe súbito al descubrir por qué evitaba mirarme. Estoy casi desnuda ¡y pidiéndole que me comparta la cama a un desconocido!Arleth Ambrosetti. Despierto a la mañana siguiente con una brisa fresca golpeándome el rostro y la voz de Isabel llegando desde algún punto cercano, dando instrucciones para el desayuno. Tardo varios segundos en recordar dónde estoy y otros tantos en comprender por qué siento un brazo pesado alrededor de mi cintura.Remuevo a Gavrel con cuidado y él abre los ojos casi de inmediato. Lo veo sin querer dejar de hacerlo y por un segundo que también quiere lo mismo.—Creí que había tenido una pesadilla —menciona con voz adormecida aún, borrando mi sonrisa y la ilusión pendeja que había creado. El golpe en el hombro ni lo mueve, pero atrapa mi brazo y me regresa a sus labios. —Deja de ser tan salvaje, Arleth —vuelve a besarme contra mi voluntad y orgullo que pelea para no rendirse ante sus caricias.Sin éxito, porque al final soy quien busca más de él, queriendo que no se termine este momento, porque es demasiado nuestro y lo quiero ilimitado. —Buenos días —susurra Isabel desde el jardín
Arleth Ambrosetti. — ¿Tú qué crees? —responde con descaro. Mi boca se abre ligeramente para decir el no que mi cerebro reitera. Isabel, en cambio, parece encantada con su propia teoría. —Creo que mi intuición nunca me ha fallado —sentencia mientras vuelve a colocarse los guantes para levantar la maceta—. Además, hoy hice más galletas de mantequilla. La coloca con cuidado sobre la mesa y revisa una de las hojas como si leyera algo entre las venas amarillentas. —Ya que tus hermanos no están, tendremos que comerlas nosotros —suelta la hoja. Gavrel deja escapar una respiración que se parece demasiado a una risa. —No creo que eso vaya a ser un problema —señala mi cara que no esconde las ganas de probarlas. —Claro que no —responde ella ignorando la razón por la que su nieto lo menciona—. Entre menos monos haya en el árbol, más ramas tenemos para brincar. Me quedo mirándola, sin saber exactamente qué acaba de decir. Pero me agrada. Muchísimo. Tanto que por un instante c
Arleth Ambrosetti. Entramos por una zona que comunica directamente con la alberca. El aire cambia desde que cruzamos el umbral; huele a tierra húmeda, a flores recién regadas y a ese aroma limpio que tienen las casas donde alguien realmente vive y no solo las utiliza para dormir. —Isabel —el nombre que sale de sus labios tensa algo de mi interior de inmediato.No sé por qué una sola palabra consigue hacerme prestar tanta atención, pero cuando él vuelve a tomar mi mano y comienza a conducirme hacia el interior de la casa, decido seguirlo antes de que mi imaginación convierta a una mujer llamada Isabel en una amenaza para mi sistema nervioso.Escucho movimiento y me pongo más nerviosa.—Te dije que volvería.La tensión de mis hombros aumenta sin que pueda evitarlo. No alcanzo a preguntarle quién es porque escucho pasos acercándose desde el otro extremo y él señala hacia allí con una tranquilidad que me resulta hasta incómoda en él.Una mujer de cabello corto aparece cargando una macet
Arleth Ambrosetti. El auto se detiene y tardo unos segundos en reconocer la pista vuelve a extenderse frente a nosotros, iluminada por las luces del aeropuerto, y el jet que dejamos antes continúa esperándonos como si Gavrel hubiera decidido que dos horas eran demasiado tiempo para desperdiciarlas. Él baja primero, rodea el vehículo y, cuando abre mi puerta, extiende la mano hacia mí.—Vamos a Nueva York —dice, entrelazando sus dedos con los míos para caminar conmigo—, pero a un lugar que quiero que conozcas.Ni siquiera me pregunta si quiero ir. Tampoco necesita hacerlo. Después de todo lo que ha ocurrido durante las últimas horas, debería cuestionarlo, exigir explicaciones o al menos preguntarle qué demonios está tramando, pero la verdad es que estoy demasiado cansada para desconfiar de alguien que acaba de convertirse en el único lugar donde mi cabeza consiguió guardar silencio.Camino a su lado hacia el jet, observando a los mismos hombres que parecen haber salido de algún escuad
Arleth. —Esa campaña es la que busca el agente de Lisa —me recuerda Tim por lo bajo cuando todos proponen brindar, como si nada estuviera ocurriendo. Lo miro sin poder anclar palabras. —Si no recuerdo mal, envió varias solicitudes para conseguirla —me cuenta mirando al grupo de empresarios. —Tú la obtienes y ni siquiera puedes decir que sí sin pensarlo.—Esto es demasiado— mi almacenamiento interno está saturado. —Esto es lo que te mereces, mi cielo.Su sonrisa tiene algo diferente.Orgullo.Un orgullo tan grande como el que vi en mi padre en aquella ocasión. Y no sé por qué los ojos me comienzan a arder con ese detalle, cuando él acuna mi cara. —Lo disfrutas o lo dejas pasar, pero tendrás que responder —su sonrisa no se apaga. —Si no lo haces, sacaré mi modo mamá o papá…al que mayor miedo le tengas —me hace reír— y decidiré por ti, reina mía.—¿Lisa la quiere? —pregunto inmediatamente.—Sí. Pero sabes lo exclusiva que es esta marca y se dice que la expulsaron por problemas con o
Arleth. Ambos nos enderezamos cuando el señor Herbert regresa junto a su asistente, quien coloca varios dispositivos sobre el escritorio mientras el abogado vuelve a acercarse al dueño de Industrias Merritt. La tensión que había comenzado a aflojarse regresa a mis hombros, aunque esta vez no tiene el mismo peso. Hay algo extraño en la forma en que se miran entre ellos, como si estuvieran comprobando algo que ninguno parece dispuesto a explicarnos todavía.Tim toma mi mano por debajo de la mesa y permite que apoye la cabeza sobre su hombro. Cierro los ojos un segundo, buscando inconscientemente el perfume que debería estar ahí y que no pertenece a él. El pensamiento aparece antes de que pueda detenerlo, y cuando lo reconozco, abro los ojos de inmediato como si alguien pudiera leerme la mente.Y que alguien más lo sepa sí que sería vergonzoso. «Estás loca, Arleth.»No quiero pensar en Gavrel. Definitivamente no quiero hacerlo ahora, no después de lo ocurrido en el avión y mucho menos







