Mag-log inLa mañana llegó a los viñedos Prieto. Marco apenas consiguió dormir unas horas; pasó buena parte del tiempo recordando el beso con Élodie, la discusión con Julien y la sonrisa radiante de una mujer moribunda que estaba completamente enamorada de él. Sabía que cometió un error al corresponderle, pero también comprendía que el tiempo de su amiga podía ser mucho más limitado de lo que todos deseaban aceptar. Al amanecer, tomó una decisión que, aunque le provocaba una profunda inquietud, estaba dispuesto a llevar adelante.Cuando llegó al comedor, Julien ya estaba sentado a la mesa con una taza de café entre las manos. Renato ocupaba su lugar habitual y hojeaba algunos documentos antes de dirigirse a la empresa. Ambos levantaron la mirada al verlo entrar. Marco tenía el rostro cansado, pero sus pasos eran firmes y su expresión transmitía una determinación que no pasó inadvertida para ninguno de los dos.—Buenos días —saludó, tomando asiento frente a su amigo.—Buenos días —respondió Renat
Julien regresó a la residencia Prieto cuando el sol comenzaba a ocultarse detrás de los viñedos. Llevaba una sonrisa que no había conseguido borrar durante todo el camino de vuelta, todavía entusiasmado por la tarde que había compartido con Adelaide. La conversación junto al muelle había superado sus expectativas y, aunque no quería apresurar las cosas, tenía la sensación de que aquella mujer escondía mucho más de lo que dejaba ver. Entró en la casa dispuesto a buscar a su amigo y contarle que había conocido a alguien especial, pero la sonrisa se desvaneció al encontrar a Marco sentado en el sofá del salón, con la mandíbula tensa y la mirada perdida en algún punto del suelo. —¿Qué te pasa? —preguntó Julien, dejando las llaves sobre una mesa antes de acercarse—. Tienes una cara que no invita precisamente a celebrar nada. Marco levantó la vista y soltó un suspiro. Había pasado los últimos minutos intentando encontrar una manera de explicarle lo ocurrido, pero cada vez que recordaba el
Cuando sus labios se separaron, Élodie permaneció abrazada a Marco, con una sonrisa que no conseguía contener. Tenía las mejillas encendidas y los ojos llenos de una emoción que parecía devolverle vida, como si aquellos años de sentimientos guardados hubieran encontrado, al fin, una respuesta. Se apartó apenas lo suficiente para contemplarlo, buscando en su rostro alguna señal que confirmara que no había imaginado lo ocurrido. Marco seguía sosteniéndola por la cintura, pero su expresión había cambiado. La sonrisa que intentó ofrecerle no alcanzó a disimular la tensión de su mandíbula ni la culpa que comenzaba a apoderarse de él. —No sabes cuánto soñé con esto —confesó Élodie, acariciándole una mejilla con la yema de los dedos—. Durante mucho tiempo me convencí de que jamás sucedería, que para ti siempre sería la niña que seguía a su hermano y a sus amigos por todas partes. Y ahora… —soltó una pequeña risa, emocionada, antes de bajar la mirada hacia sus labios—. Ahora siento que todo
La tarde transcurría lentamente y, después del almuerzo, Adelaide y Julien decidieron salir a caminar por un muelle cercano al restaurante. El agua se extendía ante ellos con un intenso tono azul, tan brillante que parecía confundirse con el cielo despejado. Una brisa suave llegaba desde el mar y refrescaba el ambiente, haciendo que Adelaide disfrutara todavía más de aquella escapada. Entre sonrisas, comentarios espontáneos y algunas bromas, ambos consiguieron pasar un rato agradable, descubriendo que tenían más cosas de las que imaginaban para conversar. —Así que soldado, ¿eh? —comentó Adelaide con una sonrisa sincera, volviendo el rostro hacia él mientras caminaban junto a la baranda. —Sí, y uno muy estricto —respondió Julien con una risa, metiendo las manos en los bolsillos—. Aunque ahora estoy de descanso, así que puedo olvidarme un poco de mis obligaciones y disfrutar de la vida como cualquier persona normal. Adelaide soltó una carcajada y negó con la cabeza, divertida por su
Mientras tanto, Adelaide llegaba al restaurante donde Julien la esperaba con una sonrisa que reflejaba su buen humor. Apenas la vio cruzar el umbral de la entrada principal, él se puso de pie para recibirla, acomodándose la chaqueta antes de acercarse. Adelaide le devolvió el gesto con una sonrisa amable, agradecida por aquella invitación que le había permitido salir de la cabaña y despejar un poco la mente. —Hola —saludó ella al llegar a su lado, con una expresión cordial. —Hola —respondió Julien, inclinándose para darle un beso en la mejilla. Después, tomó la silla para ayudarla a acomodarse y esperó a que estuviera cómoda antes de sentarse frente a ella. La observó durante unos segundos, reparando en su rostro sin maquillaje y en la sencillez con la que se había arreglado para salir. Adelaide llevaba una ropa discreta, sin demasiado esfuerzo por llamar la atención, pero eso no impidió que Julien la encontrara especialmente hermosa. —Estás bellísima —comentó él con una sonrisa s
Marco permanecía junto a la cama, observando el rostro relajado de Élodie, que dormía profundamente después de la agotadora mañana. La habitación estaba en silencio y él había aprovechado aquel momento para quedarse a su lado, pendiente de que descansara. Cuando percibió una presencia cerca, Élodie abrió los ojos lentamente, esperando encontrarse con Julien. Sin embargo, al descubrir la mirada de Marco fija en ella, se incorporó de inmediato, avergonzada de que la viera en aquellas condiciones. Se acomodó el cabello con los dedos y apoyó la espalda contra las almohadas, intentando recuperar la compostura. —¡Marco! ¿Y dónde está Julien? —preguntó con cierta inquietud, recorriendo la habitación con la mirada. —Salió un ratito. Al parecer, fue a encontrarse con una amiga —respondió Marco con naturalidad, acomodándose en la silla junto a la cama. Élodie arqueó las cejas, sorprendida por la noticia. —¿Una amiga? ¿Desde cuándo? Si apenas llegó a Italia y ya está haciendo amigas —comentó







