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Ego de mujer.

Autor: Alexa Mcliz
last update Fecha de publicación: 2026-02-02 08:27:29

POV; Morgana

«¿Cómo se supone qué deleite al padre con mis encantos, con estas viejas brujas impidiéndome el paso?»

La pregunta me martillaba la cabeza una y otra vez, mientras observaba el gesto agrio —casi estreñido— de la bruja reina de la ciudad de Zanoc: Filomena de Matogroso. Se creía dueña de todo solo porque era la esposa del alcalde, Elías Matogroso, como si el poder se heredara por ósmosis matrimonial. Ganas no me faltaron de contarle las veces que me había cogido al verga 3/4 de su marido, para ver si se infartaba en ese mismo instante.

Miré con desesperación en distintas direcciones buscando a Carmelina; incluso llegué a anhelar la remota posibilidad de ver a Lulú. Pero lo único que distinguí, a cierta distancia, fue a mi hermana junto a Sabrina, conversando como si nada.

—Ya libérenme el camino. Necesito buscar a mi sobrina —dije finalmente, tras tomar aire y obligarme a hablar con educación. Sabía que debía justificarme si quería salir de la trampa que esa mujer fea había tendido con sus secuaces, igual de horrendas y frígidas—. No me hagan sacar lo peor de mí —añadí entre dientes, dejando caer la advertencia como un veneno sutil.

No parecían dispuestas a ceder. Y, para colmo, ya me habían hecho perder la oportunidad de acercarme al padre, ese hombre indecentemente atractivo para llevar sotana. Me parecía casi un crimen que hubiera elegido ese oficio. Volví a mirarlo: ya se alejaba, camino al púlpito.

—Ya volvamos a nuestros lugares. Cumplimos nuestra misión de evitar que este demonio se acercara a nuestro santo padre —casi chilló Filomena, con una frialdad muy propia en las mujeres amagardas.

Estaba claro. Sacarme de la fila para que no recibiriera la bendición, no era más que el reflejo de sus miedos: el temor de que incluso ese hombre de hábitos pudiera verse atraído por mis encantos, como casi todos los bobos del pueblo.

—Esta me las pagarán, viejas asquerosas —murmuré.

—Ya veremos —respondió Filomena, poniéndome cara de asco y restregandome sus ojos saltones por mi espléndido cuerpo. —Para la próxima vístete como una mujer decente aunque solo sea para disimular decoro. —Como siempre fue capaz de devolverme el golpe, antes de alejarse con el resto de las mujeres.

Casi me ví tentada jalarle los pelos, pero eso iba en contra de mi plan.

Cuando por fin quedé libre, me dirigí al asiento que había ocupado antes junto a Carmelina. Para mi sorpresa, la encontré arrodillada, aparentemente rezando.

—¡Hey, Carmelina! —la agité un poco para que reaccionara—. Ya levántate de ahí, todos tomaron asiento.

Al menos eso funcionó. La vi alzar el rostro con una sonrisa, persignarse y, finalmente, sentarse a mi lado como si nada hubiera ocurrido.

—Le daba gracias al señor, por permitir ver a mi amor y que me diera la galletita en la boca. —Fruncí el seño al escuchar su estupidez ilusa.

Adoraba a mi sobrina Carmelina, pero en ocasiones me parecía tonta... hasta el punto de rozar lo patético. Un hombre como el que volvía a tomar la palabra delante de todos los presentes, no era para ella. Menos su vocación y fé se tambalearía por una niña regordeta, por más bonito que fuera su rostro. En cambio yo si podría hacerlo caer rendido a mis pies e incluso abandonar ese mundo absurdo.

Deje de observarla cuando me arte de verla poner su carita de tontita hipnotizada. Realmente patetica e ilusa se veía, a mi parecer.

Preferí acomodarme en el asiento y prestarle toda mi atención al hombre cuyos labios marcaban cada palabra con una sensualidad sutil.

« ¡OMG! este hombre parece de otro mundo Margot. Tú si que deberías probarlo. »

Trague en seco cuando en la culminación del acto, este volvió a hacer su desfile hacia la salida. Me roce las piernas, sintiendo como un líquido fogoso humedecia mi coño, cuando note su perfil imponente al pasar por el pasillo.

—Necesito tenerlo. —Dije algo agitada. Fue tarde cuando descubrí mi descuido, tenía los ojos de Carmelina y otra señora que no conocía sobre mi.

—¿Dijiste algo, tía?

—Si, debemos apresurarnos a saludar al padre a la salida. —Le apunte, luego de levantarme y observar que estaba parado en la puerta saludando a los feligreses que iban saliendo.

—Si, vamos. —Escuche gritar a mi sobrina con entusiasmo. Cómo si ella creyera que en verdad tenía alguna esperanza.

Como era de esperarse, Carmelina se levanto de inmediato. Me tomó de la mano y me obligó a caminar con mayor prisa, como si temiera que el suelo se abriera bajo nuestros pies.

Esta vez no hubo ninguna impertinente que me sacara de la fila. Incluso me adelanté a Carmelina, decidida a quedar frente a frente con el padre, al menos para despedirme como Dios manda.

Pero su reacción no complació en absoluto a mis hormonas. Fue frío. Correcto. Distante. Me saludó sin el menor temblor en la voz y enseguida volcó su atención en quienes venían detrás, como si yo no hubiese existido más que un segundo.

No intenté frenar. No protesté. Simplemente seguí caminando hasta, por fin, salir del interior de la iglesia, con un sabor amargo instalándose en el ego, como una derrota silenciosa.

—Qué raro que no se volviera loco al mirarme —musité, todavía confundida por la reacción de aquel hombre que, de cerca, robaba aún más el aliento.

Me giré para observar de nuevo la enorme puerta del templo y el flujo constante de personas que atravesaban la salida. Entre ellas reconocí a mi sobrina regordeta, avanzando hacia mí con torpeza y entusiasmo; parecía una pequeña cerdita en estampida.

—Ya estoy contigo, tía —dijo, jadeando.

—Bien. Solo falta esperar a tu madre —respondí con sequedad.

No estaba de humor. No después de haber fracasado estrepitosamente en mi intento de causar impacto en ese hombre. Un hombre, cuyo nombre pronto estaría en mi lista de arrastrados, si o si.

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