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En el confesiónario I

Autor: Alexa Mcliz
last update Data de publicação: 2026-02-03 00:40:54

Al ajustarse el cuello, parecía sellar no solo la sotana, sino también una parte de sí mismo: un hombre envuelto en silencio, fuerza y contradicción, cuya sola presencia imponía respeto y despertaba inquietud.

Volví a mirar mi aspecto antes de salir de la habitación y por poder observar los pasillos desolados, la atmósfera aburrida y solemne que me hacían preguntarme una y otra «¿qué m****a hacia yo en ese lugar? »

"Verdad. Me andan buscando por un cargamento de armas y si me encuentran pondre en riesgo la manada."

Me bufé a mi mismo en complicidad a mi lobo, que gruñía de pereza en mi interior al verse en un estado sedentario y ambos satisfaciendo nuestro fuerte apetito sexual, con simples masturbaciones solitarias.

—Buenas tardes padre Mateo. —Me saludo con cortesía la primera monja que me tope camino nuevamente a la iglesia para confesar algunas señoras impertinentes.

—Bendiciones, hermana. —Dije fingiendo una voz más calmada, cuando recordé que hacía se llamaba el verdadero padre.

" Ella bien podría darnos una mamadita complaciente... tiene buena boca." Propuso mi lobo con tono airado.

"No digas pendejadas." De una, le di la negativa. No me apetecía esa monja, aunque bien sabía que si me llegaba a convertir corría peligro ese cuerpecito oculto bajo tanta tela. Escorpión no perdonaba nada. Con la única que lo había sentido tímido era con nuestra recién descubierta mate.

"Intenta descansar mientras entro al confesionario."

«¡Grrr!». Fue la breve respuesta de mi lobo antes de silenciarse y dejarme seguir en personaje.

Una media hora después esa calma ceso. Se transformo en mi interior en quejas y burlas que casi me hacen salir corriendo de lo que me parecía un cubículo oscuro donde mi rol era escuchar estupideces.

A cierta distancia vi que el espacio era iluminado por una vela temblorosa. El aroma a incienso se mezclaba con el silencio espeso del templo casi vacío. Dicho olor lo sentía como una peste de brujas. Aún no entendía cómo el toleraba este juego absurdo que iba contra de nuestra naturaleza.

Permanecí inmóvil tras la celosía, las manos entrelazadas, la espalda recta, como si la quietud fuera mi última defensa y me estuviera divirtiendo con el papel de santo.

—Padre Mateo, ¿le pasa algo? —La voz chillona de la mujer que aparentemente acababa de entrar me saco de mi perturbada paz. —¿Está despierto?

—Si. Dime ¿qué te trae hasta aquí?—. Le pregunté a secas, ya la paciencia se me estaba agotando y probablemente faltara alguien más.

—Padre… —la voz de la mujer surgió quebrada, casi avergonzada—. He pecado.

Cerre los ojos un instante, no por cansancio, sino por hartazgo. Reconocía ese tono ridículo en las mujeres. Ya hasta me imaginaba el supuesto pecado con el que saltaría.

—Habla, hija — respondí con voz grave y contenida—. El Señor escucha.—Eso si era pecado, el cual yo estaba cometiendo, la única diferencia era que a mi me encantaba pecar... incluso amaba la idea de algun día irme al mismo infierno.

Escuché a la mujer respirar hondo. Al mirar hacia ella a través de una pequeña rejilla que nos permitia comunicarnos y vernos ligeramente, observe que sus dedos jugaban nerviosos con el rosario, como si cada cuenta fuese un recuerdo que la quemaba.

—He deseado lo que no debía… —finalmente confesó—. He permitido que mi corazón se desvíe del camino recto. No fue solo pensamiento, padre. Fue intención… fue voluntad. —Ayer se la chupe a mí cuñado.

Me moví un poco del asiento, casi con la intención de que me la chupara a mi. La pecadora se veía de buena boca y no olía tan mal.

—El deseo es una prueba —dije al fin—, pero ceder a él nos hiere más a nosotros que a nadie. ¿Te arrepientes?—. Añadí un poco orgulloso por lo bien que me salía el papel de consejero. Sintiendo a la vez, una fuerte punzada en la punta de la verga y asomo de un olor que me anunciaba la llegada de mi corderita regordeta.

Un sollozo tímido, llegó como primera respuesta.

—Sí… pero temo volver a caer. Me gustó.

—No pasará, y si lo vuelves a hacer solo debes rezar 7 padres nuestro... 4 Ave María al pie de tu cama y listo.—Hable con agitación, el olor estaba más concentrado, inundando mis sentidos... quizás ella fuera la siguiente en pasar.

Hubo un breve silencio. Luego, con tono firme y sereno, pronuncie la absolución. Al terminar, añadí:

—Reza, aléjate de la ocasión del pecado y confía. —Mi voz sonaba más a urgencia a despido brusco.—Puedes retirarte. — Le indique algo inquieto.

« ¡Mía! » escorpio ya empezaba a desordenarse, incluso toda su oscuridad parecía querer salir.

Por suerte, La mujer asintió, secándose las lágrimas, antes de que yo escupiera una maldición voluntaria en tono bajo.

Al salir del confesionario, sus pasos eran lentos, pero más ligeros, al contrario de mi corazón acelerado... cada vez más excitado por el rico olor de la corderita regordeta.

Permanecí solo unos segundos más, respirando hondo, inundando mis sentidos. Cada vez más cerca la menta, el clavel... la dulce miel.

La esencia abrumadora me hizo hacer rodar la cortina color púrpura, para tener un poco más de control sobre mi.

—Es ella.—Susurre cuando el peso de su cuerpo hizo temblar un poco el confesiónario después de su entrada alborada.

—¡Hola..hola! —su saludo, fue entre alocado y tierno. —¿Está ahí padrecito?—"A la niñita le gustan los diminutivos."—Diga algo padrecito.

—Si, baja un poco la voz. —Ya me parecía algo ruidosa, demasiado para alguien tan calmado como yo.

—Perdone padrecito, es que me emociona mucho estar cerca de usted y confesarle mi primer gran pecadito.

"Es adorable, lo único malo es que es humana." Lo dicho por escorpio casi iba a la par con mi sentir. Tardar mas de 50 años para conocer a tu luna y que resulte ser una pequeña humana ruidosa, no es nada que llene de orgullo a un Alpha... menos uno como el, de poco hablar, reír... un poco alérgico a las sonrisas.

—¡Padrecito... padrecito! —el grito vino acompañado de unos golpes en la rejilla.

—Estoy aquí. —Casi gruñía, a la par hice volver a rodar nuevamente la cortina púrpura para ver el rostro curioso de la jovencita. Sus ojos de un verde muy particular parecían verme casi con devoción. Me gustaba ser observado así, su lindo rostro, su jodido olor. —Habla hija. El señor te escucha. —Finalmente pude decir, luego de que por casi un minuto mi lengua me pesara como plomo, de encontrarme sustraído por el olor de esa Cordera y la visión de su rostro.

—Padrecito, hoy en la mañana supe que tengo más de un año pecando a escondidas. — Frunci el ceño cuando sus palabras empezaron a brotar y salpicarme de confusión. —Le juro que todo lo hice por travesura. Aun sabiendo que estaba mal.

—Dime tu pecado.

—He fornicado, padrecito.

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