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En el confesiónario II

Autor: Alexa Mcliz
last update Data de publicação: 2026-02-03 00:45:38

—He fornicado padre. —Cerre los puños al escucharla confesarse sin pudor, casi con tono divertido.—Me robe una botella de vino y me fui a fornicar en compañía de mi amiga Lulú, al campo.

—Entonces eres doblemente pecadora. Ladrona y fornicadora. —Escupí, ya con ganas de saber que desgraciado la había tocado.

—Si, pero me pareció divertido en ese momento padrecito. —Hizo una leve pausa antes de continuar con su cuento tonto. —ahora no tanto.

—¿Te gustó? —Le pregunté, de forma casi inquisitiva.

—¡Me encantó! Es muy ricooo.—Me maldije en silencio por haberle hecho una pregunta por la cual no deseaba respuesta. La única ventaja de todo era que más rápido podría follarla. Después de ahí nadie más podría tenerla. No sin correr el riesgo que lo mate. —No se quede callado padrecito. Me arrepiento de todo. Le prometo que con usted siempre seré honesta y nunca le robaré como al antiguo padre. —La corderita no se callaba, ya me empezaba a dar jaqueca su cotorrear.

Después de exhalar un poco de aire y sentirme extraño por el silencio de escorpio volví a preguntar.

—¿Con quién tuviste sexo?

—¿Sexo?.

—Sexo, tal como escuchaste. Me pareces muy joven pero lo suficientemente grande para saber a lo que me refiero. —No pude evitar regañarla, me estaba molestando su actitud torpe. —¿Qué edad tienes...? —La enfrente ante una nueva pregunta que también era de mi profundo interés. —Tambien dime tu nombre... de lo contrario será difícil que el señor te perdone. —Agregue con autoridad. para algo debía servir esa sotana que estaba usurpando.

—Carmen, pero de cariño me dicen Carmelina. —" Otro diminutivo" pensé.—¡Ahhh! tengo 16 añitos, padrecito.— A la corderita de repente la empecé a escuchar hablar algo acongojada.— No me crea tonta, se que es el sexo y como se perpetua. Le juro que nunca he estado con nadie, tengo una muy buena maestra, diría que la mejor.

Hasta yo ya quería saber cómo se perpetuaba el sexo, también quien era la susodicha maestra que le había dado clases.

—En verdad no entiendo nada. —Dije algo confundido.

—Se lo juro. Ni un besito me han dado. Solo fornico a veces, por que me divierte y me gusta el sabor.

« ¡Demonios! ¿qué locura es esta? » grite por dentro a sabiendas de que se trataba de la misma m****a, pero ella parecía tener la intención de volverme loco.

—Habla claro, eso quiere decir que tienes sexo, en el monte con tu amiga. Deja de contradecirte e intentar volverme loco.

—No. Se lo juro. Soy virgen, padrecito.

La confesión me gustó, pero igual lo sentí como una ligera burla, hasta que me atrevi a olfatearla con más intensidad cuando pegó medio rostro a la rejilla. Ahí descubri que su olor estaba muy limpio

—¿A qué le llamas fornicar? —pregunte finalmente para intentar comprenderla mejor.

—Obvio. Tomar vino.

—¿Hablas de vino? —Ni creía semejante pendejada.

—Si padrecito. Solo soy culpable de eso y de robarlo una vez de la casa parroquial. —La inocencia torpe de la corderita casi logra sacarme una sonrisa, pero el hecho de que fuera tan ignorante no me agradaba. —¿Cuál es mi penitencia? —No tardo en preguntar con ternura.

—Reza tres padre nuestro y busca en un diccionario la palabra fornicar. —La volví a mirar cuando la vela títilo casi al punto de apagarse y la jovencita se movió con desorden. —Mañana te espero después de la misa de las 4:00 pm. Con la tarea hecha.

—Claro padrecito, vendré sin falta.—Contesto con obediencia y pegando sus labios a la rejilla, como en modo de tentación.

Tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para no ir por ese roce luego de sentir su aliento a fresa.

—Retirate, Carmen. —Escupi entre dientes. Conteniendo a mi lobo, deseaba que me le lanzará encima.

Ella no tuvo prisa para marcharse, se mantuvo unos segundos de más observandome con ojos brillantes, hasta que por fin y su propio bien... se escurrió.

En parte sentí que se me había escapado. Aunque mi instinto animal se sentía sereno. Simplemente debía ser paciente, ya tenía una idea fija de la trampa que le pondría esa corderita lista para comer.

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Último capítulo

  • ¡Ay padrecito!   Después de la penitencia.

    POV: Norma. Con la llegada de Carmelina, después de haber cumplido todo un día de penitencia en la iglesia de la mano del padre Mateo, me sentí un poco más relajada. Mi corazón dejó de palpitar con tanta fuerza.Sabía perfectamente que Carmelina, en ocasiones, podía decir cosas fuera de lugar, quizá por su inocencia. Por eso jamás la había considerado una niña mala, ni me parecía justo que la señora Filomena la hubiera condenado a pasar todo el día en aquel lugar.« Mi pobre niña. » Pensé. Muchas veces había lamentado y llorado durante largas horas, acurrucada en una esquina de mi habitación, reprochándome no haber tenido el valor suficiente para enfrentar a la señora Filomena. Sin embargo, una parte de mí también encontraba consuelo en pensar que Carmelina necesitaba aquello. Necesitaba tener una conversación a solas con el Señor. Aprender a frenar su lengua. Eso era lo más importante.Mi mayor miedo era que terminara convirtiéndose en alguien como Morgana. Mi hermana descarriada.

  • ¡Ay padrecito!   La mirada de envidia de mi tía.

    —Hola, mami.Saludé a quien yacía en uno de los sillones del salón. Parecía estar leyendo un pequeño libro religioso. Sin embargo, mi tía se encontraba en otro de los sillones, un poco más distante con cara de aburrimiento. Era una escena rara: dos hermanas juntas, pero parecía que ni siquiera se habían dirigido la palabra.Terminé de cerrar la puerta y me dirigí hacia ellas con una amplia sonrisa. Bueno, en verdad lo estaba. ¿Cómo no estarlo después de haber pasado toda la tarde follando con mi delicioso padrecito?—Pareces muy feliz. Ni siquiera parece que te hayan castigado —resopló mi madre cuando levantó el rostro.Sonreí solo un poquito, intentando marcar algo de tristeza a la misma vez. Pero no podía hacer más. Yo me sentía la mujer más dichosa del mundo después de haber estado toda la tarde con mi amor.Sin embargo, me tocó respirar hondo, fingir un poco de tristeza y cansancio antes de contestarle.—Sí, mamá. Estoy un poco triste. Fueron horas y horas de penitencia. Además, m

  • ¡Ay padrecito!   Un amor que defiende.

    Fue un día maravilloso. No podía existir castigo más delicioso que el que acababa de recibir de mi padrecito en aquel lugar oscuro que, en otras circunstancias, quizá habría resultado aterrador.Lástima que no pudiera contárselo a la bruja de doña Filomena. Al final del pasillo alcancé a verla, claramente esperándome para comprobar en qué condiciones había quedado después del encierro y la penitencia.Caminé despacio hacia ella, procurando mantener la compostura. Todavía sentía las piernas débiles y un ligero temblor recorría mi cuerpo después de haber permanecido tanto tiempo de rodillas,mientras practicaba como darle placer a mi amor con la boca. Me cupo la mitad. Suave pero duro, un pedazo de carne que saborie sin desperdicio. La risa de la bruja de Filomena, acompañada por la de Cornelia, me sacó de mi ensoñación.Me sentí pequeña y burlada. Miré hacia atrás y encontré al padrecito observándome. Con un gesto de su mano me indicó que no había nada que temer. Asentí, tragando en s

  • ¡Ay padrecito!   El mejor castigo.

    —¡Oh padrecito mío! —Grite, sin importarme que los ecos parecían querer quebrar las paredes de ese feo sótano. —¡Ohhh!Sentía que explotaba en mil pedazos. Baje un poco la vista cuando las sacudidas aumentaron, para ver cómo su verga gigante entraba con más rapidez en mi coño. Me encantaba, pero el placer me estaba nublando la visión y tenía la sensación que me iba... me iba lejos. Que mis piernas se derretían.—¿Te gusta cómo te follo, Corderita?Me mordí los labios cuando escuche la pregunta, por igual baje mis manos para tocar los glúteos duros de mi amor, con eso indicarle que me siguiera dando duro, aunque casi no aguantaba cada puntada que me tocaba casi las tripas.—Si, me encanta. Ahhh...Eso provocó que mi padrecito sacará su verga de mi coño caliente, me cambiara de posición, en una que parecía más bien, una cachorra, en cuatro patas. La intensidad aumento, más duro, más gusto... más profundo. Mi coño ardia y vibraba mientras su verga salía y entraba cada vez más rapido. Su

  • ¡Ay padrecito!   La promesa de un castigo.

    Al menos en mi casa hubo un poco más de silencio en la mañana del día siguiente, mismo día que recibiría mi castigo por el simple capricho de doña Filomena. Las discusiones entre mi tía y mi mami habían bajado de intensidad, y yo lo estaba disfrutando, aunque se suponía que debía estar preocupada por el castigo que me esperaba en una hora.Pero, sinceramente, esa idea no terminaba de entrar en mi cabeza.Algo me decía que mi padrecito no permitiría que me castigaran demasiado.Aunque… también tenía mis dudas.Al fin y al cabo, doña Filomena era prácticamente quien mandaba en el pueblo. Mucho más que el panzón de su esposo, el alcalde.Con todo eso en mete, luego de alistarme para irme a la iglesian. Me miré en el espejo y suspiré.—Ay, mi padrecito no. No puede permitir eso…Le sonreí a mi reflejo. El espejo estaba bien limpiecito, así que podía verme perfectamente. Levanté una mano, me la llevé a los labios, después la posé contra el cristal.—Todo saldrá bien, linda Carmelina.Me o

  • ¡Ay padrecito!   El regreso del falso... más falso.

    POV: El padrecito ( Diogo Braconchely)—Llegas justo a tiempo.La voz de mi hermano penetró en mis oídos de una forma casi irritante. Apenas crucé la puerta de aquella oficina parroquial que, por razones obvias, se había convertido en nuestro pasadizo secreto.Estaba algo oscuro, pero no necesitaba luz para sentir su energía ni aquella conexión que compartíamos. Mi mente, en cambio, estaba muy lejos de allí, inmersa en los recuerdos de mi corderita.—Ni modo. La situación lo amerita.Fijé la vista en Mateo. Ya no llevaba la ropa de cura. En su lugar, vestía de mezclilla, la misma que solía usar cuando estaba con la manada.—Ya veo que saldrás de la zona —comenté, señalándolo con la mirada.—Sí. Aprovecharé que necesitas estar en mi lugar para reunirme con Frank.—Dio unos pasos hacia adelante. Había algo en su mirada, una seriedad que me hizo comprender que estaba a punto de decirme algo que marcaría un límite para los días que me quedaban.—Aprovecha esta semana. Posiblemente tengas qu

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