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¡Ay padrecito!
¡Ay padrecito!
Autor: Alexa Mcliz

En mi diario.

Autor: Alexa Mcliz
last update Data de publicação: 2026-02-02 08:04:46

Zanoc… una tierra remota donde la devoción era tan encantadora como perderse corriendo entre campos sembrados de flores y frutas.

Correr, correr… correr.

Era una de mis mayores pasiones, el latido que me impulsaba a seguir viviendo.

Hasta que el primer amor me crucificó.

Ustedes me entenderan, o al menos mi yo del futuro cuando relea este diario quizas dentro de unos 5 años; tal vez mas, tal vez menos. Lo que si sé, es que nada volvera hacer como antes; después de verme en sus ojos, después de ver su rostro esta mañana por primera vez, cuando fue presentado en la misa.

Todo en él parecía bendecido, igual que sus palabras cálidas, cargadas de significado y fe. Pero, sobre todo, su rostro de ángel… esos ojos que se incrustaron en los míos como clavos de Cristo, removiendo cada rincón de mi ser.

No hizo nada fuera de lo común. Solo me miró desde su púlpito. Sí. Pero para mí ese momento fue suficiente para sentir que algo estaba cambiando, que quizás… él podría significar mucho más de lo que imaginaba.

—¡Ahhh! Lo amas Carmelina... —Suspire de amor, antes de remover  un poco mi diario rojo, donde estaban escritos mis deseos  mas pecaminosos.  Ahora el padrecito pertenecia a esas lineas.  —Que lindo se siente. —dije, mientras revisaba un párrafo donde describía: "sobre sus lindos labios y lo rico que debía besar". 

—¿Qué haces loquilla? —Una voz familiar me saco de mi momento fantasioso.

Era mí tia Margot, aunque yo en especial le decía Morgana, de orgasmo. Ella siempre hablaba sobre eso y lo rico que era. En mi caso lo repetía aunque no sabía su significado. Aparte, me daba pereza buscar palabras raras en el diccionario.

—Estoy siguiendo tus consejos, me deshago sobre mis deseos prohibidos.

—¿Quién es el objeto de tus deseos esta vez?

— El padrecito Matheo. — Le conteste sin nadita de pena, mi tía era de confiar.— Ahora si me atreveré a ser una cazadora. Como sueles decir tía.

—Desde que tienes 15 años, todos los meses te enamoras de alguien diferente y nunca haces nada. —Abri un poco los labios al escuchar a mi tía, la cual no mentía de cierta forma.

Todos los meses había algún chico que lograba llamar mi atención. Soñaba con él, me hacía mis ilusiones y hasta imaginaba un mundo de ensueño… pero, así como llegaba, de repente se me pasaba.

Sin embargo, esta vez era distinto.

Esta vez, lo que sentía era muy diferente. Se quedaba quietecito en mi pecho, como si tuviera raíces, o vida... como las flores silvestres que abundan en los campos fértiles de Zanoc.

No sabía exactamente qué tenía él, pero mi corazón hacía un pequeño desastre dentro de mí cada vez que lo pensaba.

Levanté un poco el rostro, intentando descifrar mejor sus palabras. Me encantaba recibir consejos de mi tía; era la mejor, la más inteligente y, sobre todo, la que más conocía a los hombres.

—Me gustaban, tía, así como a ti te gusta uno diferente cada semana. —Lo dije sonriendo, no le veía nada de malo a que mi tía fuera bella y coqueta.

—En eso tienes razón picarona. Si no fuera por la edad, hasta dirían que eres mi hija. —Me guiño el ojo, a la par movió sus pechos grandes. Uno de los tantos movimientos típicos de mi linda tía. Era súper atrevida.

—No es para tanto, no soy sexi como tú. —Cerre mi diario después de dejar salir mi inseguridad. —En el instituto los chicos me decían "la linda cerdita". —Me incorporé en la cama, al levantar la mirada, me encontré con mi reflejo en el espejo del tocador, a unos metros frente a mí. Desde allí podía distinguir mis mejillas algo regordetas, ese rostro que a veces sentía una batalla perdida… pero aun así, seguía siendo hermoso para mí.

—No le hagas caso a esos mocosos de m****a. Por eso a tu edad nunca me gustaron los niños. Siempre me gustaron los hombres grandes, musculosos. —Mi tia hablaba y parecía gemir de emoción. Sin pasar por alto que comenzó a caminar de un lado a otro... colocándose brillo en sus labios recién inyectados. Estaban enormes... cómo si los hubieran picado una avispa.—Incluso mi primera vez fue con uno de 40.—Me confesó de repente.

Abrí mucho los ojos. Recordé al padrecito, me saborie con disimulo, luego mordí mis labios cuando sentí mi coño palpitar, gracias a la imagen que me llegó, de él desnudo... con una verg@ grande como los hombres de las películas que veía con mi tía a escondidas de mi madre.

—¡Tia! —Le grite agitada, por la puntada gustosa en mi coño. —Quiero que mi primera vez sea con el padrecito.

—¡Jajaja! Carmelina, eso es avaricia. Ni yo he podido follarme a un cura. —Le hice mala cara. Me parecía que mi tía no creía en mí. —Te falta astucia, si al menos no fueras virgen, tuvieras cierto terreno ganado. Pero estás en blanco nenita.

—Pues si lo voy a lograr, ya veras tía.

—Ok. No olvides decirme tus avances, puedo darte buenos consejos. —Con estás últimas palabras dichas, la ví salir con su movimiento de cuerpo usual.

En el pueblo de Zanoc nadie era más bella que mi tía Morgana, aunque mi amiga Lulú también lo era... pero ella no contaba porque apenas tenía 17 años, un unos meses mayor que yo... que aún estaba en los insufribles 16.

Mi tía era una mujer, mujer. Así solían decir los hombres que la veían como perritos cuando salía de casa conmigo. Me encantaba ver sus caras de bobos y que mi tía los hiciera comprarme helados, regalarme chuches, entre otros antojos.

Sonreí, después me derrumbe sobre el suave colchón de mi cama. Deje aún lado esos recuerdos. Ya tenía algo más importante que pensar, lo cual alegraría mis aburridas vacaciones de verano en el pueblo olvidado de Zanoc.

—¡Ay padrecito! —Susurre con deseo febril, luego de cerrar mis ojos.

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