FAZER LOGINC5- EL AEROPUERTO.
El aeropuerto de Londres estaba lleno de ruido y gente apurada. Y entre ellos, apareció una mujer hermosa, llevaba lentes de sol, un abrigo beige, un vestido azul oscuro y botas negras. Todo era sobrio, elegante y muy de Londres, arrastraba una pequeña maleta y miraba a todos, buscando un rostro que conocía de memoria.
Hasta que lo vio.
Un hombre mayor estaba de pie cerca de una columna. Su espalda ya no era recta, pero sus ojos seguían siendo atentos y cuando ella sonrió, él parpadeó, sorprendido.
—Tío Oliver… —dijo.
El hombre abrió los ojos acercándose como si no pudiera creer lo que veía.
—¿Tú… tú eres… la señorita Aurora?
—Sí —dijo ella con una leve sonrisa.
Antes de volar a Londres, Aurora lo había llamado a Oliver Thompson, el viejo chofer de la familia, y le pidió que fuera por ella al aeropuerto. No quería molestar a nadie de la familia Russo, porque ella había vuelto pero no para quedarse y no por mucho tiempo.
Oliver había trabajado en la casa de los Russo desde que ella tenía memoria, aun cuando ella se fue hace ocho años todavía estaba y aunque vivió en Estados Unidos todo ese tiempo, nunca dejaron de hablar.
Porque para Aurora, él era como un abuelo, por eso, se acercó y le besó ambas mejillas.
—¿Aún tienes tu viejo Bentley? —preguntó con una sonrisa traviesa.
Oliver rió, marcando más sus arrugas.
—Claro que sí. Ese coche y yo somos imposibles de separar.
—Bien —dijo Aurora—. Estoy ansiosa por volver a él. Como cuando me llevabas a la escuela.
—Sigues siendo la misma —rió él.
Tomó la maleta y salieron juntos.
Del otro lado del aeropuerto, un Aston Martin negro se detuvo frente a la entrada.
Angelo bajó, llevaba gafas oscuras, camiseta ajustada y una chaqueta ligera. Se veía relajado, pero por dentro estaba tenso, por alguna razón su corazón latía rápido.
Ocho años eran demasiado tiempo, demasiado tiempo sin verla.
Entró al aeropuerto y miró alrededor, había mucha gente con carteles, abrazos y reencuentros.
—Demonios… —murmuró observando como un chico sonreía a lo que parecía ser su novia—. Debí traer uno. ¿Cómo carajos la voy a reconocer? Han pasado ocho años… ¿y si no está igual? Claro que no, Angelo… todos cambian.
Por un momento a su mente volvió la imagen de aquella chiquilla que lo abrazaba como si fuera su oso de peluche y lo celaba hasta del aire.
Entonces vio algo.
Un hombre dejó su cartel apoyado en una silla mientras buscaba algo en su mochila y Angelo no lo pensó dos veces, caminó, tomó el cartel y siguió de largo como si fuera suyo.
—Gracias, amigo —susurró.
Sacó un bolígrafo del bolsillo y escribió rápido: AURORA.
Luego se colocó entre los demás y levantó el cartel, tratando de verse normal, aunque por dentro estaba hecho un nudo.
El Bentley de Oliver siguió avanzando por las calles de Londres, Aurora miraba por la ventana, los edificios, los puentes, el cielo gris y todo le traía recuerdos.
Sentía nostalgia… y también miedo.
Pero se recordó que tenía un plan.
Volver, divorciarse de Angelo y regresar con Angela.
Pensando en su hija, recordó que no quería que se fuera. Lloró, se enojó y suplicó. Pero Aurora la convenció, prometiéndole unas vacaciones al Gran Cañón.
No pensaba tardarse tanto en Londres, un mes, como máximo.
—Ella te ha extrañado mucho —dijo Oliver de pronto.
Aurora lo miró y no hizo falta preguntar.
—Yo también —dijo—. No ha sido… fácil.
—Lo sé. Y también sé que no volviste todos estos años por Angelo, ¿verdad?
El nombre la golpeó, haciéndola tensarse y que su estómago se contrajera.
—No… él no tiene nada que ver… yo…
—Mi niña —dijo Oliver con voz suave—. No tienes que mentir. No después de lo que pasó. Fuiste culpada por algo que no hiciste.
Aurora recordó el accidente, el ruido, el caos… y la voz de Jimena acusándola.
—Ya no importa —dijo, mirando al frente—. Ahora soy una mujer diferente. Y lo que haga Angelo y Jimena… no me importa.
Oliver la miró en silencio y percibió su dolor, pero no insistió. Finalmente el coche se detuvo y ante ellos se alzaba la gran mansión Russo.
Aurora tragó saliva, mientras abría la puerta, sabía que una vez que entrara a ese lugar iba a cambiarlo todo.
C113-LISTA PARA INTENTARLO.Tres días habían pasado desde la lectura del testamento, y la casa seguía siendo un campo minado de silencios. Aurora y Angelo vivían como extraños bajo el mismo techo: ella trabajando desde su cuarto con la puerta cerrada, él saliendo antes de que saliera el sol y regresando cuando la noche ya se había instalado. Se cruzaban en los pasillos como fantasmas educados, murmurando “buenos días” o “¿todo bien?” sin esperar respuesta real.Pero ese martes por la mañana, algo se rompió dentro de ella, o… tal vez se recompuso. Decidió cocinar. No cualquier cosa: haría un almuerzo de verdad. Risotto de hongos con un toque de trufa que sabía que a Angelo le volvía loco, ensalada fresca y pan casero que había empezado a amasar la noche anterior cuando no podía dormir. Puso música suave en la cocina y se movió con determinación, como si las manos ocupadas pudieran acallar el ruido en su cabeza. Mientras picaba cebolla y ajo, por un segundo, cerró los ojos y e
C112-¿POR QUÉ ODIAS TANTO A LOS RUSSO? Angelo pasó la noche en vela, dando vueltas en el sofá de su estudio. ¿Cómo decirle a Aurora que debían presentarse juntos a la lectura de un testamento? La mañana llegó demasiado rápido. Se duchó y se vistió con un traje gris oscuro. Cuando salió al pasillo, Aurora ya estaba en la cocina, preparando café. Llevaba un vestido negro sencillo y el cabello recogido. Incluso en su tristeza, le quitaba el aliento.—Buenos días —dijo, manteniendo su distancia. Aurora apenas lo miró. —Buenos días. —Tenemos que hablar. Ella dejó la taza sobre la encimera. —¿Sobre qué? —Anoche llamó Vittorio, quiere vernos a los dos hoy a las diez. Aurora frunció el ceño. —¿A los dos? ¿Por qué? —El testamento de la abuela. —¿Y por qué tengo que ir yo? —No me lo dijo. Solo que es importante que estemos ambos presentes. Aurora desvió la mirada hacia la ventana y el silencio se extendió entre ellos como un abismo. —No tienes que venir si no quie
C111-NO VOY A FINGIR QUE NO TE DESEO.Al llegar, la casa estaba en penumbras, solo una luz tenue se filtraba por debajo de la puerta del dormitorio de Aurora. Ella había insistido en que él durmiera en el dormitorio principal, no quería que Angela se diera cuenta de la tensión entre ellos. Sin embargo, Angela podría ser más perspicaz de lo que se creía y seguramente ya sabía que algo iba mal entre ellos.Angelo aflojó su corbata y se dirigió a su estudio. Necesitaba un trago. La presión en su pecho no cedía, y el whisky era un viejo amigo en noches como esta. Estaba sirviendo su segundo vaso cuando escuchó el agua de la ducha; se detuvo, con el vaso a medio camino de sus labios. Imaginó a Aurora bajo el agua, dejando que la calidez lavara las preocupaciones del día, y un deseo familiar se encendió en su interior, pero sacudió la cabeza y apuró el trago. No tenía derecho a pensar en ella así. No ahora.Salió del estudio y se dirigió al dormitorio. Necesitaba quitarse el traje, po
C110-CALLEJÓN SIN SALIDA. Angelo condujo a toda velocidad por la autopista, alejándose de Londres. El ex SEAL, Brock, iba en el asiento del copiloto revisando su arma con movimientos precisos.—Starwick queda a una hora. Es un pueblo pequeño, casi fantasma —comentó Brock sin levantar la vista—. La casa está aislada, perfecto para esconderse.Angelo apretó el volante, su mente trabajaba a mil por hora, conectando puntos. Marcos había sido el chofer de su abuela durante años y, por lo tanto, conocía secretos familiares que nadie más sabía y ahora, de repente, aparecía después de tanto tiempo.—¿Qué sabes de este tipo? —preguntó Brock. —Lo suficiente —respondió Angelo, cortante.El resto del viaje transcurrió en silencio. Cuando llegaron a Starwick, el sol comenzaba a ponerse, las calles estaban desiertas y las pocas casas parecían abandonadas. Siguieron por un camino de tierra hasta llegar a una pequeña construcción de ladrillo.—Espera aquí —ordenó Angelo al estacionar.Brock frunci
C109-PROMESA DE SEAL.Los días siguientes se convirtieron en una danza de ausencias. Angelo y Aurora comenzaron a vivir en coreografías evasivas, como dos fantasmas que compartían el mismo espacio sin tocarse. Él se levantaba antes del amanecer, cuando la oscuridad aún dominaba el apartamento. Preparaba café en silencio, dejando una taza lista para ella en la encimera, aún caliente cuando Aurora despertaba. Iba a la empresa y luego se encerraba en el estudio. Mientras tanto, Aurora deambulaba por el departamento como un espectro. Tocaba los objetos que él había tocado, pasaba los dedos por los libros que él leía, buscando alguna conexión con el hombre que ahora parecía un extraño. Una tarde, buscando una sudadera para el frío repentino, abrió el cajón de Angelo. El aroma a su colonia la golpeó con tal fuerza que tuvo que apoyarse en la cómoda para no caer. Y, como un reflejo condicionado, tomó una de sus camisas y enterró la nariz en ella, respirando hondo. Un sollozo se le es
C108-TE LO ADVIERTO.Angelo miró a Jimena como si acabara de entrar una serpiente en su oficina. Su rostro pasó de la sorpresa a la frialdad en segundos. —¿Qué haces aquí? —preguntó, cortante, cerrando de golpe la carpeta sobre su escritorio. Jimena fingió no notar su tono; se acercó con pasos medidos, con el rostro vuelto una perfecta máscara de preocupación. —Vine por unos documentos importantes para la reunión del lunes —explicó—. Vi tu auto en el estacionamiento y pensé que no deberías estar solo en un momento así. Angelo no respondió, sus ojos siguieron cada movimiento de Jimena mientras ella entraba y cerraba la puerta tras de sí. Ahora la conocía demasiado bien como para creer en sus buenas intenciones. —Adelina era una mujer extraordinaria —continuó Jimena, acercándose al escritorio—. Una verdadera matriarca, y sé cuánto la amabas, Angelo. Era como una madre para ti. Sus palabras sonaban ensayadas, pero sus ojos mostraban algo más profundo. Ella rodeó el escritorio







