Me traicionaste primero. Me fui, ¿y qué?

Me traicionaste primero. Me fui, ¿y qué?

By:  Linda MontoyaUpdated just now
Language: Spanish
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Siete años de amor… y Matías Salazar le pagó a Camila Miranda con frialdad, excusas y una “hermanita” adoptiva demasiado pegada a él. Camila aguantó, perdonó una y otra vez. Un día despertó enferma y sola: él volvió a correr a “cuidar” a su hermana, Daniela Lozano. Ahí Camila se hartó. Marcó a Samuel Velasco, aceptó el matrimonio arreglado y se fue sin mirar atrás, retomando su lugar como la heredera Miranda. Matías se burló, seguro de que ella regresaría… hasta que en una gala la vio brillar, tomada del brazo de Samuel, ya como su esposa. Y entonces sí: le cayó el veinte. Pero Samuel no pensaba soltarla… y si Matías se atrevía a tocarla otra vez, se lo iba a cobrar.

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Chapter 1

Capítulo 1

—Samuel, en quince días voy a regresar a Puerto Luminaria para casarme contigo.

En el balconcito del bar, Camila Miranda estaba acurrucada en un sofá oscuro. Habló con calma, directo al celular.

Del otro lado, una voz masculina fría y distante respondió:

—Si no me falla la memoria, Camila, hace dos meses cancelaste nuestro compromiso por ese novio tuyo.

Camila apretó los labios.

Hace dos meses, quería llevar a su novio de siete años, Matías Salazar, a conocer a sus papás.

Pero apenas dejó caer la noticia en casa, le soltaron otra: las familias Miranda y Velasco iban a unir fuerzas, y Samuel Velasco era su prometido… al menos en el papel.

Por Matías se peleó fuerte con su familia, al grado de mandar a su padre, Fernando Miranda, al hospital por el coraje. Incluso hizo una apuesta, jurando que con Matías iba a ser feliz toda la vida, para que su papá viera que su elección era la correcta.

Pero en solo dos meses, el amor que le tenía a Matías se fue consumiendo, una vez tras otra, cada vez que él se inclinaba por Daniela Lozano, su “hermanita” adoptiva.

Y hoy… peor.

Hoy era su aniversario. Y Matías la dejó plantada para irse al bar a coquetear con Daniela.

Camila apretó el celular con más fuerza. Su voz salió bajita, pero firme:

—Voy a terminar con él.

—¿Necesitas que te ayude? —preguntó Samuel, con ese tono helado y dominante que no dejaba espacio para discutir.

—No. —Camila habló suave—. Yo voy a dejar todo en orden con él. No quiero que te metas.

Hizo una pausa y agregó:

—Estos años también me dejé la piel en su empresa. Necesito tiempo para recuperar lo que me corresponde. Quiero que me esperes.

—Está bien. En quince días, nos vemos en el aeropuerto.

Samuel colgó.

Camila guardó el teléfono, se quedó mirando fijo a un punto por unos segundos y luego se levantó del sofá. Subió al segundo piso del bar y fue directo a uno de los salones privados.

Todavía no llegaba cuando ya se escuchaban gritos, porras y risas adentro.

Matías y Daniela estaban rodeados por todos, en medio del relajo.

Cuando Camila empujó la puerta, alcanzó a oír las bromas:

—¡Ya mordió, ya mordió! ¡Matías hasta sacó la lengua! ¡En esta ronda nadie le gana a Matías!

—¿Neta por un trago se va a clavar así?

—¿Qué vas a saber? El trago ni es lo importante. ¡Lo importante es nuestra señorita Daniela! Si Daniela pierde aquí, le toca bajar y bailar pegadita con alguien al azar… ¿tú crees que Matías va a dejar que se le pegue así a otro?

—Pero… ¿no que Matías tiene novia?

Hasta que Camila empujó la puerta por completo, los que estaban en el centro ni se dieron cuenta.

Más bien, los de la entrada se daban codazos entre ellos, nerviosos.

Camila se quedó ahí, con los brazos cruzados, viendo con frialdad cómo Matías tenía a Daniela apretada contra el pecho. Sus manos grandes se le iban directo a la cintura, apretándola con descaro, posesivo, como si no pudiera controlarse.

Si hubiera una cama cerca, seguro la llevaba ahí sin pensarlo.

—¿C-Camila? —alguien soltó el nombre como si hubiera visto un fantasma.

Matías abrió los ojos de golpe. Se topó con la mirada de Camila, esa media sonrisa que no llegaba a los ojos, y de inmediato se le borró la seguridad.

Soltó a Daniela, se abrió paso entre la gente y se plantó frente a Camila, con voz fría:

—¿Tú qué haces aquí?

Tan campante. Tan como si fuera lo más normal del mundo.

La burla le brilló en los ojos a Camila. Miró por encima del hombro de Matías y se encontró con la mirada retadora de Daniela. Se le curvó la boca.

—¿Ya se te olvidó qué día es hoy?

Hoy… era su aniversario.

Matías cayó en cuenta de inmediato por qué Camila estaba ahí. Se le marcó el fastidio en la frente y, sin pensarlo, intentó explicarse:

—Daniela hoy anda mal, por eso vine con los demás a acompañarla. Y lo de hace rato… nomás era un juego, ya sabes cómo se ponen…

—Lo sé. —Camila le contestó con una calma que daba miedo—. Es un juego. Ya no me importa.

A Matías se le atoraron las palabras. No podía tragárselas ni escupirlas.

Frunció el ceño, a punto de decirle que se fueran, cuando alguien habló antes que él:

—Camila, de verdad perdón… —Daniela se acercó con los ojos brillosos—. Hoy me cortaron y por eso lo jalé para que me acompañara. No lo vayas a culpar, fue mi culpa.

Traía una copa en la mano. Con una sonrisa dulce, se la ofreció.

—Ya que estás aquí, quédate con nosotros. Este trago me lo mandó preparar Matías, hasta contrató a un mixólogo. Pruébalo.

Camila bajó la mirada, sin prisa, y vio las marcas rojizas en el escote que Daniela traía a propósito, bien abierto.

Más arriba, el labial corrido.

Así, sin pena, provocándola frente a todo mundo.

¿De verdad Daniela pensaba que Camila era fácil de pisotear?

La sonrisa de Camila se ensanchó.

—¿Ah, sí?

Daniela abrió la boca para seguir, pero Camila soltó lo siguiente, tranquila:

—Entonces dime… ¿qué sabe mejor: ese trago o la saliva del novio de alguien más, hermanita?

Marcó “hermanita” con intención, como un cuchillito.

Y de golpe a todos se les vino a la cabeza lo obvio: Daniela y Matías eran “hermanos” adoptivos.

Aunque llevara ese “adoptivos”, Daniela era —en teoría— la hermana de Matías. Y aun así, hace rato se estaban besando frente a todos como si no hubiera mañana.

En un segundo, las miradas hacia Daniela cambiaron.

—¿Camila… qué estás diciendo? —A Daniela se le llenaron los ojos de lágrimas, la voz le tembló—. Matías solo me estaba sacando del apuro. Y yo sé cuál es mi lugar, yo jamás podría con él…

Volteó a ver a Matías, como si le hubieran hecho una injusticia enorme, y se le quebró la voz.

—Ya… ya , equis. —pasaron un par de segundos y siguió, como tragándose todo—. Si mi papá no se hubiera muerto por salvar a Matías, yo ni siquiera habría entrado a la familia Salazar. Y él no habría tenido que cuidarme todos estos años.

—Al final… todo es porque yo no sé medir. Porque yo tengo mala suerte.

Camila, no te preocupes. De ahora en adelante me voy a mantener bien lejos de Matías. Pase lo que pase, no lo voy a volver a molestar para que me acompañe.

Al final ya le temblaba hasta la última palabra.

Y los del salón también recordaron por qué Daniela había terminado siendo “hermana” de Matías: su papá, Ramiro Lozano, murió asesinado por los secuestradores cuando intentó salvar a Matías.

Como hija de quien le salvó la vida, que Matías la cuidara “de más” parecía lógico.

Además, según ellos, solo era un juego.

Camila, en cambio, estaba quedando como la intensa.

Camila lo vio todo: las caras, los gestos, cómo se acomodaban mentalmente para justificarlo. Sus ojos se le enfriaron más. Soltó una risa bajita, cargada de desprecio.

—Tu suerte sí que…

—¡Ya basta! —Matías le agarró la muñeca con fuerza, apretándole como una pinza. La miró con dureza—. Nomás vine a jugar un rato con Daniela, ¿de verdad te vas a poner así? Además, es nuestro aniversario, ¿a poco no he celebrado contigo suficientes veces?

—Camila, ¿cuándo te volviste tan dramática?

Los dedos de Camila, a un lado del cuerpo, se cerraron con fuerza.

¿Dramática ella?

Su novio estaba a nada de armarle un numerito bien caliente a su hermanita adoptiva frente a todos… y ella ni siquiera podía preguntar.

Sintió que le apretaban el corazón con las dos manos. Le costó respirar. Y cuando miró a Matías, ya no había reclamo: había decepción.

Ya. ¿Qué estaba esperando, en serio?

Camila se obligó a calmarse. Bajo la mirada furiosa de Matías, se dibujó una sonrisa correcta, fría, como de trámite.

—Tienes razón.

Su voz fue suave.

—No los molesto. Sigan.

Y sin decir más, Camila se dio la vuelta y se fue.
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