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Capítulo 3

Autor: Vale Ríos
Natalia palideció al instante.

Al salir de la habitación, vio a la empleada que la había engañado para que se pusiera ese vestido, riéndose mientras se cubría la boca con la mano.

Natalia no dijo una palabra. Alzó la mano y le asestó una bofetada.

El golpe resonó con claridad.

—¡¿Qué haces?!

Natalia miró con frialdad a la empleada, que la miraba con incredulidad. Sabía que esa mujer era una de las informantes de Elena Mendoza, la madre de Hugo, y no perdía oportunidad de hablar mal de ella.

Pero ahora, a Natalia ya no le importaba nada.

—Anda, ve a contarle todo.

Dicho esto, se dio la vuelta y se fue, sin hacer caso de los insultos que la empleada le gritaba por detrás, mientras amenazaba con ir a contárselo a Hugo.

A la mañana siguiente, Hugo no había vuelto a casa. Natalia ya estaba acostumbrada y ni siquiera le prestó atención. Se levantó y fue a la oficina.

Imprimió su carta de renuncia y se la entregó a Isabel Fernández, asistente de Hugo y también su hermana menor, la encargada de supervisar a todo el equipo de secretarias, incluida Natalia.

—¿Vas a renunciar? —Isabel echó un vistazo por encima, con una sonrisa burlona.

Todos los empleados veteranos de la empresa sabían que, Natalia se había acostado con Hugo y, tras quedar embarazada, se había convertido en su esposa. Ahora, aprovechando el embarazo, ¿quería quedarse en casa a vivir como una rica señora?

Con su aspecto vulgar y su falta de vergüenza, no era de extrañar que todo el mundo la despreciara.

—El proceso de renuncia y la entrega de funciones duran una semana. Puedes irte cuando termines.

Una semana era demasiado tiempo.

Pero el Grupo Fernández no era como otras empresas. Cuando Hugo asumió el control, habían dejado la compañía hecha un desastre.

Él regresó del ejército y la reestructuró por completo. En solo seis meses no solo estabilizó la situación, sino que duplicó los activos y absorbió varias grandes empresas que cotizaban en bolsa.

En apenas un año, el grupo había expandido sus operaciones al extranjero.

Cuando Natalia supo todo esto, sintió una admiración aún mayor por él.

Pero nunca imaginó que detrás de aquel éxito estaba la mano de hierro de un hombre despiadado que solo buscaba su propio beneficio.

Ahora, para renunciar, no bastaba con presentar la carta un día e irse al siguiente.

El buen sueldo y las excelentes prestaciones tenían su precio: entrar era difícil, y salir también.

Natalia lo sabía. Pero solo era una de las muchas asistentes de Hugo y, debido a aquella noche inesperada, había quedado relegada a un segundo plano dentro del equipo.

Su presencia o ausencia no importaba; otras secretarias podían hacerse cargo de sus tareas.

Por eso dijo:

—Entonces quiero pedir una semana de vacaciones.

Isabel levantó la vista y examinó a Natalia con desdén. Alzó ligeramente las cejas y asintió:

—Está bien. Vuelve a tu puesto y espera. Te aviso.

En la oficina del presidente, cualquier permiso de más de medio día debía notificarse a la presidencia y ser aprobado personalmente por Hugo.

Esa era una norma que él había impuesto el día anterior, precisamente por la ausencia injustificada de Natalia.

Isabel no le dijo nada a Natalia, y los demás tampoco.

Natalia se sentó y empezó a recoger sus cosas, esperando el momento de ir a ver a Alejandro.

Tenía que ultimar los detalles de su incorporación a la empresa de él y firmar el contrato de confidencialidad del proyecto de investigación del gobierno.

Pero entonces, el teléfono de Isabel sonó:

—Hugo quiere que vengas.

A Natalia le pareció extraño. Desde aquella noche, Hugo nunca la había buscado por iniciativa propia.

Apenas entró en el despacho del presidente, vio que Hugo sostenía su carta de renuncia y su solicitud de vacaciones en la mano. La miró con una expresión impasible.

—Señor Fernández, me llamó... ¿qué necesitaba...?

Antes de que pudiera terminar la frase, Hugo le arrojó la carta y la solicitud.

—No apruebo nada.

La voz del hombre, fría y sin emoción, cayó como un veredicto.

El rostro de Natalia palideció por completo.

Ya había arreglado todo con Alejandro.

Pero si Hugo no le permitía renunciar, ¿cómo iba a participar en el proyecto de investigación confidencial a nivel nacional?

¿Y cómo iba a trabajar en la empresa de Alejandro?

Una persona no podía firmar dos contratos.

Natalia se mordió el labio y, temblando, soportó el dolor que aún le provocaba el legrado mientras se agachaba para recoger la carta y la solicitud del suelo.

—Señor Fernández, quiero renunciar. Por favor, apruebe mi solicitud.

Con la mirada baja, volvió a poner la carta delante de Hugo.

Hoy, tenía que renunciar. Tenía que irse.

El hombre alzó la vista y la examinó en silencio. Tras un momento, desvió la mirada:

—Ya te dije que esos trucos para llamar mi atención solo te hacen quedar en ridículo, ¿verdad?

Natalia lo miró con incredulidad.

Todo su esfuerzo, durante tanto tiempo, era interpretado por él como una artimaña para llamar su atención.

Sintió una profunda pena por sí misma.

—Yo...

—El Grupo Fernández no depende de ti. No eres insustituible. Si vuelve a ocurrir, recoge tus cosas y lárgate sola. Fuera.

No tuvo ni la menor consideración con ella.

El corazón de Natalia dio un vuelco. Algo estaba a punto de desbordarse de sus ojos cuando el teléfono fijo del escritorio sonó.

La llamada fue atendida de inmediato.

—Cariño, anoche dejaste tu cinturón en mi casa. Te lo traigo ahora.

La palabra “cariño” dejó a Natalia paralizada.

Era la voz de Valentina.

¿Valentina lo llamaba “cariño”?

Natalia solo se había atrevido a usar ese apelativo tan íntimo en sus pensamientos.

Levantó la vista. Hugo estaba de espaldas a ella.

Pero alcanzó a ver que el hombre parecía esbozar una sonrisa. No le disgustaba ese trato. Incluso parecía consentirlo.

La llamada terminó. Hugo se giró y sus miradas se cruzaron. Su expresión se endureció, y en sus ojos solo había desprecio.

Natalia apretó la carta de renuncia. Al darse la vuelta, las lágrimas ya no pudieron contenerse.

—¿Llegué en mal momento?

Una voz sonó desde la puerta.

Natalia intentó mirar, pero sus ojos estaban nublados por el llanto.

Solo alcanzó a distinguir a una mujer que entraba:

—Vamos, Hugo, ¿para qué enfadarte tanto? No te vayas a hacer daño.

Natalia apretó la carta de renuncia y finalmente pudo ver con claridad.

Era la chica que había visto en el hospital. Era Valentina.

En la mano, llevaba el cinturón que Hugo había dejado en su casa.

El cinturón de un hombre en casa de otra mujer. Natalia no era tonta. Sabía lo que significaba.

Seguramente ya habían estado juntos.

Tal vez, más de una vez.

Apretó la carta con fuerza. Isabel entró y la sacó de la oficina.

Detrás de ella, aún se oía la voz dulce de la mujer calmándolo:

—No te enfades. Se la ve muy apenada. Seguro que no lo hizo a propósito, solo que no está en su mejor momento. Ahora cuesta encontrar trabajo, dale otra oportunidad...

No volvió a oír la voz del hombre.

No sabía cómo lo estaba consolando Valentina.

Frente a su escritorio, Natalia miraba la carta de renuncia y la solicitud de vacaciones.

Isabel se acercó con una taza de café y soltó una risa fría:

—Cuando una mujer se embaraza, su cuerpo se deforma y se vuelve horrible. Hugo, por supuesto, no quiere que Valentina termine como tú, por eso te deja dar a luz a ese hijo. ¿Y tú crees que eres realmente señora Fernández? ¿Que vas a renunciar para irte a la Quinta Las Nubes a vivir como una reina? ¿O esperas que Hugo se apiade de ti solo porque estás embarazada?

Natalia, con la carta y la solicitud aún en la mano, le asestó a Isabel una bofetada en pleno rostro.

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