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Capítulo 2

Autor: Vale Ríos
El rostro de Natalia estaba pálido como un papel.

Desde que quedó embarazada, la llevaban al hospital del Grupo Fernández para los controles prenatales.

Pero justo ese día, cuando iba a hacerse el control, sufrió el accidente. Sus bebés murieron en su vientre porque él no le contestó el teléfono y ella tuvo que esperar a que la rescataran.

Aun llevando en su vientre a sus hijos muertos, fue testigo de cómo él, en el hospital, protegía a la responsable del accidente. ¿Y él creía que ella lo estaba siguiendo?

Natalia sintió una amargura inmensa en el pecho y habló con la voz temblorosa:

—No te estaba siguiendo. Fui allí porque...

—Guárdate tus trucos. Cuando nazca el niño, este matrimonio se acaba.

Antes de que pudiera terminar la frase, la voz fría y distante del hombre resonó con lentitud.

Natalia se quedó paralizada.

Sabía que el divorcio era inevitable, pero oírlo salir de sus labios con tanta frialdad le provocó un dolor punzante en el pecho que no pudo contener.

Había amado a ese hombre durante tanto tiempo, lo había perseguido durante años... Era imposible no sentir nada.

Aun así, Natalia abrió la boca para contarle lo de los bebés:

—No hace falta esperar hasta entonces. Podemos divorciarnos ahora mismo, porque...

Los bebés habían muerto.

Cuatro palabras nada más.

Pero fue interrumpida por una llamada telefónica.

Natalia reconoció la voz: era Joaquín, exigiéndole que regresara a la residencia familiar. Seguro que quería que fuera a servirles como siempre.

Efectivamente, Hugo colgó el teléfono y se levantó, haciendo un gesto para que lo siguiera.

Natalia no quería ir, pero había cosas que debía decir en persona.

¡No volvería a la residencia familiar a hacer de empleada!

Lo siguió hasta el coche. Cuando él se puso al volante, ella instintivamente abrió la puerta del copiloto.

Pero apenas abrió la puerta, escuchó la voz fría de él:

—Ve atrás.

Natalia se detuvo un instante. Había oído que el asiento del copiloto era para la mujer que él amaba.

Ella también había soñado alguna vez con recibir ese trato.

Pero pensó que alguien tan poderoso como Hugo no se rebajaría a esas tonterías.

Al final, solo había sido ella quien se lo había imaginado.

Cuando un hombre amaba de verdad a una mujer, ¿qué no era capaz de hacer por ella?

Natalia no dijo nada. Solo se le enrojecieron los ojos y se subió al asiento trasero.

Desde el espejo retrovisor observó el rostro frío de Hugo, y recordó cómo protegía a la otra mujer en el hospital.

Y desde que había llegado, ni una sola vez le había preguntado para qué fue al hospital.

La ignoraba hasta ese extremo...

¿Qué esperaba todavía?

—El abuelo es muy exigente con la comida. La abuela está de peregrinación y se enfermó en el camino, así que no podrá volver por ahora. Cuando llegues a la casa de los abuelos, si preguntan por el embarazo, dices que todo va bien. Que hoy te hiciste el control en otro sitio. Mandaré a que te den un informe de la ecografía para que se lo enseñes.

Habló sin volverse, sin dedicarle una sola palabra de preocupación.

De toda la familia Fernández, solo contaba con Teresa.

Y precisamente ella, al saber del embarazo, había hecho una peregrinación para rezar por ella y por los bebés.

Incluso cuando la empresa de los Chávez estuvo en crisis, su padre enfermó y su hermano fue a prisión, fue Teresa quien obligó a Hugo a resolverlo con dinero.

Natalia le debía un gran favor.

Al oír que Teresa estaba enferma, sintió un vuelco en el corazón.

Entonces, no podía hacer público lo de la pérdida de los bebés.

Apenas llegó a la residencia de los abuelos de Hugo, la llevaron al piso superior.

Joaquín esperaba con ilusión su llegada.

Natalia sacó el informe de ecografía que había preparado y se lo entregó.

Él, aunque habitualmente severo, esbozó una sonrisa al ver la pequeña figura del bebé en la imagen:

—Natalia, cuando nazca este niño, serás la que más ha hecho por esta familia.

Dicho esto, hizo un gesto a un empleado, que le entregó un documento de acciones:

—Esto te lo manda Teresa. Dice que es un regalo para el bebé que aún no ha nacido.

El cinco por ciento de las acciones del Grupo Fernández.

El mayor accionista no tenía ni el dos por ciento.

Pero ahora el bebé ya no estaba. Eran gemelos, pero ya no estaban.

Natalia, con los ojos enrojecidos, negó con la cabeza.

Hugo la miró de reojo y dijo con indiferencia:

—Cuando los mayores te dan algo, no se rechaza. Tómalo. Además, es para el niño.

Natalia entendió: él le recordaba que no tenía derecho a rechazar nada en nombre de su hijo.

Ella solo era una gestante, un instrumento para parir.

Guardó silencio un momento y finalmente aceptó.

Más adelante, cuando Teresa volviera y estuviera mejor, les contaría la verdad a los dos y devolvería las acciones.

Joaquín asintió satisfecho y la examinó:

—Hace un rato me llamó Teresa y me hizo pensar. Mejor ya no vengas aquí a hacer esas tareas. Primero da a luz al niño.

¿Dar a luz al niño y luego volver a hacer de sirvienta?

Natalia no respondió.

Se tocó la cara. Había engordado mucho por el embarazo. Tanto que nadie notó que, con apenas cuatro meses de embarazo, llevaba dos bebés en el vientre.

Pero ya no estaban.

Natalia escuchó unas palabras más de Joaquín, pero sintió molestias en el bajo vientre y quiso irse.

Al levantarse, oyó que Hugo preguntaba:

—¿Qué pasó?

Natalia se sobresaltó. Pensó que Hugo había notado su incomodidad y, por primera vez, se interesaba por ella.

Pero al girarse, vio que estaba hablando por teléfono delante de Joaquín.

Su tono cálido era algo que ella nunca había escuchado.

—Las secuelas de un accidente no deben tomarse a la ligera. Ya envié a Patricio, que es médico del Grupo Fernández. Llegaré más tarde. No tengas miedo.

Natalia comprendió: estaba llamando a Valentina, sin importarle ocultarlo frente a los mayores.

Al colgar, Hugo levantó la vista y se encontró con la mirada de Natalia, que no había dejado de observarlo.

Vio cómo su expresión, aún amable, se volvía fría como el hielo. A ella se le humedecieron los ojos sin querer.

Respiró hondo y dijo:

—Quiero hablarte de lo de nuestros bebés.

Su mirada fría la examinó como si ya lo esperara, y frente a Joaquín dijo sin emoción:

—Si insistes en armar escándalo, piensa en tu hermano, que está en la cárcel, y en tu padre. No hagas que las cosas se pongan feas.

Dicho esto, Hugo hizo una seña a los empleados.

Uno de ellos se acercó a Natalia e hizo un gesto para que saliera. Joaquín no la detuvo.

Ella apretó los labios y se levantó. Al llegar a la puerta, lo escuchó suspirar:

—Te entiendo. Valentina es realmente hermosa. Dicen que tiene veintiséis años y ya obtuvo el grado académico más alto de la Universidad HF. Y no solo eso, va a participar en un proyecto de investigación nacional. Es tan brillante y tan guapa... no es de extrañar que te guste.

Hugo, impasible, no dijo nada.

Pero Joaquín, que también era hombre, lo entendía perfectamente.

La verdad era que Natalia no estaba a la altura.

No era tan hermosa como Valentina. En cuanto a familia, educación y capacidad, tampoco podía competir con ella.

Él no iba a ser tan ciego como Teresa.

Meditó un momento y añadió:

—Cuando tenga al niño, dale una buena suma y deja que se vaya. Justamente, Valentina es tan talentosa y cuida tanto su imagen... si se embaraza y tiene un hijo, arruinaría su carrera y su figura. Además, ella trabaja para proyectos nacionales. Cuando el bebé de Natalia nazca, que Valentina sea reconocida como la madre del niño. Así el niño no tendrá que avergonzarse de tener una madre tan común. Aunque a Teresa le guste Natalia, para entonces ya podremos darle una explicación.

Hugo, con la mirada baja, mantenía una expresión inescrutable. No respondió. Como si el asunto no tuviera nada que ver con él.

Pero Natalia, desde fuera de la puerta, lo había oído todo con claridad.

Sabía que todos en la familia Fernández, excepto Teresa, no la querían de verdad.

También sabía que el matrimonio no duraría.

Pero nunca imaginó que, antes de que el niño naciera, ya planeaban que otra mujer lo criara.

El cuerpo y la carrera de Valentina eran importantes. ¿Y los de Natalia no?

Y Hugo...

Por eso insistía en que tuviera al bebé antes del divorcio.

Todo era para allanar el camino de Valentina.

Natalia sintió un nudo en la garganta. Dejó el tazón de sopa nutritiva que un empleado le había dado en el suelo y se dio la vuelta para irse.

Cuando Hugo salió y vio la sopa en el suelo, guardó silencio un momento, apartó la mirada y no preguntó nada.

Ya oscurecía. Ese día había sufrido un accidente de tráfico, un legrado, y además tuvo que mantener las apariencias en la residencia. Natalia estaba agotada.

Pensó que por la noche podría volver con Hugo a casa y contarle lo del aborto. Al día siguiente irían a tramitar el divorcio y luego ella renunciaría.

Pero cuando llegó la hora de irse, no encontró a Hugo en ninguna parte.

El chófer la llevó de vuelta. Entonces recordó que él había recibido la llamada de Valentina.

Seguro que estaba con ella, ¿verdad?

Claro, su amada había sufrido un accidente, era natural que la consolara.

Entonces, lo del aborto y el divorcio se lo diría al día siguiente, cuando fuera a renunciar.

Natalia estaba tan cansada que apenas tocó la almohada y se durmió profundamente.

En medio de la noche, la empleada abrió la puerta sin llamar, se acercó a su cama y la despertó sacudiéndola. Le tendió una prenda:

—El señor ha vuelto. Quiere que te pongas esto y vayas a verlo. Tiene algo que decirte.

Natalia despertó poco a poco.

Se sorprendió. Hugo había vuelto, y además quería que se vistiera para ir a verlo.

No entendía qué pretendía, pero se levantó y se puso la ropa: un vestido negro de corte clásico y elegante.

Aprovecharía para contarle lo del aborto.

Así, a primera hora del día siguiente podrían ir a solicitar el divorcio, y tras el proceso legal, todo habría terminado.

Llamó a la puerta.

Al entrar, vio a Hugo frente al escritorio, con sus rasgos severos iluminados por la luz azulada de la pantalla del ordenador. La miraba con indiferencia.

Se acercó, dudando si interrumpirlo.

Ya había llegado hasta ahí. No había nada que temer.

—Yo...

—Fuera.

La voz fría de él sonó sin que siquiera levantara la cabeza para mirarla.

Natalia apretó los dedos y decidió soltarlo todo de una vez.

Pero al abrir la boca, la pantalla del teléfono de él se iluminó.

Vio con claridad el nombre que aparecía: “Baby”.

Él llamaba cariñosamente “baby” a Valentina. A ella, ni siquiera un nombre: solo una serie de números.

Vio cómo su esposo, delante de ella, atendía sin ningún reparo la llamada de su novia.

No supo qué pasó al otro lado. Solo oyó que él decía:

—No tengas miedo. Voy para allá.

Y sin mirarla siquiera una vez, salió.

Al llegar a la puerta, Natalia lo vio volverse.

Pensó que iba a decirle algo.

Pero su mirada cayó sobre ella, sobre el vestido que llevaba puesto, y su expresión se fue ensombreciendo.

—Hacer estas tonterías solo te hace quedar en ridículo.

Fue entonces cuando Natalia vio la foto sobre su escritorio. La mujer en la imagen llevaba el mismo vestido que ella.

Hugo creía que estaba imitando a Valentina para ganarse su favor...

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