FAZER LOGINLa fiesta había sido un éxito rotundo. Las risas infantiles aún resonaban en el aire como campanitas felices. Cada niño se marchó con un regalo único y especial, pero el mayor premio fue para Asher: recargado, renovado, invadido por la energía pura de cada abrazo sincero.
—Como siempre, los niños son los verdaderos ganadores —dijo Janet, con una sonrisa satisfecha.
—Y no son los únicos. Yo también gané algo esta vez —respondió Asher, mirándola con honestidad—. Le prometo que no volveré a dejar, que el trabajo me absorba por completo.
—Eso espero —asintió Janet, sin quitarle la mirada.
—Cumpliré esa promesa, se lo aseguro.
Después de despedirse de los niños, ambos subieron al auto. Para Asher, ese instante de intimidad fue la oportunidad perfecta.
—Toma, es para tu pequeña —dijo, extendiéndole una bolsa con papel rosa—. No sé cuántos años tiene, pero la chica de la tienda juró que ninguna niña se resiste a un oso de peluche.
—No hacía falta —replicó Becca con tono cortante—. Mi hija no necesita caridad.
—¿Por qué ese orgullo constante? Es solo un detalle, no un favor. Lo hice porque quise, porque…
Asher no terminó la frase. Como un río desbordado tras una tormenta, se dejó arrastrar por el impulso y la besó. Feroz, con hambre contenida. Poco le importaba haberla conocido apenas hacía una semana; lo único que deseaba era sentir sus labios, tenerla cerca, poseerla por completo.
Becca intentó apartarse, pero su cuerpo la traicionó. Su resistencia se quebró cuando él descendió por su cuello, desabrochó los primeros botones de su blusa y acarició suavemente sus senos. Pero justo cuando su mano se deslizó hacia su entrepierna, un golpe de realidad lo paralizó.
¿Culpa, asco?
Asher se alejó de golpe, jadeando.
—¡Dios! ¿Está bien? —le preguntó, nervioso, mientras abrochaba su blusa con manos temblorosas—. Será mejor que regrese a casa. Le pediré un taxi, me quedaré hasta que llegue. Por favor… salga.
Becca descendió del auto aturdida. Se sentía sucia. Humillada. Engañada por sí misma.
«¡Idiota! ¿Cómo permitiste que volviera a tocarte?». Se recriminó.
El taxi llegó rápido. Subió sin pensarlo. Pero cuando el conductor preguntó a dónde ir, dudó. Y fue directo a la empresa, subió hasta la oficina de Asher y ahí lo esperó pacientemente.
Cuando Asher la vio, su cuerpo se tensó de inmediato.
—¿Qué hace aquí? —preguntó con voz dura—. Le di una orden. ¿Por qué me desobedeció?
Becca lo miró con los ojos encendidos, y sin decir una palabra, lo abofeteó con fuerza.
—¡¿Quién se cree que es?! —espetó, temblando de rabia—. ¡Esto es para que aprenda a respetarme! No quiero que me vuelva a tocar. ¡Nunca más!
Asher no se defendió. Ni se apartó. Solo bajó la mirada.
—Vamos… continué. Vuélvame a pegar —susurró—. Si eso borra su enojo, si eso le da paz… puede golpearme cuantas veces quiera.
Ella empezó a golpearlo en el pecho, con puños temblorosos, ahogada entre lágrimas y gritos.
—¡Te odio! ¡¿Por qué lo hiciste?! ¿Por qué, maldita sea? No tienes derecho a trastornarme de esta forma. En el orfanato todos te ven como un ángel, ¡pero eres un maldito demonio!
—Tienes razón —admitió Asher, con la voz quebrada y los ojos clavados en el suelo—. Soy una basura. Y si no me detengo, voy a terminar como hace ocho años. Lo mejor será que dejes de ser mi asistente. Te pagaré conforme a la ley… incluso te recomendaré con mis contactos.
—¡No! —gritó Becca, con desesperación en la mirada—. No puedes hacerme esto. Necesito este trabajo. Si quiere que sea su amante, su juguete… lo que sea, lo aceptaré. Pero no me eche.
—Jamás haría algo así contigo —murmuró Asher, tomándola por la cintura con suavidad. La acercó a su cuerpo como si temiera que se desvaneciera, y le acarició el rostro—. No podría usarte así… porque lo que quiero es…
La puerta se abrió de golpe.
—¡¿Qué demonios está pasando aquí?! —bramó Camelia, entrando como un huracán. Sus ojos se clavaron en Becca con veneno. Sin previo aviso, alzó la mano y la abofeteó—. ¿Quién te crees que eres, maldita?
—¡No vuelvas a tocarla! —rugió Asher, atrapando la muñeca de su madre con fuerza contenida—. Te juro que, si lo haces de nuevo, me olvidaré de que eres mi madre.
—¡¿Qué estás diciendo?! ¡Soy tu madre!
—Y eso no te da derecho a humillar a nadie, mucho menos a mis empleados.
Camelia soltó una risa amarga.
—Ah, claro. Así que esta mosquita muerta es tu asistente. ¿Por esta mujer te atreves a despreciar a Aurora?
Becca temblaba, no por el golpe, sino por la humillación. Se obligó a mantenerse de pie, aunque todo en su interior le suplicaba que corriera.
—Yo no le pedí nada a su hijo —dijo con la voz tensa, pero firme—. Solo quiero trabajar y ganarme el pan sin ser pisoteada.
Camelia se giró hacia Asher, furiosa.
—No voy a permitir que esta cualquiera destruya todo por lo que hemos trabajado. ¡Aurora es perfecta para ti!
—Aurora es una farsa —espetó él, sin dudar—. Tú la moldeaste a tu imagen, pero yo no necesito una marioneta.
—Vaya, mira cómo la defiendes. Solo te advierto una cosa, niña —dijo señalando a Becca con desprecio—. Recuerda tu lugar, no te atrevas a poner los ojos donde no te corresponden. Hay posiciones que no te pertenecen.
Becca mantuvo la calma, pero sus palabras salieron firmes.
—Descuide. Sé perfectamente quién soy y hacia dónde voy. Y créame, su hijo no es mi tipo. Pero si algún día lo fuera, quién decidiría si valgo la pena… sería él. Hay muchas mujeres que presumen de grandeza, pero por dentro están vacías.
—¡Impertinente! —exclamó Camelia, levantando su mano con la intención de abofetearla por segunda vez
—¡Te lo dije, no te lo volveré a permitir! —la voz de Asher tronó como un rayo—. Si solo has venido a escupir veneno, será mejor que te vayas.
Camelia se quedó paralizada por un instante
—¡Asher! ¡Respétame! ¡No olvides que todo lo que tienes es gracias a mí!
—No lo olvido. Créeme, tengo muy presente que todos mis malditos demonios vienen de ti.
Un silencio pesado cayó sobre la sala.
—¡Basta! No vamos a discutir esto frente a una extraña —espetó Camelia, tomando aire con dramatismo—. Estoy aquí, porque organice una cena.
—Está bien —Asher respondió, resignado—. Señorita Guzmán, gracias por acompañarme hoy. Puede retirarse.
—Como usted diga. Que disfruten su cena —dijo Becca, pero sus ojos se clavaron por un segundo en los de él.
Mientras ordenaba su escritorio, algo le oprimía el pecho.
Ese Asher… el que se quedaba callado frente a su madre, el que seguía sus órdenes sin cuestionar… no era el hombre que había visto sonreír junto a los niños.
***
Horas después, estando en el restaurante, Asher no podía disimular su inconformidad.
—Por el amor de Dios, pon otra cara, esto no es funeral, estamos aquí, para compartir —comentó Camelia mientras sostenía su copa de vino.
—No estoy seguro de que a esto se le llame “compartir”. Más bien, suena a vigilancia —respondió Asher.
Aurora se sentó frente a él.
—No seas tan duro, cariño. Tu madre y yo solo queremos lo mejor para ti.
—¿Y lo mejor es elegir por mí?
—A veces es necesario —intervino Camelia—. No todos saben lo que les conviene. Tú, por ejemplo, te rodeas de personas… equivocadas.
—¿Te refieres a Liliana?
—No tengo que decir nombres. Esa chica… tiene algo, y no es precisamente talento —escupió la última palabra como si le quemara la lengua.
Asher dejó la copa en la mesa con un golpe seco.
—Tiene más carácter y dignidad que la mitad de los que están aquí.
Camelia entrecerró los ojos. Aurora, en cambio, simplemente sonrió con malicia.
—¿Te está gustando? —dijo sin rodeos—. Porque si es así, estamos perdiendo el tiempo aquí.
—No es asunto tuyo —replicó Asher con frialdad.
—Lo es —susurró Camelia—. Porque tú no eres libre, Asher. No lo olvides.
Asher ya estaba cansado, así que optó por callar. Después de todo, su madre tenía razón; los lobos que devoraban su mente, no desaparecerían tan fácilmente.
Un año después.El sol se filtraba a través de los vitrales de la iglesia, bañando el interior con un mosaico de colores que danzaban sobre las paredes adornadas con guirnaldas de flores blancas y doradas. Los bancos, cubiertos con telas de lino y cintas de satén, estaban repletos de rostros sonrientes que susurraban con emoción contenida. El aire olía a jazmín y cera de las velas que titilaban en candelabros antiguos, dispuestos con elegancia a lo largo del pasillo central.Becca avanzaba con paso sereno, del brazo de su madre, cuya mano temblaba ligeramente de orgullo y emoción. El vestido de Becca, una cascada de encaje suave que rozaba el suelo, brillaba con cada rayo de luz que lo tocaba. Su rostro, enmarcado por un velo delicado, reflejaba una mezcla de calma y felicidad pura. Su madre, vestida con un traje azul pálido, no podía evitar que las lágrimas asomaran a sus ojos mientras apretaba suavemente el brazo de su hija, como si quisiera guardar ese momento para siempre.Detrás d
A la mañana siguiente, el país entero despertó con un escándalo que sacudió a los medios.“Camelia Bailey, acusada de haber comprado un bebé para hacerlo pasar como su nieta”El titular ocupaba las primeras planas. Los noticieros repetían en bucle las grabaciones filtradas, los documentos falsificados y hasta fragmentos de llamadas que Graciela había entregado. La noticia corrió como pólvora. Nadie podía creer que la mujer que por años se había mostrado como un ícono de elegancia y poder hubiera caído tan bajo.En su escondite, Camelia observaba la pantalla del televisor con el rostro descompuesto. Sus manos apretaban el control remoto hasta casi partirlo.—¡Maldito seas, hijo! —rugió, lanzando el aparato contra la pared—. Bien dicen, que cría cuervos y te sacaran los ojos.Su rostro estaba en todas partes: fotos en galas, entrevistas antiguas, hasta imágenes entrando y saliendo de hospitales. Ya no había forma de ocultarse. El apellido Bailey estaba bajo fuego, y todos los reflectores
El dedo de Camelia temblaba, presionando apenas el metal frío del gatillo. Su respiración era entrecortada, rota por sollozos que no lograban salir del todo. Por un instante, pareció decidida… pero la fuerza se le escapó como arena entre los dedos.El arma cayó al suelo con un estruendo metálico que resonó en el pasillo. Ella se llevó las manos al rostro, hundiendo las uñas en su piel como si quisiera arrancarse el dolor de raíz.—¿Por qué no puedo? —murmuró con la voz quebrada—. ¿Por qué ya no puedo hacer nada contigo?Asher no respondió. Ni una palabra, ni un gesto. Solo la miraba con esa frialdad que la desarmaba más que cualquier golpe.Camelia entendió. En ese silencio se sellaba su derrota. Ya no tenía poder, ni sobre él, ni sobre su vida.Enderezó la espalda con torpeza, recogiendo lo poco que quedaba de su orgullo, y lo miró una última vez. Su rostro estaba devastado, sus ojos hinchados y rojos, pero aun así trató de fingir entereza.—Me odiarás siempre… y esa será mi condena
Al llegar al hospital Asher no soltó a Becca ni un segundo, ni siquiera cuando los médicos lo rodearon para arrebatársela con suavidad. La vio desaparecer tras las puertas corredizas, mientras su pecho se apretaba.Horas después, sentado en el pasillo, con los nudillos manchados de sangre seca, escuchó al fin la voz de una enfermera:—Ya puede verla.Asher entró con pasos lentos. Becca yacía en la cama, el rostro pálido, conectada a una vía de suero. Sus pestañas temblaron y, de pronto, abrió los ojos.Al principio, la confusión nubló su mirada. Luego, el pánico se apoderó de ella. Su respiración se volvió errática, los monitores comenzaron a pitar.—¡No, no! ¡No me lleven de nuevo! ¡Suéltenme, por favor! —gritó, forcejeando con las sábanas, como si aún estuviera atada en aquella silla.—¡Becca! —Asher se abalanzó sobre ella, sujetando sus manos con firmeza, pero sin hacerle daño—. Amor, mírame… ¡mírame!Sus ojos la buscaban desesperados. Ella, llorando, lo enfocó por fin.—¿Asher? —s
La cabaña estaba envuelta en una penumbra cruel. El olor a sangre y humedad impregnaba el aire.Becca estaba atada a una silla, sus muñecas ya laceradas por las cuerdas. La piel de su rostro mostraba moretones recientes y un hilo de sangre se deslizaba por la comisura de sus labios. Aldo la observaba con deleite, como un verdugo que goza de cada segundo antes del golpe final.—Mírate… —susurró él, inclinándose hasta rozar su oído con sus palabras venenosas—. Tan frágil, tan rota… y, aun así, la joya más preciada de ese maldito.Becca intentó mantener la mirada firme, pero un grito desgarrador le escapó cuando Aldo presionó el filo de un cuchillo contra su costado, hundiéndolo apenas lo suficiente para hacerla arder de dolor.—¡Auxilio! ¡Por favor! —el grito se ahogó contra las paredes de madera.Pero nadie la escuchaba. La noche, cómplice de su verdugo, tragaba cada súplica. Aldo rió, con un sonido áspero que se le incrustó en el alma.—Grita, princesa… grita hasta que te quedes sin v
—¡Harika! —exclamó Becca, fingiendo severidad—. Esas son cosas de grandes, no tienes que preguntar por eso.La pequeña frunció el ceño, aún más intrigada.—Pero yo escuché clarito…anoche cuando iba por agua.Asher carraspeó, intentando poner orden.—Princesa, a veces los adultos…hacemos cosas, que nos dan mucha emoción.Becca lo fulminó con la mirada, sabiendo que estaba disfrutando cada segundo de su incomodidad.Harika, confundida, se encogió de hombros y se concentró en acariciar la manita de Salomé, como si no acabara de detonar un terremoto entre sus padres.En cuanto la niña volvió a distraerse, Asher se inclinó hacia Becca, sus labios casi rozando su oído.—La próxima vez tendremos que ser más silenciosos —susurró con tono burlón.Becca apretó los labios, fingiendo indiferencia, pero sus mejillas encendidas la delataban.—No te atrevas.—¿A qué? —respondió él, con esa sonrisa peligrosa que tanto odiaba… y que tanto la enloquecía.—A provocarme delante de las niñas —susurró, baj







