Mag-log inHoras más tarde, Asher se encontraba en su oficina, rodeado de papeles y notas adhesivas, concentrado en los preparativos de la fiesta infantil para el orfanato Niños Felices, un lugar que visitaba con frecuencia, casi como un refugio personal. Su mundo, por un instante, parecía girar en torno a la inocencia de aquellos niños.
Un leve golpeteo en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—¿Me llamó, señor Asher? —preguntó Becca al entrar, esbozando una sonrisa forzada. No importaba cuánto doliera, no se permitiría mostrar debilidad frente a él.
Asher levantó la vista, pero sus palabras se atoraron al verla. Su mirada se desvió sutilmente a su mejilla. El maquillaje intentaba ocultarlo, pero no era suficiente. El rastro estaba allí: tenue, pero inconfundible.
—Sí, señorita… por favor… —titubeó, visiblemente desconcertado. Carraspeó y volvió a mirar sus papeles—. Cancele todas mis citas. Luego, regrese.
—Entiendo —respondió ella, girándose para salir.
—¡Espere! —ordenó él con firmeza.
Asher se puso de pie de inmediato y caminó hacia ella. Sin permiso, sin aviso, levantó la mano y rozó con suavidad su mejilla lastimada. Su voz, baja, pero cargada de furia contenida, rompió el silencio.
—¿Quién se atrevió a hacerle esto?
Becca dio un paso atrás, pero fue inútil. Los ojos de Asher la sostenían, intensos, implacables. No podía escapar de ellos.
—¿Por qué no me responde? —insistió él, con un tono más oscuro—. ¿Acaso fue algún… pretendiente?
Su silencio era una respuesta en sí misma. Asher apretó los dientes.
—No es asunto suyo —murmuró ella al fin, obligándose a mantener la voz firme, aunque sus manos temblaban ligeramente.
—Todo lo que le afecte, es asunto mío —espetó él, dando otro paso hacia ella.
Becca retrocedió, pero la pared le cerró el paso. La distancia entre ellos era mínima. Peligrosamente mínima.
—No necesito su compasión —susurró, desviando la mirada.
—No es eso—respondió él, más suave ahora, como si cada palabra le pesara—. Es rabia. Porque alguien se atrevió a ponerle una mano encima. ¿Porque no me lo dijo? —se detuvo antes de decir más.
—Ya le dije que no se meta en mis asuntos —Becca lo empujó, con más desesperación que fuerza. Lo necesitaba lejos.
Él dio un paso atrás, pero no se apartó del todo.
—Perdóneme. No quise asustarla. Solo que… hay algo en usted que no sé explicar. Desde que la vi, siento que debo protegerla. Salvarla, incluso si eso me rompe por dentro.
Becca no respondió, salió corriendo de la oficina. Se encerró en el baño, respirando agitadamente, apoyando la espalda contra la puerta, como si necesitara un muro entre él y ella.
—¡Cálmate! No dejes que te engañe —se dijo en voz baja, colocando la mano sobre su pecho. El corazón le latía como si quisiera escapar también—. ¡Ja! Un gran farsante… ¿Protegerme? Bien, veamos hasta dónde puedes llegar.
Se miró en el espejo. Tenía los ojos vidriosos, pero no iba a llorar. No otra vez. No por él.
El pasado le había enseñado que las promesas eran solo palabras envueltas en la ilusión de un refugio.
—¿Cómo puede ser tan cínico? —Becca se repetía una y otra vez, que no lo destruiría… Pero algo en su mirada… ese brillo entre la furia y la ternura… era lo único que no lograba quitarse de su cabeza
En cuanto logró calmarse, Becca regresó a su puesto. Cumplió con cada indicación de Asher sin decir palabra, como si nada hubiera ocurrido. Cuando terminó, fue directo a su oficina.
—Listo, señor. Todo está hecho. ¿Desea algo más? —preguntó sin levantar la mirada.
—Primero que nada, quiero disculparme nuevamente… No debí actuar de esa forma.
—Eso ya está olvidado —respondió ella, deseando dejar atrás el incómodo momento.
—Sé que no quiere hablar del tema, pero si alguna vez necesita ayuda… aquí estaré —hubo un silencio breve, antes de que él continuara—. En realidad, quería pedirle que me acompañe hoy. Iré al orfanato Niños Felices y necesitaré su ayuda.
—¿Perdón? —Becca lo miró, desconcertada—. Disculpe, señor… ¿Eso está dentro de mis funciones?
—Técnicamente no. Pero planeo organizar una pequeña celebración y… la ayuda femenina siempre suma. Si no desea venir, lo comprenderé.
Becca alzó la barbilla con firmeza.
—Iré. Soy su asistente. Mi deber es acompañarlo en lo que sea necesario —y más allá de eso, pensó—. Conocer más de usted… solo puede jugar a mi favor —añadió para sí—. Iré al baño a retocarme, regreso en cinco minutos.
No lo sabía, pero ese día, sin advertirlo, se toparía con una versión de Asher que nunca imaginó: un hombre de corazón cálido… y de alma rota.
Durante el trayecto al orfanato, Becca se mantenía en silencio. Algo en el ambiente la ponía nerviosa, pero no dejaría que él lo notara. Fingió seguridad, como siempre.
—Ya llegamos —anunció Asher mientras estacionaba.
Apenas cruzaron la entrada del orfanato, Becca quedó perpleja. Un grupo de niños corrió hacia Asher, gritando su nombre, rodeándolo con risas y abrazos. Él se agachó a saludarlos como si fueran viejos amigos. No había arrogancia en su mirada… solo ternura.
—¡Señor Bailey! Ya nos tenía olvidados. Los niños preguntaban por usted todos los días —exclamó la directora, Janet Wilson, abrazándolo con entusiasmo.
—Lo siento, directora. El trabajo me ha tenido atrapado, pero hoy… hoy me escapé de todo. Ah, ella es mi asistente, Liliana Guzmán
—Mucho gusto. Espero que disfrute su visita —dijo la directora, estrechándole la mano.
—El gusto es mío —respondió Becca con cortesía, aunque por dentro se mantenía alerta—. ¿Qué demonios pasa aquí? ¿Por qué lo miran como si fuera un héroe? —se preguntó—. Si supieran quién es realmente… si supieran lo que hizo… lo odiarían tanto como ella.
—Es un gran hombre, ¿no cree? —preguntó la directora con una sonrisa cálida.
—¿Perdón? —Becca volvió en sí, sobresaltada.
—Digo, cubrir los gastos de esta fiesta, traer regalos, comida, entretenimiento… eso no lo hace cualquiera. Este hombre vale oro.
—¿Lo conoce bien?
—No… no del todo. Pero por sus actos, es evidente que no tiene un mal corazón.
Esa afirmación fue como una bofetada. ¿Asher, un hombre de buen corazón? Becca apretó los dientes. Ella sabía lo que él había hecho. Lo que había destruido. Lo que le había arrebatado.
—¿Ve a esa niña? —preguntó Janet, señalando a una pequeña de trenzas que no soltaba la mano de Asher—. Se llama Salomé. Es la que más lo quiere… y con razón. Él la salvó.
—¿Qué? —Becca entrecerró los ojos.
—El año pasado, mientras bajaba al parqueadero de su empresa, la encontró bajo la lluvia, empapada y sola. La niña le dijo que su madre había muerto. Él no dudó: la llevó al hospital, la cuidó, la alimentó… y luego la trajo aquí. Su madre era una gran donadora, sí, pero eso no fue lo que lo movió. Fue su corazón.
Becca no supo qué decir. Su mundo, su certeza, su odio… tambaleaban.
***
Más tarde, mientras Asher jugaba con los niños y Salomé no se despegaba de su lado, Becca lo observaba desde la distancia. Había ternura en sus gestos, una sonrisa real que jamás había visto en la oficina.
Y de pronto, como si el universo se burlara de ella, Salomé corrió hasta Becca.
—¿Usted es la novia del señor Asher? —preguntó, tomándola de la mano.
—¿Yo? No… claro que no —respondió, nerviosa.
—Debería serlo —dijo la niña, muy segura—. Él sonríe diferente cuando la mira.
Becca no supo cómo responder. Solo pudo ver a Asher al otro lado del jardín, sonriéndole como si hubiera escuchado todo. Y por primera vez, su odio se encontró cara a cara con la duda.
Un año después.El sol se filtraba a través de los vitrales de la iglesia, bañando el interior con un mosaico de colores que danzaban sobre las paredes adornadas con guirnaldas de flores blancas y doradas. Los bancos, cubiertos con telas de lino y cintas de satén, estaban repletos de rostros sonrientes que susurraban con emoción contenida. El aire olía a jazmín y cera de las velas que titilaban en candelabros antiguos, dispuestos con elegancia a lo largo del pasillo central.Becca avanzaba con paso sereno, del brazo de su madre, cuya mano temblaba ligeramente de orgullo y emoción. El vestido de Becca, una cascada de encaje suave que rozaba el suelo, brillaba con cada rayo de luz que lo tocaba. Su rostro, enmarcado por un velo delicado, reflejaba una mezcla de calma y felicidad pura. Su madre, vestida con un traje azul pálido, no podía evitar que las lágrimas asomaran a sus ojos mientras apretaba suavemente el brazo de su hija, como si quisiera guardar ese momento para siempre.Detrás d
A la mañana siguiente, el país entero despertó con un escándalo que sacudió a los medios.“Camelia Bailey, acusada de haber comprado un bebé para hacerlo pasar como su nieta”El titular ocupaba las primeras planas. Los noticieros repetían en bucle las grabaciones filtradas, los documentos falsificados y hasta fragmentos de llamadas que Graciela había entregado. La noticia corrió como pólvora. Nadie podía creer que la mujer que por años se había mostrado como un ícono de elegancia y poder hubiera caído tan bajo.En su escondite, Camelia observaba la pantalla del televisor con el rostro descompuesto. Sus manos apretaban el control remoto hasta casi partirlo.—¡Maldito seas, hijo! —rugió, lanzando el aparato contra la pared—. Bien dicen, que cría cuervos y te sacaran los ojos.Su rostro estaba en todas partes: fotos en galas, entrevistas antiguas, hasta imágenes entrando y saliendo de hospitales. Ya no había forma de ocultarse. El apellido Bailey estaba bajo fuego, y todos los reflectores
El dedo de Camelia temblaba, presionando apenas el metal frío del gatillo. Su respiración era entrecortada, rota por sollozos que no lograban salir del todo. Por un instante, pareció decidida… pero la fuerza se le escapó como arena entre los dedos.El arma cayó al suelo con un estruendo metálico que resonó en el pasillo. Ella se llevó las manos al rostro, hundiendo las uñas en su piel como si quisiera arrancarse el dolor de raíz.—¿Por qué no puedo? —murmuró con la voz quebrada—. ¿Por qué ya no puedo hacer nada contigo?Asher no respondió. Ni una palabra, ni un gesto. Solo la miraba con esa frialdad que la desarmaba más que cualquier golpe.Camelia entendió. En ese silencio se sellaba su derrota. Ya no tenía poder, ni sobre él, ni sobre su vida.Enderezó la espalda con torpeza, recogiendo lo poco que quedaba de su orgullo, y lo miró una última vez. Su rostro estaba devastado, sus ojos hinchados y rojos, pero aun así trató de fingir entereza.—Me odiarás siempre… y esa será mi condena
Al llegar al hospital Asher no soltó a Becca ni un segundo, ni siquiera cuando los médicos lo rodearon para arrebatársela con suavidad. La vio desaparecer tras las puertas corredizas, mientras su pecho se apretaba.Horas después, sentado en el pasillo, con los nudillos manchados de sangre seca, escuchó al fin la voz de una enfermera:—Ya puede verla.Asher entró con pasos lentos. Becca yacía en la cama, el rostro pálido, conectada a una vía de suero. Sus pestañas temblaron y, de pronto, abrió los ojos.Al principio, la confusión nubló su mirada. Luego, el pánico se apoderó de ella. Su respiración se volvió errática, los monitores comenzaron a pitar.—¡No, no! ¡No me lleven de nuevo! ¡Suéltenme, por favor! —gritó, forcejeando con las sábanas, como si aún estuviera atada en aquella silla.—¡Becca! —Asher se abalanzó sobre ella, sujetando sus manos con firmeza, pero sin hacerle daño—. Amor, mírame… ¡mírame!Sus ojos la buscaban desesperados. Ella, llorando, lo enfocó por fin.—¿Asher? —s
La cabaña estaba envuelta en una penumbra cruel. El olor a sangre y humedad impregnaba el aire.Becca estaba atada a una silla, sus muñecas ya laceradas por las cuerdas. La piel de su rostro mostraba moretones recientes y un hilo de sangre se deslizaba por la comisura de sus labios. Aldo la observaba con deleite, como un verdugo que goza de cada segundo antes del golpe final.—Mírate… —susurró él, inclinándose hasta rozar su oído con sus palabras venenosas—. Tan frágil, tan rota… y, aun así, la joya más preciada de ese maldito.Becca intentó mantener la mirada firme, pero un grito desgarrador le escapó cuando Aldo presionó el filo de un cuchillo contra su costado, hundiéndolo apenas lo suficiente para hacerla arder de dolor.—¡Auxilio! ¡Por favor! —el grito se ahogó contra las paredes de madera.Pero nadie la escuchaba. La noche, cómplice de su verdugo, tragaba cada súplica. Aldo rió, con un sonido áspero que se le incrustó en el alma.—Grita, princesa… grita hasta que te quedes sin v
—¡Harika! —exclamó Becca, fingiendo severidad—. Esas son cosas de grandes, no tienes que preguntar por eso.La pequeña frunció el ceño, aún más intrigada.—Pero yo escuché clarito…anoche cuando iba por agua.Asher carraspeó, intentando poner orden.—Princesa, a veces los adultos…hacemos cosas, que nos dan mucha emoción.Becca lo fulminó con la mirada, sabiendo que estaba disfrutando cada segundo de su incomodidad.Harika, confundida, se encogió de hombros y se concentró en acariciar la manita de Salomé, como si no acabara de detonar un terremoto entre sus padres.En cuanto la niña volvió a distraerse, Asher se inclinó hacia Becca, sus labios casi rozando su oído.—La próxima vez tendremos que ser más silenciosos —susurró con tono burlón.Becca apretó los labios, fingiendo indiferencia, pero sus mejillas encendidas la delataban.—No te atrevas.—¿A qué? —respondió él, con esa sonrisa peligrosa que tanto odiaba… y que tanto la enloquecía.—A provocarme delante de las niñas —susurró, baj







