Mag-log inA pesar de que su madre hablaba en voz baja, Marcia oyó claramente cómo, desde la cocina de la planta baja, su madre, con voz triste y distante, pronunciaba las siguientes palabras: «Si no fuera por ella, quizá seguiríamos siendo felices».
Marcia estaba tumbada en la cama, con las rodillas encogidas contra el pecho, las sábanas subidas hasta la barbilla, y su pequeño cuerpo temblaba bajo el peso de unas palabras que no entendía del todo, pero que, de alguna manera, sentía en lo más profundo de su corazón.
Era porque estaba enferma, porque era una carga, por lo que sus padres se estaban peleando. Lo sentía con la certeza que solo una niña puede tener.
Levantó la vista hacia la puerta de su dormitorio y vio a su hermana mayor, Annette, de pie allí, mirándola.
Los ojos de la pequeña Marcia se llenaron de lágrimas, y su hermana mayor se acercó y la abrazó con fuerza.
«No pasa nada, Marcia, no te preocupes, mamá solo está cansada, eso es todo», comentó Annette, de once años, que asumía más responsabilidad de la que le correspondía a una niña de su edad, mientras le frotaba la espalda a su hermana.
¡Mamá y papá estúpidos! ¿Por qué hablan tanto cuando Marcia está en casa? ¿No suelen tener estas conversaciones cuando Marcia está en el hospital? pensó Annette enfadada.
Marcia miró a su hermana, con los labios temblorosos y los dedos aferrándose con fuerza a su hermana mayor. «Pero… si no estuviera tan enferma todo el tiempo, mamá no estaría tan enfadada, ¿verdad?».
Annette le secó las lágrimas a su hermana, con el corazón encogido al mirar el carita de Marcia. Negó con la cabeza a Marcia, sonriendo con dulzura. Marcia podía ver la tristeza en los ojos de su hermana mayor.
Abajo, la voz de su padre respondió: «¡Tracy! ¡Las niñas están arriba! ¡Basta ya!».
Las niñas podían oír su voz, áspera y cargada de emoción.
«¿Ves? No lo niegas», dijo Tracy, con una voz más distante que antes.
Las niñas oyeron pasos que subían las escaleras. La puerta del dormitorio de Marcia se abrió de par en par y su padre entró con una pequeña sonrisa en el rostro, un café en una mano y un chocolate caliente en la otra. Se le ensombreció el rostro al ver las caras de sus hijas mirándole.
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El café de Marcia está listo, y coge su espresso, dando un pequeño sorbo.
Ese fue el momento en el que todo cambió para mí, reflexiona.
Fue entonces cuando la culpa y la ansiedad empezaron a colarse en mi vida.
Niega con la cabeza como para ahuyentar esos pensamientos, mientras se dirige a su despacho para llamar al siguiente número de su lista.
Al entrar, suena el teléfono. Marcia suspira, descuelga y deja el café sobre la mesa. Contesta amablemente, forzando una sonrisa en su voz.
«¿Hola?», dice una voz, como si se repitiera. Marcia se obliga a concentrarse.
«Sí, hola», dice Marcia, sentándose.
«Soy Alister Conway; ¿hablamos hace unas semanas?».
«Ah, sí, Alister», responde Marcia, enderezándose en la silla. Se trata de un cliente potencial que reportaría importantes ingresos a su negocio. «¿Ha tenido ocasión de revisar nuestra propuesta?», pregunta, ocultando su aprensión y hablando en un tono agradable.
Se produce una pausa al otro lado de la línea, seguida del sonido de papeles crujiendo. Marcia contiene la respiración, a la espera.
«Ah, sí. Sobre eso…», dice la voz del hombre.
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Unos minutos más tarde, Marcia cuelga. Se recuesta en la silla, pasando distraídamente los dedos por el borde de su taza de café.
Su mente vuelve, una vez más, a su infancia.
Habían pasado años desde aquel incidente en la cocina, y la culpa que sentía por las peleas y el distanciamiento de sus padres había crecido junto con la distancia entre ellos.
Su ansiedad respecto a las relaciones se había agravado al ver cómo la relación cortés y fingida de sus padres se volvía cada vez más formal; más parecida a una obra de teatro en la que todos los actores tenían guiones preestablecidos y ellos, sus padres, simplemente interpretaban sus papeles.
Como resultado, evalúa a todo el mundo, valorando quién es de fiar y a quién debe mantener a raya, y como no se atreve a confiar en nadie, se esfuerza más que nadie en todo lo que hace.
No puede permitirse ser una carga.
Su mente vuelve a Jullian, el hombre en el centro de esta tormenta que la rodea.
Se imagina sus penetrantes ojos azul claro, como relámpagos, y recuerda cómo aquellos ojos la habían hecho sentir vista en aquel entonces. Ahora, esos mismos ojos están jugando en su contra entre bastidores.
Jullian. El primer hombre al que había amado de verdad.
Una cosa es luchar contra sus propias inseguridades y su doloroso pasado, pero ahora el hombre al que creía conocer mejor que nadie —y que, según ella, la entendía igual de bien— está librando una guerra contra su negocio.
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Marcia lo recuerda como si fuera ayer.
El día de la inscripción en los clubes universitarios para los estudiantes. El sol pegaba fuerte en lo alto mientras ella y sus compañeras del club sudaban, corriendo y saltando entre los estudiantes que pasaban, engatusándolos, bromeando con ellos, animándolos y seduciéndolos para que se unieran a su club de cata de vinos.
La ropa les estaba empapada de sudor y de los ocasionales chorritos de agua fría que se echaban en la cara, la espalda y los brazos para refrescarse.
Hacían breves pausas de vez en cuando para beber agua, refresco o alguna otra bebida permitida; ella y los miembros de su club trabajaban duro para conseguir tantas firmas como fuera posible.
Mientras Marcia se toma un respiro y da un sorbo a su agua, una figura oscura llama la atención de su mirada siempre atenta: un estudiante alto y bien formado que camina a paso rápido hacia el edificio principal de la universidad, con la cabeza gacha y los hombros encorvados, aparentemente haciendo todo lo posible por evitar al club de cata de vinos, excesivamente bullicioso, casi de forma agresiva.
Mira más de cerca y se da cuenta de que el estudiante tiene un físico a medio camino entre el de un corredor y el de un nadador, con el pelo castaño claro.
¡Ah! ¡Ese es el sexto de hoy! ¿Acaso creen que evitar el contacto visual los hace invisibles?, piensa Marcia para sí misma con una risita alegre.
«¿Qué? ¿Qué pasa?», pregunta emocionado el estudiante que está a su lado.
«Sujeta esto, June», responde Marcia, entregándole su botella de agua al estudiante que acababa de hablar.
June coge la botella y sigue la mirada de Marcia; esboza una pequeña sonrisa cómplice. «¡A por él, tigre!», exclama, dándole una palmadita en el hombro a Marcia, mientras ambas se fijan en el corredor.
Marcia está recostada con la cabeza sobre el hombro de Jullian y el brazo sobre su pecho.Jullian dice en tono conversacional: «Creo que me desharé de ello. Lo haré quitar».Marcia se incorpora, apoyándose en el codo, y lo mira. «¿Estás seguro?», pregunta, mirándolo fijamente.Jullian la mira directamente y dice con calma: «Nunca lo quise».Medio riendo, concluye: «Entonces, ¿por qué conservarlo?».Marcia se inclina hacia el tatuaje de Jullian y baja las sábanas para revelar el diseño.Están en su casa, en la ciudad. En su dormitorio, en la planta de arriba. Marcia lleva más de tres meses viviendo allí y han estado juntos todos los días desde que se reencontraron en Milantis.Ella lo besa y lo mira, con los labios suspendidos sobre la flor.Jullian la mira sin decir nada. Su respiración se ha ralentizado hasta casi desaparecer, como si estuviera conteniendo el aliento.Marcia puede ver que este tatuaje,
«Podemos hacer lo que queramos», susurra ella.«TÚ puedes hacer lo que quieras», le dice con dulzura.«Ha pasado demasiado tiempo, Li. Llevaba mucho tiempo deseando verte», le dice con voz melosa.Él abre los labios y Marcia se lanza. Lo besa sin reservas y sin empatía.Ha esperado cinco meses; ese tiempo en su coche e inmediatamente después no cuenta. Ha esperado, y él tiene que saber que el juego ha terminado; no habrá más actuaciones entre ellos, ni más reservas.Lo que quiere, lo debe conseguir.Y este hombre ha estado en su lista desde siempre. Antes de conocerlo, él no tenía nombre; después de conocerlo, no había otro.Jullian es su principio y será su fin. Nada más importa.Cuando finalmente da un paso atrás y abre los ojos, disfruta con oscuro placer al ver su expresión de sorpresa.Sus labios están ligeramente hinchados y su pecho se agita, al igual que el de ella.Hay un cierto brillo en sus ojos cuando
Es finales de marzo y Jullian entra en una reunión en Milantis. Todos los participantes necesarios están allí, excepto uno. Todos están sentados, esperando al último asistente.Las puertas dobles se abren y Marsha entra, vestida con un exquisito traje de falda dorado claro, con su cabello negro suelto, el rostro radiante y una sonrisa en los labios reservada para una sola persona.Jullian, que estaba mirando el documento que tenía delante, no la ve entrar. Pero poco a poco levanta la vista y se queda sin aliento.Observa a Marcia, a quien no ha visto ni ha sabido nada de ella durante cuatro meses, entrar en la sala y sentarse a la mesa.Lucas, de pie detrás de Jullian, da un paso adelante involuntariamente, un movimiento que no es natural en él. Pero ni siquiera él puede contenerse; ni siquiera él puede controlar su reacción.Los ojos de Marcia se dirigen a Jullian, luego a Lucas, y su sonrisa se amplía ligeramente.Sus ojos
Al mismo tiempo, Marcia sigue hablando con Luc en la cubierta del yate.«¿Por qué?», pregunta Marcia con voz quebrada. Las lágrimas que creía haber llorado comienzan a formarse y se le hace un nudo en la garganta.«¿Por qué tiene que ser así?», dice entre sollozos.Luc le acaricia el pelo, con la mirada perdida, como si estuviera mirando algo lejano. Se quedan así hasta que la respiración de Marcia se estabiliza. Entonces, Luc vuelve a enfocar la mirada.Esto es lo que él hace por mí. Mi gurú, mi consejero.Él le sonríe con ternura. «Tu Jullian hizo el sacrificio. Todo el trabajo que se ha hecho, él te lo ha dado todo».«¿Cuánto dinero se necesita para ser multimillonario?».«Mil millones de dólares», susurra Marsha, aún sin lágrimas en los ojos, pero sintiendo las olas justo detrás de ellos.«¿Y cuánto tienes ahora?», le pregunta él con dulzura. «Después de su rendición. ¿Cuánto posees tú, Marcia Clar
«¿De verdad?», dice Elander, alargando la palabra.«¿Alguna vez le habrías gritado antes? ¿O incluso le habrías gritado en su presencia?», pregunta con curiosidad.«¿Cuándo fue la última vez que te ocupaste de algo en Grayson House?», continúa Elander, con voz cada vez más sombría.«La empresa...», comienza Jullian, pero Elander le interrumpe y le devuelve sus propias palabras.«La empresa es TUYA, Jullian», insiste Elander, tosiendo porque tiene la garganta seca.Jullian mira a su padre y cambia el rumbo de la conversación.«¿Por qué no has comido?», pregunta Jullian.«¿Por qué no has venido antes?», responde Elander, jadeando por el ataque de tos.«¿Por qué no has bebido nada?», continúa Jullian, negándose a desviarse del tema.«¿Por qué desapareciste? Puedes irte, estar solo, pero podemos saber dónde estás. ¿Por qué desaparecer así?», insiste Elander, negándose a dejar que Jullian evite el tema que quiere abordar.
El coche llega a la mansión Grayson y nadie sale del vehículo. Cameron mira a los tres hombres; Jullian tiene los ojos cerrados y nadie habla.La puerta del lado de Jullian se abre desde fuera y Xaiver se queda allí, alerta. Le ofrece la mano a Jullian, quien la toma y sale del coche.Cuando sale, Lucas y Anders abren sus puertas y también salen del coche. Cameron les sigue, observando en silencio a todos y guardándose su confusión para sí mismo.Xavier no habla; mira fijamente a su descendiente. Jullian le devuelve la mirada. No hay sonrisas entre ellos.Xavier desvía la mirada hacia la mansión.«Nada de lo que nadie pueda decirte te hará sentir mejor. No te haré perder el tiempo. Entra y haz tu trabajo. Si él muere, solo será peor para ti. Lo necesitas, al menos durante unos años».«Haz tu trabajo, Li», comenta Xavier estoicamente.Jullian sonríe con ironía: «¿Me estás hablando a mí o a ti mismo?», responde con sarcasmo.Xavi







