LOGINAmelia es traicionada por su esposo. Destrozada, descubre que su esposo le provocó un aborto y le robó todo su patrimonio. Amelia está llena de dolor y rencor, cuando encuentra a Federico Cantú, el exesposo de la actual amante de su ex, quien le hace una propuesta imposible de rechazar; vengarse de sus ex. Amelia no va a lastimar a nadie, solo golpeará a su exesposo donde más le duele, en su ego, y le quitará todo lo que era suyo. Lo que ella no esperaba era que, para hacerlo, debía convertirse en la esposa de Federico Cantú. Sin embargo, pronto, descubrirán que la venganza no es el único sentimiento entre los dos, el amor no estaba en los planes, pero ¿podría el matrimonio por despecho convertirse en un amor real?
View MoreCuando Amelia abrió los ojos, lo primero que vio fue el techo blanco del hospital.
Tardó unos segundos en comprender dónde estaba. Tenía la garganta seca, el cuerpo dolorido y una presión desagradable en la parte baja del abdomen.
Intentó incorporarse, pero una punzada la obligó a quedarse quieta.
Estaba embarazada.
Se llevó inmediatamente una mano al vientre.
—Mi bebé...
El miedo le oprimió el pecho.
Tenía apenas cuatro semanas de embarazo, pero aquella pequeña vida ya significaba todo para ella.
No era un embarazo planeado para salvar su matrimonio, como seguramente habría pensado Aldo.
Era un hijo que había deseado con todo su corazón.
Y ahora estaba en un hospital, sin recordar cómo había llegado allí.
—¡Enfermera! —llamó, intentando levantar la voz—. Por favor, necesito saber cómo está mi bebé.
Una doctora que revisaba unos documentos junto a la ventana se volvió hacia ella. Se acercó a la cama y consultó su expediente antes de mirarla.
—¿Recuerdas qué ocurrió antes de que te trajeran aquí?
Amelia negó con la cabeza.
—No muy bien. Me sentía mal y después... todo se volvió confuso. Doctora, por favor, dígame si mi hijo está bien.
—Hemos encontrado misoprostol en tu organismo —explicó la doctora—. Tus síntomas y los hallazgos médicos indican que has tenido un aborto
Amelia dejó de respirar por un momento.
—¿Un aborto?
La doctora asintió.
Lentamente con la cabeza, como si aquellas palabras fueran demasiado absurdas para ser verdad.
—Eso no puede ser. Yo quería a mi bebé. Nunca habría hecho algo así.
La doctora volvió a consultar el expediente.
—¡Yo no lo tomé! —insistió Amelia—. ¡Se lo juro! Jamás haría daño a mi hijo.
Las lágrimas comenzaron a nublarle la vista.
—Por favor, tiene que creerme.
La doctora no respondió inmediatamente. Su expresión se endureció, aunque esta vez no intentó discutir con ella.
—Necesitas descansar. Cuando terminemos de revisar tu estado, hablaremos del alta y de los trámites correspondientes.
Amelia apenas escuchó las últimas palabras.
Su hijo había muerto.
Cuando la doctora salió, Amelia se cubrió la boca con una mano para ahogar un sollozo. No pudo contenerlo durante mucho tiempo. El llanto terminó sacudiéndole los hombros mientras abrazaba su vientre.
—Perdóname, mi amor...
Las palabras escaparon entre lágrimas.
—No pude protegerte.
La puerta de la habitación se abrió.
Amelia levantó la cabeza, esperando ver a una enfermera.
Pero el hombre que apareció en el umbral hizo que todo su cuerpo se tensara.
Aldo. Su exesposo.
El hombre del que se había divorciado apenas el día anterior.
El mismo que había conseguido arrebatarle su empresa, su casa y prácticamente todo su patrimonio mediante documentos que ella había firmado creyendo que eran simples trámites relacionados con la separación.
Hasta ese momento, Amelia había intentado convencerse de que, pese a todo, todavía podía reconstruir su vida.
Ahora ni siquiera sabía cómo iba a pagar la cuenta del hospital.
Aldo cerró la puerta detrás de sí y caminó hacia la cama. Llevaba un traje oscuro impecable, un reloj costoso y aquella expresión tranquila que ella había confundido tantas veces con seguridad.
Amelia lo observó con desesperación.
—Aldo...
Él se detuvo junto a la cama.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, con la voz rota—. ¿Viniste porque te enteraste de lo que pasó?
Aldo no respondió.
Amelia sintió que las lágrimas volvían a acumularse en sus ojos.
—Perdí a nuestro hijo.
Esperó alguna reacción. Un gesto de sorpresa, una pregunta, quizá un instante de dolor.
Pero Aldo permaneció impasible.
—Lo sé.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Él metió las manos en los bolsillos y la observó con una tranquilidad que comenzó a inquietarla.
—Porque fui yo quien puso el abortivo en tus vitaminas.
Durante unos segundos, Amelia no comprendió lo que acababa de escuchar.
Lo miró fijamente, esperando que se tratara de una broma cruel, de una frase pronunciada en un arrebato de rabia.
Pero él no sonreía.
—¿Qué...?
—Sustituí tus vitaminas por misoprostol. Sabía que las tomabas todas las mañanas.
Amelia sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—No quería que tuvieras ese hijo.
Ella se aferró a las sábanas.
—¡Era tu hijo, Aldo!
Su grito terminó convertido en un sollozo.
—¡Nuestro hijo!
—No ibas a atarme con un bebé, Amelia.
Amelia lo miró con incredulidad.
Aldo soltó un suspiro, como si aquella conversación le resultara aburrida.
—Ya conseguí lo que quería. La empresa está a mi nombre, las propiedades que podía reclamar han quedado fuera de tu alcance y tú firmaste los documentos necesarios para formalizar nuestro divorcio.
Se inclinó hacia ella.
—No tenía ninguna intención de permitir que aparecieras después con un hijo para reclamar una parte de mi vida.
Amelia sintió que algo se quebraba definitivamente dentro de ella.
Había perdido a su bebé. Había sido engañada por el hombre con el que compartió su vida.
—Me robaste todo —susurró—. Mi empresa, mi casa, mi dinero...
Las lágrimas recorrieron sus mejillas.
—¿Y aun así no te bastaba? ¿También tenías que quitarme a mi hijo?
Aldo se encogió de hombros.
—No iba a correr riesgos.
—¡Mataste a tu propio hijo!
La voz de Amelia resonó en la habitación.
Por primera vez, Aldo endureció la mirada.
—Baja la voz. No quiero que nadie escuche esta conversación.
Aquella advertencia terminó de confirmar que sabía perfectamente lo que había hecho.
Amelia sintió náuseas.
—Eres un monstruo.
—Puedes llamarme como quieras. No cambiará nada.
Él sacó el teléfono del bolsillo y comprobó la hora.
—Además, te aconsejo que pienses bien antes de acusarme. Conservas muy poco de lo que tenías y no cuentas con recursos para enfrentarte a mí. Si decides denunciarme, necesitarás pruebas, dinero y alguien dispuesto a ayudarte.
Amelia lo miró horrorizada.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy explicando cómo son las cosas.
Aldo guardó el teléfono.
—No tienes idea de cuánto trabajo me costó conseguir todo esto. No voy a dejar que lo arruines por un matrimonio que ya terminó.
Amelia apretó los puños.
—Voy a denunciarte.
Él sonrió sin alegría.
—Haz lo que quieras. Pero antes pregúntate quién va a creerte y cómo vas a demostrarlo.
Se hizo un silencio insoportable.
Aldo la contempló un instante más.
—Tengo otras cosas que atender.
Él se volvió hacia la puerta.
—Mi boda.
Amelia sintió un golpe en el pecho.
—Mi futura esposa me está esperando.
Aldo hizo una pausa antes de añadir:
—Aunque, si algún día te sientes sola y necesitas dinero, puedes llamarme. Tengo un puesto vacante para ti. Puedes convertirte en mi amante.
Durante un instante, Amelia se quedó inmóvil.
Después tomó el vaso de agua que descansaba sobre la mesa y lo lanzó con todas sus fuerzas.
El vaso se estrelló contra el suelo, a pocos centímetros de los zapatos de Aldo.
Él miró los fragmentos y luego volvió a observarla.
—Sigues siendo igual de temperamental.
—¡Sal de aquí!
Amelia temblaba de rabia.
—¡No quiero volver a verte en mi vida!
Aldo soltó una breve carcajada.
—Entonces procura no necesitarme.
Abrió la puerta, pero antes de salir escuchó la voz de Amelia a sus espaldas.
—Vas a pagar por lo que hiciste.
Se detuvo.
Ella tenía el rostro empapado de lágrimas, pero ya no apartaba la mirada.
—Me quitaste mi empresa. Me dejaste sin casa y sin dinero. Pero nunca debiste tocar a mi hijo.
Aldo la observó durante unos segundos.
—Descansa, Amelia. Tienes cosas más importantes de las que preocuparte.
Y se marchó.
La puerta se cerró lentamente.
Amelia permaneció mirando el lugar por donde había desaparecido. Escuchó sus pasos alejarse por el pasillo hasta que el silencio volvió a llenar la habitación.
Las lágrimas volvieron a deslizarse por sus mejillas.
Amelia se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Pude perdonarte por dejarme, Aldo —murmuró—. Incluso pude haber intentado olvidar que me robaste todo lo que tenía.
Su voz se endureció.
—Pero jamás voy a perdonarte por nuestro hijo. Un día pagarás por este dolor.
De pronto, su teléfono resonó
Con esfuerzo, Amelia lo tomó.
Había un mensaje de un número desconocido.
“Me enteré de lo que Aldo te hizo. Si todavía quieres recuperar lo que te pertenece y vengarte de él, puedo ayudarte. Pero tendrás que aceptar una condición”
Amelia leyó aquellas palabras dos veces, con sorpresa.
—¿Acaso pones en duda el talento de mi prometido?Amelia sonrió al escuchar a Verónica. Lejos de sentirse intimidada, sostuvo su mirada con una tranquilidad que pareció irritar todavía más a la mujer.—¿Qué sucede, señora Solís? ¿Le asusta que una simple mujer cuestione las capacidades del hombre que eligió?—¿Asustarme? ¡No me hagas reír! —Verónica soltó una carcajada despectiva—. Eres una celosa. Ahora lo entiendo todo. Se han unido para molestarnos porque no soportan vernos felices. ¡Qué patéticos! Pueden intentarlo cuanto quieran, pero jamás estarán a nuestra altura.Amelia ladeó ligeramente la cabeza, fingiendo considerar sus palabras.—Curioso. Yo pensaba que estábamos aquí para hablar de negocios, no para demostrar quién es más feliz con su pareja.La sonrisa de Verónica se endureció.—¡Tú…!—El señor Cantú confía en mi talento y yo confío en su visión para convertirme en una nueva promesa del diseño —continuó Amelia, sin darle oportunidad de interrumpirla—. No necesito que ust
—¿Qué significa esto? ¿Por qué Federico está trabajando con Amelia? ¿Acaso esos dos planean vengarse de nosotros?Aldo soltó una carcajada, como si la posibilidad le pareciera ridícula.—¿De verdad crees que Amelia sería capaz de meterse con tu marido? —preguntó con una sonrisa burlona—. Por favor, Verónica. Esa mujer ni siquiera pudo conservarme a mí. ¿Qué te hace pensar que ahora tiene el poder de perjudicarnos?Verónica también rio, complacida por la seguridad de Aldo.—Exactamente. Esa insignificante no es nadie sin ti. Además, tú eres un diseñador talentoso, amor. Tienes experiencia, visión y una capacidad creativa que ella jamás podrá igualar. Si Federico cree que contratarla representa una amenaza para nosotros, pronto descubrirá que está cometiendo un grave error.Aldo sonrió, aunque sus ojos se desviaron por un instante hacia la puerta de la sala de juntas.Las palabras de Verónica habían alimentado su orgullo, pero había algo que le incomodaba.Conocía a Amelia.Sabía que no
Un mes despuésLa sala de juntas de Luna Trece estaba llena.Los principales socios de la compañía habían sido convocados a una reunión extraordinariaDurante las últimas semanas, los rumores sobre Federico Cantú se habían extendido por toda la industria de la moda.Aseguraban que seguía hundido en la depresión después de la muerte de su hija, mientras que otros afirmaban que su ausencia de los eventos empresariales era una señal de que había perdido el interés en la compañía.Lo único cierto era que Federico llevaba demasiado tiempo sin aparecer públicamente.Y Verónica Solís, su exesposa, estaba decidida a aprovecharlo.Las enormes puertas se abrieron, interrumpiendo las conversaciones.Verónica entró con un elegante vestido color crema, el cabello perfectamente peinado y una sonrisa que transmitía una seguridad casi provocadora.A su lado caminaba Aldo Mirellez, gerente de MacStyle, una empresa de moda de bajo costo que aspiraba a ganar terreno frente a las grandes firmas del secto
—Amelia, ¿no quieres que Aldo sufra por lo que te hizo.—Quiero que Aldo pague.Sus ojos se llenaron de lágrimas.—Quiero que pague por todo lo que me hizo. Por haberme quitado mi empresa, por haberme dejado sin nada... por haber matado a mi hijo.—Entonces, hagámoslo, únete a mí, vamos a hacerlos pagar.—Pero… ¿y si descubren que esto solo es un matrimonio por despecho? —dijo con miedo y dudas.El hombre sonrió.—Déjalos, que piensen lo que sea, lo importante será verlos caer.Él le tendió una mano, como si con eso fuesen a sellar un trato.Amelia sintió miedo, pero cuando recordó su dolor, las palabras de Aldo sobre su hijo neonato, sobre cómo le robó todo sin piedad, finalmente su corazón se llenó de rabia, tomó la mano.“Aldo debes pagar por el dolor de perder a mi hijo”Ella subió al auto con ese hombre.***El chofer condujo hasta detenerse frente a una enorme mansión.Amelia permaneció en silencio durante todo el trayecto.Cuando el automóvil finalmente se detuvo, Amelia levant












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