El motor del vehículo se apagó, pero el silencio que siguió fue más ruidoso que cualquier estruendo. Era un silencio denso, aceitoso, que se pegaba a la piel junto con la humedad que anunciaba la tormenta. Frente a Nagel y su grupo, la entrada al Cerro Kõi se alzaba como una boca abierta de piedra y vegetación descontrolada. Las famosas formaciones hexagonales de arenisca, que en las postales turísticas parecían arte natural, ahora asemejaban colmillos petrificados que guardaban la entrada a un infierno verde.—Mierda —susurró Matías, el más joven del grupo, apretando el volante hasta que sus nudillos se volvieron blancos—. Este lugar se ve... diferente hoy.Nagel no respondió inmediatamente. Sentía el aura caliente y protectora que el sacerdote le había invocado en la catedral de Areguá flotando a su alrededor, una barrera invisible contra la maldad pura que emanaba del cerro. Se ajustó el cuello de la campera, que ya empezaba a humedecerse, y miró hacia atrás. El estuche con el AK-4
Dernière mise à jour : 2026-09-01 Read More