LOGINLuego de que un asesinato fuera archivado por falta de pistas, un detective decide realizar una nueva investigación con la intención del resolver el caso.
View MoreEl misterio hiela la sangre como las noches de invierno en las calles de Asunción. Las avenidas, parques, escuelas y cementerios guardan un sinfín de historias, las cuales deja pasmado a cualquiera. Luego de que uno es afectado por tal acontecimiento ya no logra conciliar el sueño, depende de los demás para sentirse seguros y poder llevar una vida. Los misterios y miedos que genera lo paranormal son algo único, un camino sin retorno, una vez en el baile no queda más que bailar, y buscar alguna solución para salir de aquel impío mal que nos aqueja, ya que si no acaban contigo tarde o temprano tus seres queridos pagarán el precio.
En Paraguay lo sobrenatural es tomado como algo real, pocos son los que se atreven a enfrentar lo oculto y menos son los victoriosos. El tabú afecta a todos, desde los lactantes que los padres buscan la bendición de Dios con el bautismo para ellos, hasta los difuntos que reciben visitas a altas horas en la noche.
La noche sembró sus semillas, las cuales germinaron y fueron cultivados por el mismo demonio. Los engendros se han vuelto cada vez más respetados. Los niños tienen una regla estricta en las casas como: no salir en las siestas, no silbar, no jugar, ni mencionarlos en las noches. Esta, entre otras cosas son legados de los guaranís, quienes fueron los primeros habitantes. aprendieron y trasmitieron a sus descendientes la obligación de respetar a los seres espirituales que ocupaban el mismo suelo.
El Cerro Kõi es una elevación ubicada en el nordeste del departamento central de la República del Paraguay en la ciudad de Areguá. Esta cumbre se encuentra a 200 metros sobre el nivel del mar y pertenece al grupo de cerros de la Cordillera de Ybytypanemá. Fue declarado como patrimonio natural en 1993 debido a la forma de sus piedras octogonales que solamente existen tres en el mundo. La reserva cuenta con dos elevaciones, a eso se debe su nombre, mokoi, que es dos en guaraní. Los cerros están rodeados por un bosque, que mide aproximadamente 15 kilómetros cuadrados. Un lugar de en sueños y de pesadillas para aquellos que ingresan en su interior.
La mañana avanzaba sobre Areguá disolviendo los últimos jirones de neblina gris sobre la superficie del lago Ypacaraí, pero en la mente del comisario Nagel la claridad tardaba en instalarse. El patrullero avanzaba con suavidad por el camino costero, despidiendo un leve rumor de neumáticos sobre el pavimento húmedo mientras el paisaje de aguas mansas y juncos altos desfilaba por las ventanillas. Cada kilómetro recorrido hacia los embarcaderos artesanales reforzaba la certeza de que el peligro subterráneo que creían sepultado bajo el asfalto y el plomo bendecido en la estación ferroviaria no era más que una ramificación de un mal mucho más vasto y antiguo.—Detén la marcha acá, Matías —ordenó Nagel de improviso, señalando con la barbilla una pequeña ensenada rodeada de sauces llorones donde solían atracar las barcas de los pescadores locales.El joven oficial frenó la camioneta a un costado del camino, junto a un cartel oxidado que señalaba la prohibición de arrojar basura en la ribera.
La bruma de la madrugada flotaba sobre la superficie del lago Ypacaraí como un manto de gasa blanca que se negaba a disiparse, incluso cuando los primeros rayos de un sol pálido comenzaban a teñir de gris perla el horizonte de Areguá. A la orilla del agua, donde los matorrales de ea y los camalotes formaban un laberinto verde y silencioso, el aire conservaba ese frescor húmedo que penetraba hasta los huesos, recordándole a cualquiera que la naturaleza de la región guardaba memorias mucho más antiguas que las leyes de los hombres.El comisario Nagel caminaba solo por el muelle de madera vieja, con las manos hundidas en los bolsillos de su campera táctica y la mirada fija en el vaivén perezoso de las pequeñas olas contra los pilotes de lapacho. Las botas de cuero emitían un sonido seco y rítmico —tock, tock, tock— sobre las tablas carcomidas por la humedad, el único compás que rompía la quietud matutina.A pesar de que las incursiones subterráneas en la estación y el enfrentamiento en l
La oscuridad del monte bajo en la compañía Caacupé-mi no era una simple ausencia de luz; se sentía como una sustancia viva, espesa y pesada, que se adhería al rostro y ralentizaba los movimientos. A pocos metros de distancia, en el lecho seco de la cañada, el ejemplar joven de Ao Ao continuaba su labor frenética. Sus garras delanteras, largas y afiladas como cuchillas de acero, raspaban la roca arenisca con un sonido metálico y chirriante que perforaba los oídos. Las piedras saltaban despedidas hacia atrás, golpeando los matorrales con fuerza mientras la bestia dejaba escapar buidos roncos y desesperados.El comisario Nagel permanecía inmóvil, agazapado detrás de un tronco grueso de yvyrá pytã cuyas raíces superficiales servían de trinchera natural. Tenía el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, manteniendo el equilibrio sobre sus botas, con la pistola firmemente sujeta entre ambas manos. Su respiración era un ejercicio de control absoluto: inhalaba despacio por la nariz, reten
La camioneta patrulla avanzaba a los tumbos por el camino vecinal de tierra roja que serpenteaba hacia las estribaciones de la compañía Caacupé-mi. Las luces delanteras cortaban la negrura de la noche, proyectando haces de luz que danzaban sobre los matorrales tupidos y los postes de alambrado caídos. A los lados del camino, el monte cerrado de Areguá parecía una muralla impenetrable, un abismo verde que guardaba celosamente los secretos más oscuros de la mitología guaraní.En el asiento del acompañante, el comisario Nagel mantenía la vista fija en el horizonte, con la mano derecha apoyada instintivamente sobre el mango de la nueve milímetros. Su respiración era pausada, casi imperceptible, acompasada por el ronroneo constante del motor forzado contra los baches del terreno.—El hombre que llamó vive en el límite mismo donde terminan los potreros y empieza la reserva forestal que trepa hacia los cerros —explicó Matías, aferrando el volante con ambas manos para evitar que el vehículo p
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