El aire de la noche era un filo helado que se clavaba en la piel. Frente a ella, Alberto extendía la mano, los dedos temblorosos, como una súplica silenciosa que lo desnudaba por completo. Sus ojos, cargados de una tormenta que Ana aún no lograba descifrar, parecían rogarle que viera más allá de la sangre, más allá de las palabras venenosas de Marina: Es un asesino, cariño.Ana sentía el peso de su propia duda como un veneno que se mezclaba con el recuerdo reciente de la camioneta: manos ásperas, aliento rancio, el terror que aún le quemaba la piel. Él la había salvado tres veces. Y ahora, en ese callejón bañado por la luz ámbar de un farol, le pedía que confiara en él una vez más.Entonces el tiempo se fracturó.Una sombra se alzó detrás de Alberto, rápida y silenciosa como un depredador que surge de la oscuridad. Era el hombre del bigote, el líder de los maleantes. Su rostro magullado estaba torcido por una furia que destilaba venganza pura. La navaja brilló un instante bajo la luz d
Última actualización : 2025-10-06 Leer más