El consultorio de Fischer en el piso catorce nunca había parecido tan pequeño, tan sofocante. Cassandra estaba sentada en una de las sillas rígidas que habían sido colocadas frente al escritorio de vidrio templado, con las manos entrelazadas sobre su regazo y la espalda tan recta que cada vértebra protestaba con dolor sordo. A su lado, separado por exactamente treinta centímetros que podrían haber sido kilómetros, Sebastián mantenía una postura similar: contenida, controlada, preparada para el siguiente golpe.Fischer los observaba desde el otro lado del escritorio con esa expresión clínica que Cassandra había llegado a odiar con una intensidad que la sorprendía. El terapeuta—si es que ese título podía aplicarse a alguien que funcionaba más como verdugo que como sanador—tenía la tablet abierta frente a él, y la luz azulada de la pant
Última atualização : 2026-01-25 Ler mais