El agua fría cayó sobre las rosas blancas del jardín trasero. Isidora Almonte movía la regadera con cuidado, como si el ritual la protegiera de lo que venía después. Sus manos, delgadas y pálidas, sabían exactamente cuánto necesitaba cada planta.—Las flores no van a salvarte —dijo Clara desde la puerta.Isidora no levantó la vista.—A ti tampoco te salvaron los zapatos de diez mil pesos.Clara no respondió. Isidora oyó el golpe de sus tacones alejarse por el mármol, rápido, cortante, el sonido de alguien que no esperó lo que recibió. Dejó la regadera en el suelo.—Rafael te quiere en su oficina —repitió Clara desde adentro, ya sin dignificar la conversación con su presencia—. Ahora.* * *La oficina olía a cuero caro y a decisiones mal tomadas. Rafael estaba detrás del escritorio que había pertenecido a su padre, y cuando levantó la vista al verla entrar, algo en su expresión no era la presión habitual. Era otra cosa. La calma del que ya ha jugado una mano.—La empresa está al borde —
Última actualización : 2025-09-05 Leer más