Solo podía temblar de pies a cabeza, con la sangre brotando sin parar de sus heridas...Eché un vistazo a Gabriel, hecho un desastre a lo lejos, y luego miré a los guardaespaldas de los Montes, que seguían anonadados. Dije: —¿Y ustedes? ¿No se van a largar ya con su señorito inútil?—¿Qué hacen aquí estorbando? ¡Si se les muere!Al oír mis palabras, los guardaespaldas reaccionaron de golpe. Tenían la cara llena de pánico.Sin perder tiempo, agarraron a Gabriel y salieron pitando.—Señor Sánchez, ahora que ese inútil se fue, ¿ya está contento?—¡Ay, díganos algo, sálvenos! ¡Ellos sí que nos quieren matar a golpes!Esteban, al ver que se llevaban a Gabriel, pensó que yo ya me había calmado. Se acercó de inmediato, adulón y servil.Pero yo ni siquiera lo miré.Enseguida, los parientes de los Díaz, cegados por la pelea, lo arrastraron de vuelta al lío.—Vaya espectáculo. Con que venían a adular a usted.—Esta familia... ¡es de lo más ridículo que he visto!En ese momento, Pedro, a mi lado,
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