La mansión nos recibió con un silencio de tumba.El servicio doméstico estaba alineado en el vestíbulo, como siempre. Mismos uniformes impecables. Mismas posturas sumisas. Pero sus ojos... sus ojos eran diferentes. Ya no había respeto reverencial. Había curiosidad. Morbo. Habían visto las noticias. Sabían que los reyes estaban desnudos.—Preparen té para la señora —ordenó Sebastián sin detenerse, arrastrándome hacia el despacho principal.Entramos en su santuario. Olor a madera vieja, tabaco y cuero. Cerró las puertas dobles y puso el seguro. Solo entonces soltó el aire que parecía haber estado conteniendo desde Zúrich.—Montero está en camino —dijo, aflojándose la corbata y tirándola al sofá—. Quiero saber cuánto le pagaron al juez. Quiero nombres, cuentas, fechas.Yo me dejé caer en un sillón orejero frente al ventanal. La vista de la ciudad era espectacular, un mar de luces doradas que ocultaba la podredumbre. Me sentía agotada. Vieja.—No importa cuánto pagaron, Sebastián —dije, m
Última atualização : 2025-12-29 Ler mais