Perdí el control. Me desabroché los pantalones a toda prisa y, con el pulso acelerado, me acerqué a sus curvas blancas y firmes…Cuando estaba en lo mejor de la acción, alguien comenzó a golpear la puerta desde afuera.—¡Por favor, abra!Me subí los pantalones en un segundo. La señora Olivia y yo contuvimos el aliento, quedándonos muy quietos para fingir que el consultorio estaba vacío.—¿No hay nadie? Qué raro, juraría que escuché al doctor hablar hace un momento.Toc, toc, toc.Los golpes volvieron a sonar, esta vez con más urgencia.—¿Está ahí? A mi hija le duele mucho la panza.Su hija estaba a punto de dar a luz y yo me había encargado de sus revisiones durante todo el embarazo. Era serio y no podía tomarlo a la ligera.—Ya voy, señora Rosa, es que me quedé dormido —respondí mientras me terminaba de acomodar la ropa. Le hice una seña a Olivia para indicarle que tenía que salir un momento.Pero ella, que estaba en pleno clímax, no quería dejarme ir así de fácil. Me sujetó con fuer
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