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Capítulo 2

Autor: Moonich
Solo pensaba en sostenerla con ambas manos para ayudarla a abotonarse o decirle que se le había soltado el brasier.

—¿Y en dónde siente el hormigueo? —pregunté distraído.

La señora Olivia me dio un empujoncito con timidez. Capté a qué se refería. No podía ser en otro lado; lo entendí al segundo. Tratando de controlar la reacción de mi cuerpo, seguí con las preguntas de rutina:

—¿Qué tipo de malestar tiene?

Se mordió el labio con la cara roja hasta las orejas. Su voz sonaba dulce y provocadora, como si me estuviera tentando.

—Es que... siento que me brinca por dentro. Es muy feo, me da mucho hormigueo y hasta siento que se me inflamó... revíseme bien.

—¿Y usted no se ha revisado?

—Ay, ¿cómo cree? Me daría mucha pena. —Me dio una palmadita suave, casi como un juego.

Lo entendí todo. Seguro era ginecológico o, de plano, solo tenía ganas.

“Le da vergüenza ir a un hospital, pero quiere que yo le haga el favor”.

Sentí que el corazón me latía a mil. Me preguntaba si quería que la ayudara a calmarse, como hacían los doctores de antes. Pero era la mamá de mi novia. Sería muy incómodo, ¿no?

Si fuera cualquier otra mujer, ya me habría ofrecido. Me daba miedo que Clau se enterara, pero se me marcaba todo el bulto en el pantalón. Hacía mucho que no estábamos juntos.

La extrañaba cada noche desde que se fue de viaje, y su mamá era como una versión mejorada de ella. Cuando jugábamos antes de empezar, a mi novia le gustaba fingir que era mi paciente. Yo siempre caía y terminaba haciéndole una revisión bien completa. Ahora, con ella poniendo esa misma cara, no sabía cómo iba a resistir.

—Quizá sería mejor que... —Intenté negarme y sugerirle que fuera a otra clínica, pero no me dejó terminar.

Se levantó moviendo las caderas y apretando las piernas.

—¡Ya no aguanto, Isma! ¡Me siento muy mal!

Se fue al área de revisión, donde estaba el baño y la camilla. No sabía si entrar, pero sus jadeos ya se escuchaban desde afuera. Estaba muy excitado y quería entrar de una vez, pero intenté contenerme.

—¡Ven rápido!

Ese grito acabó con lo que me quedaba de razón. Entré corriendo y la vi boca abajo en la camilla. Tenía las piernas cruzadas y la falda negra se le había subido, dejando ver su lencería de encaje. Aparté la mirada y me acerqué.

—¿Cómo se siente ahora?

—Ayúdame, por favor. Me siento muy mal... —Tenía los ojos llorosos y estaba sudando. Me daban ganas de callarla a besos.

—¿Y cómo quiere que la ayude? —Mi mente estaba en blanco.

—Revísame, a lo mejor me salió un granito. Deme mi medicina...

Me puse unos guantes nuevos y me desinfecté.

—¿Segura que quiere que la revise?

Asintió escondiendo la cara en la camilla. Como vio que no me movía, levantó la cadera y me buscó las manos con desesperación.

—Ándale, Isma... por favor...

No pude más. Le subí la falda hasta la cintura y le bajé las medias. Sus piernas quedaron al descubierto.

—Está bien, la voy a revisar.

Me pegué a ella y empecé a tocarla. No tenía ningún granito; lo que pasaba es que llevaba años sin que nadie la atendiera. Se movía cada vez más, chocando contra mí. De pronto, su cuerpo y mi bulto se rozaron a través de la tela.

—Aún lo siento...

¡Entonces me agarró con fuerza lo que tenía entre las piernas!
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Último capítulo

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