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La Dulce Leche De Mi Suegra
La Dulce Leche De Mi Suegra
Author: Moonich

Capítulo 1

Author: Moonich
Me llamo Ismael Ramos y trabajo en un consultorio privado. A veces, algunos pacientes prefieren no venir de día y me visitan ya muy tarde. Este día me tocó recibir a alguien conocida: la mamá de mi novia, la señora Olivia Torres.

Aunque ya pasa de los cuarenta, parece de treinta. Tiene un cuerpo tentador, con curvas muy bien puestas y una cintura bien definida que resalta su madurez.

Siempre trae faldas de piel ajustadas y blusas que dejan sus hombros al aire; le encantan las medias de encaje y los tacones altos. Cuando camina, ese movimiento de caderas no deja que uno mire para otro lado. Cada vez que la veo, siento que me pone a prueba.

—¿Qué hace por acá a estas horas? Si necesitaba algo, Clau me pudo haber avisado.

Me levanté para recibirla y le sostuve el brazo con cuidado. Su piel se sentía tan suave que por un momento perdí la concentración.

—Es que Clau me dijo que era un tema delicado, que mejor viniera yo sola —respondió ella con pena, bajando la mirada.

Como soy más alto que ella, me fue imposible no fijarme en su escote, donde su par de grandes atributos se robaba toda mi atención. Intenté controlar mis instintos y la miré a los ojos.

—¿Se siente mal? ¿Le pasa algo? —le pregunté preocupado.

—Ay, es que me da mucha vergüenza —dijo mientras se tapaba la cara con las manos. Tenía las orejas rojas de la pena.

Sentí que el calor se me subía a la cabeza.

—Solo estamos nosotros dos. Si quiere, dígame al oído qué le pasa.

Me acerqué un poco y ella se inclinó para susurrarme.

—Te voy a contar, pero por favor no te vayas a burlar de mí.

Su aliento me rozó la oreja y ese aroma a leche tan suyo, igualito al de Clau, me llegó a la nariz. Solo alcancé a asentir con la cabeza.

Clau me decía que su mamá se bañaba con leche para tener la piel suave, por eso ella también lo hacía. Por eso siempre olían tan rico.

A mí siempre me han gustado ese par de atributos de mi novia, pero los de Olivia son otro nivel; están en su punto y se nota que la ropa apenas puede con ellos. En serio que está para comérsela. Sin querer, me acerqué demasiado a su piel y, al sentir lo caliente que estaba, me regañé mentalmente y me hice un poco hacia atrás.

Pero ella no pareció darse cuenta. Me tomó del brazo y me puso una mano cerca de la oreja para seguir con el secreto.

—Me tienes que prometer que esto se queda entre nosotros.

Sentía ráfagas de aire caliente en el oído y tuve que pasar saliva. La ayudé a sentarse en el sofá y le dije que iría por un poco de agua, más que nada para calmarme yo.

—Siéntese aquí y cuénteme con calma.

Cuando regresé con el agua, vi que no dejaba de moverse en el sofá, como si no hallara posición.

—¿Qué tiene? ¿Se siente incómoda?

—No me has prometido nada —respondió con la cara roja, moviéndose de un lado a otro mientras esperaba que le diera mi palabra.

—Está bien. No le voy a decir a nadie, ni a Clau. No me voy a burlar, se lo juro por lo que más quiero.

Solo entonces se animó a hablar, aunque con mucha timidez.

—En realidad llevo varios días sintiéndome mal.

—¿Y en dónde le molesta?

Me agarró del brazo y se acercó tanto que sentí el roce de su pecho. Con el movimiento de su respiración, no podía dejar de mirar.

—Siento un hormigueo ahí abajo.

Como su blusa estaba un poco floja, desde mi posición podía verlo absolutamente todo.
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