Cuando Amada tenía dieciocho años, le pidió dinero prestado a Alejandro.Lo hizo para poder recuperar el brazalete de su madre en una subasta.En ese entonces, Alejandro ya tenía veintitrés años. Era el heredero del Grupo Navarro; aunque aún no tenía el control absoluto, eso no le impedía ser inmensamente rico.Amada pensó que, si se lo pedía a él, seguramente aceptaría.Pero cuando escuchó su petición, Alejandro estaba sentado en su silla ejecutiva y, sin siquiera levantar la cabeza, dijo que no.Por más que Amada le suplicó, él no cedió. Al final, ordenó a Lautaro que la sacara del despacho.Justo en el instante en que la puerta del despacho se cerró, Alejandro alzó la mirada y la observó una vez.Esa mirada era como un abismo sin fondo, estremecedora.—Con lo joven que eres y ya estás pensando en pedirme dinero prestado… ¿Qué más quieres?Habían pasado tantos años y, aun así, esas palabras parecían seguir resonando en sus oídos.Lo que jamás imaginó fue que aquel brazalete terminar
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