Cuando Amada salió de la comisaría, ya era de madrugada.Afuera, la nieve caía sin pausa.Los pocos transeúntes que pasaban la miraban de reojo: el rostro marcado por las heridas, el cabello revuelto, caminando con dificultad, arrastrando una pierna.Ella, en cambio, ignoraba por completo las miradas y los murmullos.Con pasos pesados, mantuvo la vista fija vacía en su celular de pantalla rota.Los dedos, manchados de sangre, le temblaban mientras marcaba el número.—Tuu... Tuu...Como siempre. Igual que antes, cuando la golpeaban.Nadie respondió.Un copo de nieve se posó en sus pestañas. Parpadeó una vez, y el agua derretida se mezcló con el brillo de sus ojos.Esbozó una sonrisa amarga, cargada de burla hacia sí misma.“Qué patética...”Justo cuando su mano cayó, sin fuerzas.En el último segundo, la llamada se conectó.—¿Qué pasa?La voz de Alejandro, fría y distante, sonó del otro lado del celular.La mano de Amada se crispó de inmediato alrededor del aparato. En su rostro pasó u
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