—¡No! —Un sabio se incorporó de un salto, desesperado—. ¡Debe haber una forma! ¡Gran chamán, por favor, sálvenos!Ella negó con la cabeza en un gesto solemne.—No es posible resucitar a un compañero caído; un heredero asesinado no tiene retorno. Esta maldición es inquebrantable.Tristan se puso en pie y avanzó tambaleante hacia ella.—¿Y qué pasará con nosotros? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Cuánto tiempo nos queda a Ronan y a mí?La chamán le dedicó una mirada de lástima. En el rostro de Tristan, divisó la sombra de la muerte: era la señal inequívoca de que el alma de lobo se extinguía.—En tu estado actual... —calculó, deteniéndose un instante—, tres meses. En ese tiempo, sus almas se desvanecerán por completo y la vida los abandonará.Al escuchar la sentencia, Ronan se desplomó contra el suelo.—Tres meses... —murmuró para sí mismo— solo tres meses.—¡Los Alfas necesitan tratamiento! —exclamó el médico de la manada al irrumpir en la estancia—. ¡Haga algo, se lo suplico!La chamán
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