El comedor principal de la mansión Meléndez ya estaba iluminado por la tenue luz gris de la mañana cuando Victoria entró primero. El aroma a café recién hecho, mantequilla y pan caliente llenaba el ambiente con una calidez hogareña que contrastaba de forma absurda, casi grotesca, con la tensión asfixiante que ella todavía cargaba encima desde la noche anterior. O, siendo más honestos, desde hacía semanas. Adele levantó inmediatamente la mirada de su taza al verla cruzar el umbral. Y apenas distinguió el pequeño pero evidente vendaje clínico en el brazo de Victoria, su expresión de matrona implacable se suavizó con una preocupación genuina. —Victoria, querida… —pronunció Adele, dejando la porcelana de lado. La anciana se puso de pie enseguida, haciendo gala de una elegancia innata, y caminó hacia ella a paso apresurado. —Me enteré de lo que pasó anoche en ese maldito almacén —dijo, tomándola con delicadeza de las manos—. ¿Cómo te sientes? ¿Estás realmente bien? Victoria intentó fo
Última actualización : 2026-06-16 Leer más