Después, ella se dejó caer en mis brazos, sintiéndose débil, mientras yo la sostenía con una mano y seguía embistiéndola con fuerza.El caballo no dejaba de correr, así que jalé las riendas para que por fin se detuviera.Mi deseo estaba por alcanzar el límite; ya no podía aguantar más. Sostuve la cabeza de Lulú y acomodé mi hombría para que entrara en su boquita.—No traigo nada para limpiarme, Lulú, así que tómatelo todo.Ella, como si le encantaran esas cosas, comenzó a lamer con ganas hasta que se bebió todo de un solo trago.Al verla así, me sentí muy satisfecho. El cielo empezaba a oscurecer y mi trabajo del día ya casi terminaba.—Ya me tengo que ir, Lulú. Te llevo a tu casa —le dije.Ella solo asintió.Me subí al auto y manejé para dejarla en su casa. Como acabábamos de tener intimidad, no quería que su padre, Lucio Estrada, me viera con ella. Estacioné el auto una calle antes y hablé.—Lulú, no voy a subir. Adelántate tú.—Está bien, padrino.Lulú bajó del auto y caminó hacia s
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