—¡Sálvame, Mariana, lo siento, reconozco que me equivoqué!Me limité a mirarla con frialdad, sin intención de ayudarla.Entre esta vida y la anterior, ya no le debía nada.Esa fábula de la serpiente y el campesino la aprendí de chica, y nunca se me olvidó.Al verme inmóvil, Valentina empezó a maldecir:—Mariana, ¿por qué? ¿Por qué tú tienes que vivir mejor que yo? ¡Tú me quitaste todo! ¡La que debería morir eres tú!La miré, y una sonrisa irónica cruzó mis ojos.—Valentina, no te debo nada. Que te cambiaran al nacer no fue culpa mía, sino descuido de los García. Además, yo solo era una niña adoptada. ¿Cómo puedes decir que ocupé tu lugar? Todo lo que querías, te lo cedí. Tanto en esta vida como en la anterior, todo fue tu elección. Si alguien debe algo, eres tú quien me lo debe a mí.Al oír mis palabras, su rostro se distorsionó, pero el veneno del pantano ya no le permitía hablar.Solo podía ver cómo su cuerpo se consumía lentamente.Mientras se hundía en el pantano, mis ojo
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