En el momento en que se dio la orden, Dante colapsó por completo.Quedó atrapado en aquella jaula dorada, con la mente consumida por la obsesión. A cada instante, quería romper el cerco de los guardias, correr a mi lado y exigirme una explicación.¿Fue solo porque, en un arranque de enojo, dijo que yo no podía asumir el papel de su esposa? ¡Eran palabras vacías, dichas sin pensar en el calor del momento! ¿Cómo era posible que, por esa maldita ley ancestral, yo fuera capaz de abandonar tan fácilmente nuestros siete años juntos?En su mente distorsionada, mi partida seguía siendo solo un "malentendido" o una "rabieta" que podía explicarse… algo que aún podía arreglarse.Hasta que, un día, Livia logró colarse entre los guardias y apareció frente a su puerta. Llevaba un vestido sencillo y elegante, con un maquillaje delicado, intentando desesperadamente imitar la dulzura que yo alguna vez tuve.—Dante…Dante ni siquiera levantó la cabeza. Su voz era fría como el hielo.—¿Quién la de
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