En cuanto la puerta se cerró, Alessio Moretti me rodeó por detrás y me apretó contra él.—Marcella, escúchame… —dijo con una voz, ligeramente temblorosa, rozó mi oído—. Lo mío con Bianca es imposible. Tú lo sabes.No me moví.Ese abrazo que antes se sentía como un refugio… ahora era una jaula que me asfixiaba.—Todo terminó el día que se fue, hace tres años —insistió, casi suplicando—. Lo único que quiero ahora es una vida contigo… y con nuestro hijo.Me solté de su agarre y caminé hasta el tocador.Allí estaban, perfectamente alineados, los suplementos prenatales: ácido fólico, calcio, hierro… todo lo que una futura madre necesitaba. Durante tres meses, Alessio se había asegurado de que los tomara. Todos. Y cada. Uno. De los días.Ahora solo estaban ahí… burlándose de mí.Pasé de largo y me dirigí a la cama.—¿Marcella? —su voz sonó confundida—. No has tomado tus suplementos.Lo ignoré, me acosté y me cubrí con las sábanas.—¡Marcella! —su tono subió—. ¿Qué estás haciendo?Cerré los o
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