Ramón me miraba con saña, y a sus pies brillaba la hoja blanca de una navaja. Por dentro sentí un impulso: lanzarme contra él y matarlo. Pero la razón me detuvo.Puse las manos detrás de la espalda y, en silencio, marqué el 911…Mi padrastro siguió hablando.—Ustedes dos nacieron para ser mis juguetes. Ya me cansé de la vieja; ahora quiero jugar con la nueva. Si se portan bien y me hacen caso, les prometo llevarlas de vuelta y olvidar todo lo que pasó.Mi mamá, tirada en el piso, gritó:—¡No! ¡Lunita, vete, no te preocupes por mí! Ramón es un animal, me equivoqué con él, estaba ciega.Ramón le dio una patada en el estómago a mi mamá.—Cállate, vieja de mierda, no me arruines la fiesta.Al ver cómo la pateaba, sentí un dolor desgarrador.—No le pegues a mi mamá. Borraré el video, y nunca más te vuelvo a molestar, ¿está bien?La voz me temblaba al hablar, pero la fuerza que sentía para proteger a mi mamá me sostenía firme.Ramón se rio.—¿Y por qué te voy a creer? Si las dejo ir, ¿qué ta
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