Sin embargo, no era el veneno lo que estaba a punto de quebrar sus nervios de fotógrafa acostumbrada a las crisis bélicas; era la paranoia, esa metástasis psicológica que se alimentaba de la revelación de que la princesa Zahra, desde las celdas profundas o a través de sus delegadas, seguía siendo la mente maestra a cargo de cada centímetro del harén. Elena comprendía finalmente que, en este laberinto de caras dobles, ya no podía confiar en sus propios ojos. La psicología del encierro prolongado, la necesidad de sobrevivir al capricho de un Emir y a la crueldad de los clanes del este, había convertido a las mujeres del palacio subterráneo en actrices perfectas del engaño. Cada sonrisa era un filo potencial; cada lágrima, una estrategia de distracción; cada gesto de sumisión, un velo diseñado para ocultar una ambición feroz o un terror inconfesable. A mitad de la galería, Elena pasó junto al diván donde Layla se encontraba arrodillada, remendando con un hilo de oro los bordes de una
Última actualización : 2026-05-30 Leer más