Doscientos noventa y ocho años después de aquella noche legendaria.El Valle de la Manzana había alcanzado su máxima expresión. Los árboles dorados no solo cubrían el paisaje; lo definían. Sus raíces se entrelazaban bajo la tierra como una red viva que conectaba a todas las comunidades del mundo. Sus frutos se usaban en rituales de iniciación, en bodas, en nacimientos y en funerales. Cada mordisco era un acto de memoria colectiva.Lira XXIV, de cuarenta y un años, caminaba sola por el sendero que llevaba al corazón del bosque ancestral. Su cabello negro, salpicado de algunas canas plateadas, caía en ondas suaves hasta la mitad de la espalda. Sus ojos, aún brillantes con vetas doradas y plateadas, reflejaban una madurez profunda. Ya no era la joven impulsiva que plantaba semillas con fervor. Era una mujer que había visto generaciones nacer y crecer bajo el legado de sus bisabuelos.A su lado, caminando en silencio, estaba su nieta de diecisiete años, Sol VII, quien llevaba el nombre co
Última actualización : 2026-05-30 Leer más