La puerta volvió a abrirse, pero quien entró no fue Damián, sino César, arrojado al interior de la habitación.Al verlo de nuevo, Clara sintió que, por un instante, el alma se le desprendía del cuerpo. Era un miedo imposible de describir, un miedo que nacía desde lo más profundo.Y ese miedo no venía solo de César, sino también del hombre que estaba al otro lado de la puerta.Ella sabía que Damián realmente era capaz de hacerlo.Antes, cuando César la llevó ahí, solo había sentido asco y humillación. Todavía conservaba la esperanza de que Araceli llegara a salvarla.Pero ahora, incluso esa última fantasía se había desmoronado.Solo quedaba Damián, controlando su vida, su muerte y su futuro.César tampoco entendía qué estaba pasando. Maldijo en voz baja en doralunés.Pero, al ver a Clara tendida sobre la cama, el deseo volvió a encenderse en su cuerpo. Tal vez por rencor, tal vez porque pensó que ya no había peligro, entrecerró los ojos y se acercó otra vez.Esta vez no actuó con la
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