No seré tu amante

No seré tu amante

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Clara Molina permaneció tres años al lado de Damián Aguilar, viviendo bajo su sombra, y sabía mejor que nadie lo desenfrenado que era en realidad. Por casualidad, alcanzó a ver el verdadero rostro que Damián escondía bajo esa apariencia refinada. Desde entonces, solo quiso mantenerse lo más lejos posible de él, pero él se empeñó en no darle ese gusto. Para separarse de Damián, Clara siguió el consejo de una amiga y recurrió a medidas un tanto extremas. Tal como esperaba, Damián fue quien tomó la iniciativa de marcar distancia. Lo que jamás imaginó fue que, el día que volviera a casa con su prometido, Damián la acorraló en el baño y le mordió la oreja con malicia. —¿No decías que, si en esta vida no podías casarte conmigo, te ahorcarías el día de mi boda? Para Clara, todo lo que había entre Damián y ella se resumía en una sola palabra: transacción. Pero cuando una fuerte nevada bloqueó los caminos, quien salió a buscarla sin importarle el peligro fue Damián. Cuando quedó atrapada en el centro de una tormenta de rumores, despreciada y condenada por todos, Damián fue el único que volvió a creer en ella. A Clara, Damián alguna vez la menospreció, la humilló... y al final, terminó rindiéndose ante ella. “Quiero los ojos de la noche interminable; unos ojos que solo te miren a ti.”

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1화

Capítulo 1

Cuando Clara se enteró de que Damián iba a comprometerse, la habitación estaba húmeda, envuelta en una bruma espesa.

Apenas alcanzó a mirar la notificación de la noticia en su celular cuando Damián pareció notar que se había distraído...

Damián siempre había sido exigente en la cama, y Clara debía entregarse por completo cada vez.

Clara apartó aquellos pensamientos, deslizó el celular debajo de la almohada, le rodeó el cuello con los brazos y, entre jadeos, dijo:

—Así me incomoda.

Sus hermosos ojos estaban cubiertos por una humedad brumosa, cargados de una sensualidad irresistible.

Su voz era suave, dulce, casi como si estuviera haciendo un berrinche.

Damián entrecerró sus ojos negros, y en el fondo de su mirada se agitó una corriente oscura.

No fue sino hasta las dos de la madrugada que el movimiento dentro de la habitación por fin se detuvo.

Clara, acostada boca abajo sobre la cama, sacó el celular.

Al desbloquearlo, descubrió que todas las plataformas hablaban de la misma noticia: el hombre al frente del Grupo Aguilar y la señorita Carrillo estaban a punto de comprometerse.

Probablemente ella había sido la última en enterarse.

Unos minutos después, el sonido del agua en el baño se detuvo y Damián salió.

Clara giró la cabeza y lo miró sin el menor recato.

Damián tenía hombros anchos, cintura estrecha, abdominales definidos y esas líneas musculares marcadas a ambos lados del abdomen.

Sumado a ese rostro perfecto, sin importar desde qué ángulo se le viera, era una verdadera obra maestra.

Él tomó una camisa limpia que estaba a un lado y se la puso.

La abotonó desde abajo hasta el cuello, cubriendo por completo todo aquello que antes quedaba expuesto.

Cada vez que Clara lo veía recuperar poco a poco esa apariencia impecable y elegante, no podía evitar chasquear la lengua.

Si no fuera porque diez minutos antes había estado tan descontrolado...

Quizá ella también pensaría, como todos afuera, que era un hombre frío, contenido, digno e intocable.

Después de vestirse, Damián por fin dirigió la mirada hacia ella.

Su voz ya no tenía la ronquera de antes; sonaba clara, indiferente.

—La próxima semana no vendré.

Clara habló al mismo tiempo:

—Terminemos. La persona que me gusta va a volver al país.

Las dos voces se superpusieron.

Un instante después, la habitación volvió a quedar en silencio.

Un silencio mortal.

Damián frunció el ceño de manera evidente, y la presión en el ambiente cayó de golpe.

—Repítelo.

Clara le sonrió con una expresión inocente, se incorporó y repitió:

—La persona que me gusta va a volver al país. Ya es momento de terminar esta relación.

Damián levantó la mano y le sujetó la barbilla.

Sus ojos negros se entrecerraron con peligro.

—¿Qué crees que soy para ti?

Al ver que se había enojado, Clara intentó calmarlo con una voz complaciente:

—Tú eres mi benefactor. Desde el principio acordamos que cada quien obtendría lo que necesitaba, sin meter sentimientos de por medio, y que cualquiera de los dos podía terminar esto cuando quisiera. Durante estos tres años nos llevamos bastante bien, y el dinero que gastaste en mí tampoco fue en vano, ¿no?

Damián la miró en silencio, con una expresión sombría.

Clara señaló la hora y le recordó:

—Ya es hora de que salgas del trabajo... de que te vayas.

La mirada de Damián se volvió fría.

Su mano se cerró sobre la cintura de Clara.

Aunque Damián no era precisamente amable con ella, cada vez que iba a verla era para satisfacer sus necesidades.

En ese tipo de asuntos, lo principal era la complicidad entre ambos; si una de las partes no estaba cómoda, la otra tampoco podía disfrutarlo del todo.

Pero ahora...

Clara sabía que, al haber aceptado su dinero, tenía que servirle de distracción.

No tenía derecho a opinar. Aunque le doliera, debía soportarlo en silencio.

La costosa tela de la camisa de Damián rozaba su espalda lisa, mientras aquellas manos de dedos largos y definidos hacían cosas que contrastaban por completo con su apariencia honorable.

Sus labios delgados se pegaron al contorno de su oreja, y su voz baja sonó como un susurro íntimo entre amantes.

—La persona que te gusta... ¿sabe que te acostaste conmigo durante tres años?

Pero las palabras que pronunció fueron como el murmullo de un demonio.

Clara sintió que él la estaba humillando a propósito.

Y lo cierto era que sí lo había conseguido.

Su respiración cambió de forma evidente.

Damián soltó una risa baja, cargada de desdén.

—Conque te gusta oír esas cosas.

Clara hundió la cabeza entre las sábanas y trató de regular la respiración para sentirse un poco mejor.

Un momento después, Damián dejó de prestarle atención.

Tomó varias toallitas húmedas de la mesa de noche y se limpió con calma y pulcritud.

Luego, Clara lo escuchó decir:

—Pensaba darte tres millones de dólares, pero parece que ya no hace falta.

Se dio la vuelta y salió a grandes zancadas.

Clara esperó hasta oír el sonido de la puerta al cerrarse. Solo entonces se incorporó lentamente y entró al baño.

Aunque le daba un poco de lástima, siempre había creído firmemente que uno solo recibía en la medida en que daba.

Si aceptaba esos tres millones de dólares, temía que algún día la vida se los cobrara.

Además, durante todos esos años ya había recibido bastante dinero de Damián.

Se quitó el cansancio bajo la ducha.

Cuando salió, no pudo evitar quedarse un poco distraída.

Ella y Damián se habían conocido tres años atrás.

En aquel entonces, Clara trabajaba medio tiempo en un club privado, y había un cliente que no dejaba de acosarla.

Cuando por fin decidió renunciar, ese mismo cliente la drogó.

No sabía cómo había logrado escapar.

Lo único que recordaba era haber despertado, abrir los ojos y encontrarse en la cama de Damián.

Damián ya estaba vestido.

Su porte era frío, distante, lleno de una elegancia intimidante.

Con voz serena, le preguntó:

—Te doy doscientos mil dólares. ¿Quieres estar conmigo?

En ese momento, Clara se sintió profundamente humillada.

Pero las cosas ya habían llegado a ese punto. ¿De qué servía aferrarse a nada?

Su dignidad no valía, ni de lejos, doscientos mil dólares.

Lo más importante era que necesitaba dinero.

Además, una oportunidad así, en la que alguien salía ganando sin tener que hacer gran cosa, no se le presentaba a cualquiera.

Ella preguntó:

—¿Cuánto recibiría por estar contigo?

Damián curvó los labios con sarcasmo, como si ya hubiera previsto su respuesta.

Su voz sonó aún más fría y plana.

—Doscientos mil dólares al mes.

Clara aceptó enseguida.

—Está bien.

Y así, Clara estuvo con él durante tres años.

Damián solía ir a verla una vez por semana, casi siempre en un día fijo, y para ella era como tener un trabajo de medio tiempo los fines de semana.

Fuera de eso, no tenían ningún otro vínculo.

Clara consideraba que, como compañera de cama, había cumplido bastante bien.

Fuera de la cama, era como si no existiera.

Damián le daba doscientos mil dólares al mes; visto así, era una ganga.

Clara apartó aquellos recuerdos y recogió sus cosas sin complicarse.

Ella no vivía ahí. Solo iba con anticipación para esperarlo.

Se puso el abrigo. Apenas llegó a la puerta, su celular sonó.

Del otro lado, la voz emocionada de su amiga Araceli llegó de inmediato:

—¡Clara, escuché que Ricardo va a volver al país!

Al oír aquello, el bolso se le cayó de las manos.

La voz al celular seguía hablando, pero Clara ya no escuchaba nada.

Solo sintió el pecho pesado, como si algo le oprimiera el corazón.

Nunca imaginó que la mentira que había usado media hora antes para engañar a Damián se volvería realidad.

Ricardo Cabrera era el hombre que le había gustado durante mucho tiempo. También era aquel amor de juventud que había guardado en el corazón.

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