Justo en ese momento, el autobús se detuvo. En esta parada subía y bajaba bastante gente. Al ver cuánta gente salía, me aterró que don Luciano, a mi espalda, me reconociera.Y más porque Karla también iba ahí; yo con su papá... eso sí que daba vergüenza.Aunque lo disfrutaba, e incluso me dio algo de desgano y pena alejarme, seguí a la multitud y me fui hacia donde estaba Luka.Por alguna razón, don Luciano no me siguió.Cuando llegué junto a Luka y Karla, él me vio la cara sonrojada, movió los ojos con picardía, me rodeó con un brazo, me recargó a su lado contra la pared del autobús y me dijo:—Nena, hasta que te animaste a buscarme. Perdóname; hoy en la noche me tomo dos pastillas y te juro que te dejo bien satisfecha.Que Luka necesitara pastillas para rendir me ponía triste. Sin querer, me vino a la mente el cuerpo vigoroso del papá de Karla. Sentirlo restregándose así contra mí, y si de verdad llegara a pasar algo... Con eso en la cabeza, le respondí a Luka con un “ajá” distraído.
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