En Uruguay, Alessandra Morán Giménez llevaba toda la mañana encerrada en el estudio de su familia preparando algunas de las canciones que formarían parte de su próximo disco. Había repetido el mismo fragmento varias veces hasta que su tío Cristian Ortega, desde el otro lado del vidrio, levantó una mano para indicarle que podían descansar. Alessandra se quitó los auriculares y salió de la cabina con el teléfono entre los dedos. La pantalla volvió a iluminarse en ese momento. Sonrió antes siquiera de abrir el mensaje, apenas vio de quién era. Franco, que estaba sentado en uno de los sillones revisando unos papeles, la observó por encima de sus lentes. —¿Quién te está escribiendo, hija? Alessandra bloqueó la pantalla demasiado rápido. —Nadie, pa. Franco arqueó una ceja. —Claro. Nadie te hace sonreír así. Ella le sacó la lengua y soltó una risa antes de dejar el teléfono sobre la mesa donde su padre estaba trabajando en una composición. —¿Qué? —Nada. Hace varios d
Última atualização : 2026-08-28 Ler mais