Isabella no reaccionó hasta que Emiliano la llamó por segunda vez. Tenía las manos temblorosas y durante unos segundos apenas pudo pronunciar palabra.—Sí... sí, te escuché. Voy al hospital ahora mismo a esperarlos. Gracias, Emiliano.Colgó y salió de inmediato. Tomó un taxi rumbo al hospital y, antes de llegar, hizo una parada en un restaurante cercano para comprar dos porciones de caldo de pollo. No sabía si Emiliano y Thiago habían podido comer algo, pero en ese momento quería prepararse para todo.Tal como Emiliano había prometido, menos de una hora después, la furgoneta del centro de detención apareció frente al hospital.Cuando vio a Thiago salir en una camilla, Isabella sintió que toda la tensión acumulada durante esos días se desbordaba de golpe. Al comprobar que su hermano seguía consciente y que, al menos, estaba a salvo, las lágrimas comenzaron a caerle sin control.—Isabella, no llores —dijo Thiago con la voz débil, intentando sonreír—. Te ves horrible cuando lloras.Ella l
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