La tensión en la habitación se podía cortar con el mismo filo que permanecía suspendido entre ambos. El agarre de Maximiliano Piscini sobre la muñeca de Giana era férreo, una demostración implacable de fuerza física que buscaba someterla. Sin embargo, Giana no pestañeó. A pesar de sentir la frialdad de la madera del balcón contra su espalda y la abrumadora cercanía de su nuevo esposo, sus ojos grises sostuvieron la mirada oscura del Señor Piscini sin un solo rasgo de temor.—Si quisiera matarte, Maximiliano, no habría esperado a estar atrapada entre tus brazos dentro de tu propio castillo —dijo ella, con una voz baja y helada que resonó con una autoridad impropia de una novia asustada.—Una respuesta astuta —replicó él, incrementando apenas la presión en su muñeca, lo suficiente para recordarle quién tenía el control físico en ese instante—. Pero no responde a mi pregunta. La verdadera Bianca Succullini temblaba con solo escuchar el estruendo de una tormenta. Tú, en cambio, has oculta
Última actualización : 2026-09-04 Leer más