FAZER LOGINLa hermana gemela de Giana, la inocente y frágil Bianca Succullini, fue traicionada, masacrada y borrada de los registros familiares por la ambiciosa facción rival justo antes de consumar su alianza matrimonial con el temido y calculador Maximiliano Piscini. Lo que la alta sociedad no sabe es que la familia Succullini guardaba un secreto: Giana, una mujer de carácter indomable, mente fría y entrenamiento estratégico, criada en las sombras lejos del lujo cortesano. Tomando el lugar de su difunta hermana en el altar, Giana Succullini viste el velo de novia con un solo propósito: infiltrarse en la dinastía Piscini, descubrir a los culpables de la muerte de Bianca y destruirlos desde adentro. Sin embargo, su nuevo esposo, Maximiliano Piscini —un hombre implacable que gobierna con mano de hierro—, no tarda en darse cuenta de que la sumisa mujer que esperaba en su cama tiene una mirada ardiente y garras de acero. Entre engaños, seducción y alianzas peligrosas, ambos iniciarán un juego de ajedrez donde el amor y la venganza se vuelven indistinguibles.
Ver maisEl peso del encaje sobre la piel no se comparaba con el peso de la culpa. Frente al espejo de marco dorado, la mujer ajustaba el intrincado corsé de seda blanca que una vez perteneció a su hermana. Cada pliegue de la tela olía a lavanda y al rancio perfume de las flores marchitas, pero bajo esa fachada de pureza e inocencia, la figura que devolvía el reflejo era totalmente distinta a la dueña original del vestido.
Giana Succullini no había nacido para lucir encajes finos ni para sonreír con timidez en los salones de baile. Había sido forjada en las sombras, lejos del lujo, entrenada para calcular cada movimiento con la frialdad de un estratega militar. Sin embargo, allí estaba: ocupando el lugar de Bianca, luciendo el mismo rostro angelical, pero sosteniendo con firmeza una pequeña daga de acero templado que escondía hábilmente entre las capas de la falda.
Tres días atrás, Bianca había sido hallada sin vida en las afueras de la residencia familiar. La versión oficial habló de una enfermedad repentina, un trágico colapso justo antes de la boda más importante de la temporada. Pero Giana conocía las marcas en el cuello de su hermana. Había visto el veneno sutil que nubló sus ojos antes del último aliento. La facción rival había borrado a Bianca del mapa para cortar la alianza antes de que pudiera consumarse. No contaban con que los Succullini guardaban una baza oculta, un secreto alimentado por la ira y el deseo de justicia.
El portón de la catedral crujió al abrirse, interrumpiendo sus pensamientos. La marcha nupcial comenzó a resonar en la nave principal, profunda y solemne. Giana ajustó el velo de encaje sobre su rostro. Detrás de la fina malla transparente, sus ojos grises no reflejaban temor, sino una determinación implacable.
Avanzó con pasos lentos y calculados hacia el altar. Las miradas de la alta sociedad se posaban sobre ella con una mezcla de envidia y fascinación. Para el mundo, era la dócil Bianca a punto de entregar su vida al hombre más temido de la aristocracia. Para ella misma, cada paso era el avance de una pieza en un tablero donde la muerte era el único castigo aceptable para los traidores.
Al final del pasillo, apoyado sobre el altar con una postura erguida e imponente, esperaba Maximiliano Piscini.
Portaba el uniforme de gala de la casa Piscini, un traje de corte impecable en tonos oscuros que resaltaba su porte aristocrático. Su cabello azabache peinado hacia atrás y sus facciones afiladas le daban el aspecto de un depredador paciente. Tenía la mirada de alguien acostumbrado a gobernar sin oposición, un hombre para quien las emociones no eran más que debilidades aprovechables.
Giana llegó a su lado. La mano de Maximiliano, enguantada en cuero suave, se extendió para recibir la suya. El contacto fue frío, una leve corriente de electricidad que hizo que la piel de Giana se erizara bajo el vestido. Él no apretó su mano con calidez; la sostuvo como quien toma posesión de una nueva propiedad militar.
El sacerdote comenzó a recitar los antiguos votos, pero las palabras resonaban como un eco distante en la mente de Giana. Su atención estaba centrada en los detalles alrededor: las posturas de las familias nobles en los bancos, las miradas nerviosas del Vizconde Valois en la segunda fila, el brillo calculado en los ojos del propio Maximiliano.
—Maximiliano Piscini, ¿aceptas a esta mujer como tu legítima esposa? —la voz del clérigo cortó el aire.
—Acepto —respondió él sin dudar. Su voz, grave y profunda, resonó en todo el recinto, firme como un mandato imperial.
—Y tú, Bianca Succullini, ¿aceptas a este hombre...?
Giana hizo una breve pausa. Sabía que la voz de su hermana era suave, casi un susurro tembloroso. Ella moduló la suya para mantener el tono dulce, pero no pudo evitar dejar escapar un matiz de frialdad firme.
—Acepto.
Maximiliano giró ligeramente la cabeza hacia ella. Sus ojos oscuros se entrecerraron casi imperceptiblemente tras el velo. Era una reacción mínima, pero Giana, entrenada para leer los impulsos de sus enemigos, la detectó al instante. Él había notado algo.
Con la bendición final, el sacerdote los declaró unidos en matrimonio. Maximiliano dio un paso al frente y levantó con lentitud el velo de encaje. La luz de los candelabros iluminó el rostro de Giana. Él se inclinó para sellar la unión con un beso en la mejilla, pero en lugar de retirarse de inmediato, se detuvo a un milímetro de su oreja.
—Tus manos no tiemblan como las de una mujer aterrorizada, mi querida esposa —susurró Maximiliano con un tono bajo que solo ella pudo escuchar—. Y el perfume de lavanda no logra ocultar el aroma del acero.
El aliento cálido rozó su cuello antes de que él se erguiera de nuevo, mostrando al público una sonrisa cortés y calculadora.
Giana mantuvo la mirada en alto, sosteniendo la sonrisa frente a los aplausos de la multitud. Por dentro, su pulso se aceleró, no por miedo, sino por el desafío. Maximiliano Piscini no era un peón fácil de manipular. La caza no solo había comenzado, sino que la presa acababa de demostrar que tenía colmillos.
Horas más tarde, el carruaje de la familia Piscini se detuvo ante los portones de hierro de la residencia principal, una fortaleza victoriana levantada sobre acantilados oscuros. El viento de la noche golpeaba con fuerza los ventanales mientras los sirvientes abrían la marcha para la llegada de los recién casados.
Giana caminó por los pasillos de mármol sosteniendo la pesada falda de su vestido. Maximiliano la guiaba hacia los aposentos principales, caminando un paso por delante de ella, enérgico y silencioso. El ambiente en la mansión era pesado, denso por la intriga de los sirvientes que no dejaban de observar cada uno de sus movimientos.
Al cruzar el umbral del dormitorio principal, la puerta se cerró tras ellos con un golpe sordo. Las velas de la estancia parpadearon, arrojando sombras alargadas sobre las paredes de roble oscuro.
Giana se giró de inmediato, retirándose los guantes blancos con elegancia deliberada.
—¿Es esta la forma en que recibes a tu esposa en su primera noche, Señor Piscini? —preguntó ella, manteniendo una postura erguida.
Maximiliano caminó hacia el escritorio de madera, se sirvió una copa de licor oscuro y se giró despacio para mirarla. Se desabrochó el primer botón del cuello, revelando una postura relajada pero alerta.
—La forma en que recibo a mi esposa depende enteramente de quién esté realmente bajo ese vestido —dijo, dando un sorbo a la bebida antes de fijar sus ojos sobre los de ella—. Bianca Succullini no podía sostener la mirada a un soldado sin ruborizarse. Tú, en cambio, has estado midiendo las salidas de la catedral desde que pisaste el altar.
Giana sonrió con frialdad, desprendiéndose del velo y dejándolo caer al suelo sin ningún cuidado.
—Tal vez el matrimonio cambia a las personas más rápido de lo que esperabas, Maximiliano.
Él dejó la copa sobre la mesa y dio un paso hacia ella. La distancia entre ambos se redujo en segundos. La presencia de Maximiliano era abrumadora, pero Giana no retrocedió un solo milímetro. Deslizó discretamente la mano derecha hacia el pliegue trasero de su falda, sintiendo la empuñadura fría de la daga contra sus dedos.
—No me llames por mi nombre como si me conocieras —dijo Maximiliano, inclinándose hacia ella hasta que sus rostros quedaron a centímetros—. Bianca Succullini está muerta para el mundo desde que aceptó este contrato... o quizás desde antes.
Giana apretó el agarre de la daga, sintiendo cómo la tensión de la habitación alcanzaba el punto de quiebre.
—Si sabes eso, entonces sabrás que no entré a esta casa para ser una adorno en tu salón —replicó ella, dejando caer el tono dulce para revelar su verdadera voz, afilada y amenazante.
Maximiliano dibujó una sonrisa peligrosa en los labios. En lugar de apartarse, dio un paso más, acorralándola contra la estructura de madera del balcón interior. Su mano se movió con un reflejo impecable y sujetó con firmeza la muñeca de Giana justo cuando ella comenzaba a desenfundar el arma.
La hoja de acero brilló bajo la luz de las velas, detenida a escasos centímetros del pecho de Maximiliano. Él no mostró sorpresa alguna; su agarre sobre la muñeca de Giana era implacable, como un grillete de hierro.
—Un intento de asesinato en la noche de bodas —susurró Maximiliano, acercando su rostro al de ella, con una mirada donde la desconfianza se mezclaba con una oscura fascinación—. Una respuesta agresiva para una dulce dama. Dime quién eres realmente... o no saldrás viva de esta habitación.
El viento de la madrugada soplaba con fuerza sobre las murallas exteriores de la capital, arrastrando los últimos vestigios de la escarcha invernal. La ciudad entera dormía bajo la protección de una guardia unificada que ya no temía las traiciones nocturnas ni los susurros de los conspiradores en la penumbra. En el despacho privado de la soberana, los mapas estratégicos y los diarios de contabilidad habían dado paso a un orden impecable, reflejo exacto de la estabilidad que ahora imperaba en el continente.Giana se encontraba sentada frente al escritorio de caoba, repasando los últimos despachos enviados por los gobernadores provinciales. Cada informe confirmaba que las rutas comerciales del norte operaban con fluidez, que las reservas de grano superaban las previsiones y que las tensiones entre la antigua nobleza de la capital y los clanes independientes se habían disuelto en un respeto mutuo hacia la corona. La venganza que la había impulsado a regresar de las sombras se había trans
El sol de la tarde bañaba los vastos campos del norte con un resplandor dorado que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, tiñendo las cumbres montañosas de un tono ámbar y fuego. Lejos de las intrigas, los calabozos y las conspiraciones que habían marcado el sangriento camino hacia el trono, la fortaleza de los Piscini respiraba una paz profunda, casi sagrada. Las cicatrices de la guerra civil comenzaban a sanar bajo un gobierno firme, justo y profundamente respetado tanto por los nobles de la capital como por los clanes independientes de las provincias fronterizas.En el ala más privada del palacio, donde los gruesos muros de piedra aislaban el bullicio de la corte, Giana caminaba despacio por la galería de arcos que daba al jardín interior. Llevaba un vestido largo de lino marfil y una ligera capa de terciopelo azul marino para protegerse de la brisa fresca del atardecer. Su rostro, antes endurecido por la constante necesidad de vigilar su espalda y calcular cada movimiento pol
El humo de la última fogata rebelde en el desfiladero sur se disipaba lentamente entre los riscos, mezclándose con la neblina matutina que comenzaba a disiparse bajo los primeros rayos del sol. Con la captura del duque de Althaus y la desarticulación total de la red de espionaje clandestino, las últimas raíces podridas de la antigua aristocracia habían sido erradicadas de raíz. El imperio respiraba por fin en una paz absoluta, cimentada sobre la justicia implacable del norte y la férrea voluntad de sus nuevos soberanos.En el despacho real, las ventanas abiertas dejaban entrar el aire fresco y revitalizante de la mañana. Giana se encontraba de pie frente al ventanal, observando los vastos jardines del palacio que comenzaban a recuperarse bajo la administración reformista. Llevaba puesta una ligera blusa de seda blanca y un pantalón de montar oscuro, habiendo dejado temporalmente de lado las pesadas capas de terciopelo y las armaduras ceremoniales. El peso de la venganza y la supervive
La noche había caído pesadamente sobre la capital, envolviendo las cúpulas del palacio y las callejuelas del distrito aristocrático en un manto de sombras y escarcha. En el despacho privado de la soberana, la luz de las velas parpadeaba sobre los mapas y los libros de contabilidad recuperados en la casa de empeños. Cada nombre en el registro rojo pertenecía a miembros de la antigua aristocracia que, creyéndose a salvo del alcance del norte, tramaban un boicot financiero contra las rutas comerciales de Giana y Maximiliano.Giana examinaba el último pliego de firmas con una concentración absoluta. Su rostro reflejaba la frialdad calculadora de una estratega que no estaba dispuesta a permitir que ningún cabo suelto amenazara la paz que tanto le había costado construir.—Los fondos provienen de la cámara de comercio del este, liderada por el duque de Althaus —dijo Giana sin apartar la vista del documento, su voz cortando el silencio de la estancia con precisión quirúrgica—. Pretenden bloq


















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