No puedo evitar emocionarme cuando hablo de monumentos icónicos; tengo una teoría sencilla: la gente visita más aquello que puede tocar y recorrer a su ritmo. Hablando de las
siete maravillas modernas —esa lista popular que incluye a «La
gran muralla china», «
el coliseo», «El Taj Mahal», «Machu Picchu», «Chichén Itzá», «Petra» y «El
cristo Redentor»— la que suele llevarse la medalla en número de visitantes es «
la gran muralla China». No es una sorpresa si la piensas en términos prácticos: es extensa, accesible desde grandes ciudades como Pekín, y tiene tramos que manejan flujos enormes de turistas a diario. Algunos datos oficiales y reportes turísticos han señalado que se cuentan decenas de millones de visitas a diferentes secciones cada año en tiempos previos a la pandemia, con lugares como Badaling recibiendo cifras de dos dígitos en millones en temporadas altas. Yo lo viví como quien graba viajes: la sensación es de un flujo constante de gente, guías y autobuses, pero también de espacios donde puedes alejarte y sentir la historia. Hay que tener en cuenta que comparar números entre maravillas no siempre es simple: algunas, como «Machu Picchu», tienen
cupos diarios estrictos que limitan entradas, mientras que otras, por su extensión o por tener múltiples accesos, pueden sumar visitantes de forma más libre. Además, las cifras cambian con el tiempo —pandemias, regulaciones y campañas de preservación alteran el panorama—, pero a grandes rasgos, la Gran Muralla suele resultar la más visitada por su combinación de fama, accesibilidad y tamaño. Me quedo con la imagen de caminantes de todo el mundo, cada uno con su propia historia, cruzando murallas que han visto siglos pasar.