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En los festivales al aire libre se notan gestos que delatan a quien presume más que disfruta: fotos constantes para Instagram, comentarios en varios idiomas solo para impresionar y la necesidad de mencionar cada ciudad por la que han pasado para ver “lo auténtico”. He visto a gente criticar artistas locales mientras ensalzan automáticamente a quienes vienen de fuera, como si lo importado valiera más.
Otro rasgo es la distancia física: grupos que se colocan en zonas concretas para verse entre ellos, o quien deja claro que su criterio vale más porque tiene entradas VIP o conoce al organizador. En las conversaciones se filtra la palabra “único” para descartar lo que no entra en su círculo y aparece mucha ironía fina que en realidad es desdén. A mí me funciona responder con curiosidad simple: preguntar por detalles del concierto o del autor y descubrir si hay interés real. Si la charla se torna competitiva, me aparto y busco gente que disfrute sin competir; al final, prefiero quedarme con recuerdos de buena música y charlas honestas.
No es raro encontrar snobismo en las presentaciones de libros y exposiciones, especialmente cuando alguien habla más para demostrar erudición que para dialogar. En ocasiones, la corrección pedante sobre una referencia o la insistencia en leer la edición original en lugar de una buena traducción sirven menos al debate y más a la construcción de una jerarquía social.
En mi experiencia he visto también el fenómeno del «purismo» lingüístico: criticar traducciones o versiones dobladas como si fueran traiciones, o menospreciar la cultura popular por ser masiva. En salas como pequeñas bibliotecas o centros culturales se escucha a veces un humor que hiere a quien no comparte la misma formación; eso puede silenciar voces valiosas. Para mí, el indicador claro es la actitud frente a preguntas sencillas del público: quien responde con paciencia y curiosidad enriquece; quien responde con condescendencia está mostrando snobismo.
Me gusta comprobar si la conversación termina en recomendación útil para alguien nuevo: si no ocurre, hay algo cerrado en ese grupo. Mantengo la curiosidad abierta y me despido con la sensación de haber aprendido, no de haber competido.
Me fijo mucho en el lenguaje corporal cuando entro a una sala. Si hay personas que se mueven como si hubieran pagado una entrada a una pasarela, con mirada de desaprobación rápida hacia quien se sienta en una butaca distinta a la suya o con una postura de comentar todo en voz baja, ya tengo una pista: es snobismo en acción.
En España aparecen señales clásicas: desprecio por lo popular (por ejemplo, bromas sobre «La Casa de Papel» o chistes sobre festivales comerciales), correcciones públicas sobre pronunciaciones o traducciones, y exhibición de pasadas experiencias culturales en otras capitales para marcar distancia. También veo mucha jerga innecesaria en conversaciones: citar autores o festivales solo por el nombre, sin aportar sensación real de disfrute. Cuando está presente el grupo que monopoliza las conversaciones o impide que otros participen, lo noto como un intento de gatekeeping.
Mi truco práctico es mirar la inversión emocional real: si alguien disfruta y comparte con humildad sus impresiones, no hay snobismo. Si todo es comparación y exclusión, lo dejo pasar y busco compañía que celebre la cultura de forma abierta. Al final, la cultura gana cuando se comparte con ganas, no con gestos fríos.
Lo más sutil suele ser el silencio calculado antes de aplaudir: esa pausa que separa al público en dos bandos, los que esperan validar y los que realmente disfrutan. He observado ese gesto en teatros y pequeñas salas, acompañado a veces por miradas rápidas que miden quién merece interés.
También identifico el snob por cómo se manejan los turnos de preguntas: quien monopoliza el micrófono con preguntas teóricas o con la intención de lucirse está usando el evento como plataforma personal. Hay comportamientos más groseros, como hablar mal de artistas locales o presumir de viajes culturales nonstop, pero los más habituales son los micro-gestos que crean distancia. Yo intento reaccionar con amabilidad: si la gente se pone a la defensiva, cambio de grupo o hablo con el artista tras el evento. Prefiero guardar la energía para disfrutar de lo que importa: la obra y las conversaciones sinceras.