2 Respostas2026-01-09 20:13:57
Me encanta cómo el cine español puede pasar en segundos del descaro más físico a la sátira afilada; por eso, cuando pienso en buffoonery, me vienen a la cabeza películas que manejan lo grotesco y lo ridículo con una sonrisa cómplice. Para empezar, no puedo dejar de recomendar «Torrente, el brazo tonto de la ley»: es el arquetipo del humor bufonesco moderno en España, intentionalmente chabacano, con un antihéroe que encarna la torpeza y la desvergüenza hasta extremos que duelen de la risa. Le sigue «El milagro de P. Tinto», una joya de Javier Fesser que mezcla surrealismo y slapstick: la ingenuidad de sus personajes y situaciones imposibles te hacen soltar carcajadas por la pura acumulación de absurdo.
También disfruto mucho de las comedias clásicas que rozan la buffoonery desde la sátira social. Películas como «Atraco a las tres» tienen ese humor de enredo y mala ejecución que convierte un simple golpe en una sucesión de tropiezos cómicos; y las obras de Luis García Berlanga —pienso en «Plácido», «Bienvenido, Mister Marshall» o «El verdugo»— aunque son más negras y críticas, usan lo ridículo de los personajes para subrayar la estupidez humana, que al final funciona como una versión más contenida pero igualmente efectiva de la bufoneada. En cambio, si quieres algo más cercano a la comedia popular contemporánea, «Ocho apellidos vascos» y «Airbag» apuestan por estereotipos exagerados y situaciones histriónicas que no se toman demasiado en serio.
Para mí, la mejor forma de acercarse a este tipo de cine es dejarse llevar: busca la exageración física, los personajes que nunca aprenden, los planes que salen peor de lo imaginable. Si te apetece algo excéntrico y tierno, «El milagro de P. Tinto» es una puerta perfecta; si prefieres la irreverencia sin filtros, «Torrente» no decepciona. Y si disfrutas de la mezcla entre crítica social y ridículo humano, Berlanga te regalará risas con filo. Al final, estas películas funcionan porque permiten reírse de lo humano en todas sus torpezas y contradicciones, y a mí me siguen conquistando cada vez que las vuelvo a ver.
2 Respostas2026-01-09 18:59:16
Me fascina encontrar el lado ridículo y exagerado en los grandes textos españoles; creo que la payasada—esa mezcla entre bufón, farsa y sátira—está presente en muchos autores a lo largo de la historia literaria de España. Por ejemplo, no puedo separar la figura de Don Quijote y Sancho Panza de la idea de buffoonery: en «Don Quijote de la Mancha» Cervantes transforma la locura caballeresca en una comedia humana donde la dignidad choca con la ridiculez, y lo que podría ser solo burla se vuelve una reflexión compasiva sobre la condición humana. Yo veo a Cervantes jugando con lo grotesco para que nos riamos y, al mismo tiempo, sintamos pena y ternura por los personajes.
Otra voz que me hace reír con mala leche es Francisco de Quevedo; en «La vida del Buscón llamado Don Pablos» la picaresca se sirve de lo grotesco y la humillación como recursos cómicos. Yo percibo en Quevedo una bufonería afilada: sus burlas son punzantes, satíricas, y convierten al protagonista en un espectáculo social que revela la hipocresía de su tiempo. Esa mezcla de risa y escarnio me parece magnífica porque obliga a mirar la realidad con ironía.
En un registro posterior, me encanta cómo Ramón María del Valle-Inclán usa la deformación como arma en «Luces de Bohemia»: el esperpento no es solo payasada, es una estética de lo grotesco que ridiculiza a poderosos y débiles por igual. Yo lo siento como un bufón que pone un espejo distorsionado ante la sociedad; la risa que provoca es incómoda, pero efectiva. Por otro lado, Eduardo Mendoza me parece un maestro contemporáneo de la farsa: novelas como «Sin noticias de Gurb» o «El misterio de la cripta embrujada» usan el disparate y el absurdo para satirizar la ciudad, la burocracia y la condición humana. Yo disfruto su humor porque combina inteligencia con estupidez voluntaria, y esa disonancia produce carcajadas.
Para cerrar, no puedo dejar fuera a autores que, aunque no siempre etiquetados como bufones, trabajan la payasada en clave popular: Elvira Lindo con «Manolito Gafotas» convierte la visión infantil en una comedia cotidiana llena de exageraciones y tropezones, y Wenceslao Fernández Flórez en «El bosque animado» inventa criaturas y escenas que rozan lo carnavalesco. Yo termino esta lista con la sensación de que la payasada en la novela española sirve para criticar, para consolar y para divertir, y que encontrarla es como descubrir una carcajada escondida entre las páginas.
2 Respostas2026-01-09 01:46:22
Me viene a la cabeza una tarde en la que hojeaba cómics en una tienda pequeña y pensé en cómo el humor más tonto y el slapstick siempre me sacan una sonrisa: en España eso tiene una historia larga y particular. Cuando hablo de buffoonery me refiero a la comedia física, las situaciones absurdas y los personajes que actúan como payasos; en el mundo del cómic hispano eso está presente tanto en clásicos nacionales como en manga traducido que nos llegó desde Japón. Por un lado, no puedo evitar mencionar a «Mortadelo y Filemón»: esos guiones repletos de equívocos, disfraces ridículos y persecuciones son pura buffoonery española tradicional, y han influido en generaciones que luego consumieron manga. También recuerdo «Zipi y Zape» y «13, Rue del Percebe» como antecedentes del humor situacional exagerado, con remates visuales que funcionan igual que una página de gag manga.
Por otro lado, cuando miro el manga traducido al español, los ejemplos son clarísimos: «Dr. Slump» de Toriyama es un manual de payasadas, con inventos absurdos y chistes que no paran; «Gintama» lleva el buffoonery al extremo, parodiando todo tipo de géneros; y «Azumanga Daioh» convierte la vida escolar en una sucesión de gags casi teatrales. Incluso «One Piece» usa a menudo la exageración corporal y la tontería como herramientas cómicas. Esos títulos llegaron doblados por editores y traductores que supieron mantener el ritmo de las bromas, y muchos autores españoles que crecieron leyéndolos los tomaron como referencia.
En mi experiencia personal, lo interesante es cómo estas dos corrientes -el humor clásico del tebeo español y la comedia japonesa- se mezclan en la escena actual: ver un webcómic español con un gag visual al estilo manga o una serie de tiras que recuerda a «Gintama» pero con referencias locales es cada vez más habitual. Para quienes crean, la lección es clara: la buffoonery funciona cuando la secuencia visual está pensada para el remate, y cuando el autor no tiene miedo de ser tonto por un panel. Me quedo con la sensación de que, lejos de ser un recurso barato, esa tontería bien hecha es un puente entre generaciones y estilos, y sigue haciendo reír a cualquiera que disfrute de una buena payasada ilustrada.
2 Respostas2026-01-09 18:29:56
Me arranco a reír solo con solo pensar en algunas escenas: la buffoonery española tiene su propio sello, mezcla de absurdo, costumbrismo y un gusto por el ridículo que nunca pasa de moda. Para mí, lo más divertido es cómo funciona en dos niveles: por un lado, la comedia de situación clásica que explota malentendidos y personajes exagerados; por otro, la comedia incómoda que roza lo grotesco para mirar la realidad de frente. Series como «Aquí no hay quien viva» y su heredera espiritual «La que se avecina» son ejemplos perfectos: trabajan con un vecindario de excéntricos y llevan la payasada cotidiana a extremos cada vez más delirantes, donde los gags repetitivos y los caracteres estrambóticos se convierten en oro puro para el público.
Además de esas sagas de vecinos, hay apuestas que usan la buffoonery de forma distinta. «7 vidas» apostó por el humor más de diálogo y personajes con tendencias al disparate nervioso; «Camera Café» concentró la payasada en sketches cortos con ritmo de cámara fija, lo que hace que la exageración sea instantánea y muy eficaz. Por otro lado, series como «Vergüenza» o «Mira lo que has hecho» usan la incomodidad y la torpeza humana: la gracia viene del ver a alguien estrellarse socialmente una y otra vez, y ahí la comedia se vuelve casi dolorosa pero catártica. También hay lugar para lo absurdo histórico en «Justo antes de Cristo», donde la buffoonery adquiere tintes anacrónicos y satíricos, explotando el contraste entre época y comportamiento ridículo.
Lo que valoro de estas series es la variedad de registros: desde la broma física hasta la ironía fina, pasando por la comedia incómoda que provoca sonrojo en el espectador. Para disfrutarlo recomiendo ver episodios sueltos al principio para pillar el tono de cada serie; algunas requieren paciencia porque repiten gags hasta convertirlos en míticos. Personalmente, me encanta cómo la payasada colectiva funciona como espejo social: reírse de lo ridículo es también una forma de entender lo humano, y esas series lo hacen con descaro y cariño.
2 Respostas2026-01-09 22:58:37
Me encanta observar cómo la payasada y la bufonería han ido dejando huella en la animación española; es algo que se siente tanto en el trazo como en el ritmo de montaje. De pequeño me cautivaban los cuerpos que se estiraban como chicle, los golpes que sonaban más grandes de lo que parecían y esos gags absurdos que me hacían reír sin pedir permiso. Esa tradición viene en parte de los cómics de toda la vida —pienso en ejemplares de «Mortadelo y Filemón» que devoraba— y también de la herencia teatral del país: el pícaro, la comedia de enredo, la exageración corporal. En la animación, esa bufonería se traduce en personajes que exageran gestos, en escenografías que colapsan de manera cómica y en efectos sonoros que se convierten en parte del chiste. Todo eso no solo busca hacer reír; crea una gramática propia que cualquier público puede reconocer instantáneamente. Si miro con ojos de quien estudia ritmo y montaje, la buffoonery aporta herramientas concretas: timing preciso, pausas y aceleraciones en la animación, y una dirección de sonido que subraya la broma. Las adaptaciones y las series para televisión han aprovechado ese repertorio para conectar con niños y adultos: los gags físicos funcionan sin necesidad de mucha traducción cultural, por eso series y películas como «Las aventuras de Tadeo Jones» incorporan momentos de clown visual que son universales. Además, en la historia reciente de España la ironía bufonesca ha servido para suavizar crítica social; durante épocas de censura, el tropo del payaso permitía asomar comentarios sobre poder y absurdo sin que el discurso resultara frontal. Esa doble capa —risa inmediata y subtexto crítico— es una marca poderosa. Hoy, cuando hay más co-producciones internacionales y sello digital, veo dos consecuencias: por un lado, la buffoonery ayuda a exportar producto porque el gag visual supera idiomas; por otro, obliga a modernizar la puesta en escena para que no suene anticuada. También hay espacios indie donde la bufonería se mezcla con temas oscuros o melancólicos, creando contraste entre risa y emoción. Personalmente, sigo valorando cómo esa mezcla de torpeza cómica y ternura define muchas obras españolas: me recuerda que la risa puede ser una herramienta estética y social, no solo un recurso fácil.