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En mi círculo de lecturas queer la lujuria se pinta muchas veces como acto de afirmación y reencuentro, no sólo como conflicto.
Veo novelas que usan el deseo para explorar identidades, límites y afectos no convencionales; la pasión aparece como espacio de juego, de riesgo pero también de orgullo. Eso no evita temas duros —miedo al rechazo, estigmas, traumas— pero sí le da al sexo una función sanadora o reivindicativa. Me interesa cómo algunas autoras y autores rompen con la mirada normativa y recurren a metáforas sensoriales, música o gastronomía para hablar del deseo sin caer en la pornografía gratuita. Al final, en estas lecturas la lujuria me deja una sensación de posibilidad: puede desestabilizar, sí, pero también abrir caminos nuevos para narrar el amor y el cuerpo.
Con veintitantos descubrí que muchas novelas españolas contemporáneas abordan la lujuria desde el prisma de la vulnerabilidad y el consentimiento, no solo como puro impulso.
Ahora mismo me fijo mucho en cómo las autoras y autores tratan el deseo: están muy pendientes de la mirada del otro, de las consecuencias emocionales y del desequilibrio de poder. En algunos textos recientes la lujuria aparece entrelazada con la memoria y la culpa, y otras veces se celebra sin moralina, mostrando placer como algo legítimo. También veo que hay un interés creciente por incluir voces diversas: relatos donde el deseo no es solo heteronormativo, donde se cuestionan roles y se desmontan clichés. Para mí, ese giro es liberador porque ofrece lecturas menos binarias y más humanas, donde el sexo sirve para construir personajes complejos en lugar de convertirlos en estereotipos.
No puedo leer un buen noir español sin toparme con la lujuria como móvil de delito o como elemento de corrupción.
En novelas negras y de suspense el deseo suele entrelazarse con la transgresión: la pasión clandestina alimenta el conflicto, el chantaje o el resentimiento. La forma de tratarla suele ser más cruda, menos lírica; se enfatizan consecuencias, trampas y la dimensión social del deseo prohibido. Eso me atrae porque la lujuria, en ese género, deja de ser solo íntima y se convierte en moneda de cambio entre personajes. Además, el tratamiento visual y cinematográfico de muchas escenas —luces, bares, silencios— intensifica esa sensación de peligro y decadencia que tanto me engancha.
Recuerdo que en mis lecturas de juventud la lujuria se presentaba como una fuerza casi moralmente sancionada, un disparador que llevaba a la caída o la redención de los personajes.
En novelas decimonónicas españolas como «La Regenta» o «Fortunata y Jacinta» la pasión sexual se pinta con mucha carga social: no es solo deseo, es posición, reputación y culpa comunitaria. Ahí la lujuria funciona como espejo de las convenciones y de la hipocresía de la sociedad. Más adelante, autores como Emilia Pardo Bazán en «Los pazos de Ulloa» usan el erotismo para mostrar decadencia y conflicto de clases, siempre envuelto en una mirada diagnóstica.
Con la censura franquista la representación fue reprimida y, tras la transición, la narrativa se abrió; llegaron textos que la exploran con crudeza, humor o ironía, y también novelas eróticas que reivindican el placer. Me gusta cómo esa evolución refleja cambios sociales: la lujuria dejó de ser solo castigo para convertirse en herramienta crítica y en espacio para explorar identidad y poder, y eso hace que mis relecturas sean siempre distintas.
Mi experiencia escribiendo me enseñó que la lujuria es una herramienta narrativa potentísima cuando se usa para revelar prioridades internas y contradicciones.
En lo práctico, la lujuria puede ser detonante (empieza una trama de infidelidad o crimen), pero también motor psicológico: un personaje actúa por deseo y luego debe afrontar las ramificaciones éticas y sociales. Técnicamente funciona muy bien con la focalización íntima —monólogo interior, cartas o primeros planos sensoriales— que permiten al lector sentir el impulso y, al mismo tiempo, juzgarlo o comprenderlo desde fuera. En la literatura española he visto además una variedad de tonos: desde la ironía mordaz hasta la confesión torturada, y eso obliga al narrador a matizar la voz para que el deseo no sea gratuito. Personalmente disfruto cuando la lujuria sirve para complejizar la trama sin reducir al personaje a su apetito; es un reto bonito como escritor y lector.